Capítulo 19
Entra en dos zancadas sin dudar ni un segundo y me deja atónita. Se quita el abrigo, lo cuelga en el perchero y va directo a las escaleras como si esta fuese su casa. Lo sigo callada hasta que veo que va a la derecha.
—¡E-El baño está al otro lado! —Corro para subir pero ya está asomado.
—Garran hizo un buen trabajo —Sonríe tranquilo—. Es una habitación digna de ti.
Muevo los labios sonrojada. Parece que solo quería matar la curiosidad.
—¿Digna de mí?
—De una princesa —aclara, empeorando el rubor—. Coge tu muda.
Abre la puerta. Hincho los labios entrando a mi habitación. Cuando lo alcanzo en el baño con el vestido en mano, veo que ya ha llenado la bañera con su poder. Dejo la ropa a un lado y guardo silencio.
—Ven y tócala —me pide—. Dime qué temperatura prefieres.
Mi corazón se desboca. Incluso si su intención no es seducirme, se escucha como si me dijera otra cosa y despierta a las mariposas en mi estómago.
Siento vergüenza por mis pensamientos impuros.
No sé por qué me siento igual que una liebre entrando a la cueva del lobo a medida que me acerco.
Me detengo a su lado y le doy la espalda un poco para meter la mano en el agua.
—¿Te gusta así? —pregunta a mi espalda.
¿El qué? ¿Por qué me suena extraño? Me recuerda a lo que le decía el mozo en el jardín a aquella doncella.
—Un poco más —murmuro sin poder mirarlo a los ojos.
Se va calentando el agua.
—¿Ahora? —susurra.
Mis parpadeos se ralentizan.
—Más caliente.
Otro silencio.
—¿Más? —su voz se siente ronca.
—Sí, más por favor —la mía escapa inusual.
El agua humea por la alta temperatura y el pulso se me mantiene acelerado. Hay demasiado silencio.
—Así está perfecta, gracias —pronuncio aturdida.
No sé qué cara tengo cuando lo miro pero la suya es la misma de siempre. Coge mi mano y acaricia la palma desnuda. Tengo un espasmo interno con cada milímetro que toca a medida que seca el agua que tenía. Le habría bastado con mover un poco sus dedos sin tocarme.
—Haré el desayuno mientras tanto. Baja cuando termines. —Mantiene su mano en la mía un segundo más hasta que la suelta y se retira.
En el momento en que la puerta se cierra jadeo. Algo me ha poseído durante ese largo minuto. Calma, debes controlarte. Asiento y me desvisto.
Hundida en la bañera mis rodillas sienten alivio.
Rhoan tenía razón. Están enrojecidas y sé que mañana será peor pero…
, ¿qué ha sido eso? ¿Qué es lo que me ha hecho sentir hace unos instantes?
Ha sido igual a lo que me ha causado tocándome en el entrenamiento.
¿Seré capaz de soportar las ganas de besarlo si vuelve a ocurrir? Hace nada estaba a punto de hacerlo.
La entrepierna me tiembla y me hace presionar la pelvis con tanta fuerza que muevo los dedos nerviosa como si algo se adueñase de mí.
Rozo con timidez desde el muslo a ese lugar que siempre me ha parecido sagrado.
Mi institutriz le decía zona pura o parte íntima .
Cuando empiezo, la imaginación vuela al sentir un escalofrío que me desorienta y me distancia de la cordura.
No tenía idea de que tocarme con estos pensamientos se pudiera sentir así.
Comienzo a gemir en voz baja igual a aquella criada que vi a mis quince años escondida en los jardines del castillo.
No sabía de qué se trataba hasta que me asomé y no podía dejar de ver cómo un sirviente la manoseaba y la hacía suya.
La sonrisa satisfactoria de esa mujer fue la que me hizo saber que el sexo no era la condena que mi institutriz me retrataba.
Con mi otra mano doy masajes a mis pezones sensibles.
Gimo en el momento en que imagino a Rhoan tocándolos.
¿Lo hará con rudeza o con cariño? ¿Los besará?
, ¿los chupará? Por instinto acaricio en la parte superior de mi zona ya no tan pura.
La piel se me eriza. Exhalo vibrante elevando mis caderas con el movimiento circular acariciando la zona. ¿Qué haría Rhoan allí abajo?
—Rhoan… —jadeo su nombre con voz temblorosa.
Imagino que mi respiración fluctuosa la comparto con la suya y que el calor del agua es su cuerpo que se une con el mío.
Mi instinto me pide que continúe, es una experiencia inexplicable.
Juego con la parte de arriba endurecida y sensible.
La necesidad de expulsar algo dentro de mí me hace empujar.
Mi corazón está por estallar y se me escapa un grito silencioso con el cuerpo en llamas.
Cuando el alivio hace presencia y suelto una bocanada de aire contenido, estoy segura de que he cumplido mi objetivo.
Mi respiración se calma a medida que jadeo en silencio sin saber cómo llamar a esta situación.
Unos segundos después recuesto mi cuello al borde del mármol, observo mis dedos desorientada y cubro mi boca impactada.
¿Qué acabo de hacer?
Asomo la cabeza dubitativa desde las escaleras, veo que hay platos en la mesa. Debo comportarme con normalidad, debo fingir que lo que hice en el agua ha sido un sueño.
Aparece desde la cocina con vasos en la mano y me descubre.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí.
Enderezo la espalda y bajo las escaleras como si nada, aún cuando me duelen las mejillas por el sonrojo.
—¿Segura? —Alza una ceja.
—Sí, ¿por qué?
¿Cuál es su necesidad de preguntar tanto? Dios mío.
—No es nada. —Resopla—. Vaciaré el agua de la bañera—
—Ya lo hice —lo interrumpo presionando mis muslos.
Se queda mirándome con una expresión que no me dice nada y estira su mano rozándola con unos cuantos de mis cabellos al nivel de mi cuello. Mi corazón parece detenerse.
—Está mojado —pronuncia.
—¿Q-Qué? —Abro los ojos.
Su rostro se tensa a medida que seca mi pelo con su poder. ¡Se refería a eso! Y yo que pensaba en otras humedades.
—¿Qué te ocurre? Estás actuando raro —inquiere.
Noto mi respiración igual a la de un caballo.
—No es nada, intenté darme prisa para venir. —Evado su mirada.
Siento que me analiza. Exhala por la nariz y da media vuelta.
—No era necesario, aún me quedaba por hacer el zumo. —Me da la espalda y siento alivio.
Debo olvidar lo que hice. ¡Olvídalo, Lobelia!
En la cocina saca unas naranjas y se recoge las mangas de la camisa.
Recorro con los ojos sus anchos antebrazos.
Allí terminan sus tatuajes semejantes al movimiento del agua.
Comienzo a salivar desde el otro lado de la isla cuando empieza a exprimir la fruta.
Sus mangas se romperán si sigue. No puedo parar de observarlo sin pestañear.
Imagino que sus venas también se hincharán así si aplica la misma fuerza al meter sus dedos en…
Por Dios , detengo el pensamiento obsceno.
Es culpa de lo que me he hecho en el baño.
No sé qué me llevó a cometer un acto tan impuro.
Hace contacto visual y mis ojos se mueven como resortes hacia el zumo.
—Tus tatuajes —murmuro para engañarlo—, ¿son por tu poder?
Me lanza una mirada fugaz.
—Admiro a Adair, el creador de las grandes aguas. —Retoma su mirada al zumo con una voz relajada—. Se dice que su lealtad al Gran Roble y a su mujer trascendió a la eternidad.
—¿Su mujer? —murmuro.
Me devuelve la mirada, deja de exprimir la naranja y se toma un segundo para responder.
—Xyla, la primera alma y la madre de los bosques —habla con calma—. Era su esposa.
Mi interés sobre ellos se duplica. Tras esa corta charla que ha alimentado mi curiosidad, Rhoan termina de cocinar. Noto que reparte la comida en dos platos y es allí cuando caigo en la cuenta de algo.
—¿Comerás conmigo?
Esta casa no es solo mía.
—Por supuesto, tengo el día libre y tengo hambre —contesta mientras camina con los platos.
—¿Y si Garran se enterara de que estuviste aquí?
Me mira con profunda seriedad.
—Ni una palabra, Lobelia —me advierte.
Tenemos un tenso y silencioso cruce de miradas. Por el tono que usa haría creer a cualquiera que el mundo se acabará si Garran nos descubre.
—Bien.
—Perfecto. Ayúdame con el zumo.
Preparamos la mesa y nos sentamos. Su comodidad es evidente, la mía también y ni nos molestamos en ocultarla. El pan tostado le ha quedado crujiente por fuera y suave por dentro.
—¿Prefieres lo dulce o lo salado? —se le ocurre al verme echar la miel en el pan.
—Dulce, pero a veces me gusta mezclar como ahora —respondo sin dudar—. ¿Y a ti?
—Dulce.
Qué encantador.
—No te hacía del tipo que le gustan las cosas dulces. Te ves rudo, y los hombres rudos comen salado.
Logro pasmarlo.
—¡Ja, ja, ja! —Su carcajada me obliga a aguantar las ganas de suspirar—. Mi madre siempre ha hecho postres en casa. Las galletas shortbread son mis favoritas.
Alzo mi rostro.
—¡También son mis favoritas! —exclamo con alegría.
—Tenemos algo en común. —Me dedica una sonrisa cálida que me sonroja, hasta que miro al vacío con la nostalgia en el corazón.
—Solía comerlas con mi hermano desde que era una niña —le cuento—. Las comprábamos en la misma pastelería y nos sentábamos a comerlas en el asiento de siempre en la plaza pero dejamos de hacerlo cuando regresó de la guerra.
Me mira con gentileza.
—Os queréis mucho.
—¿Rodric y yo? —Lo miro—. Por supuesto, él es mi sol.
—¿Tu sol? —Levanta una ceja.
—Nadie puede vivir sin el sol, ¿verdad? —le digo y capta con rapidez.
Sus ojos se mantienen sobre mí aunque su cabeza se va a otro lado un breve instante.
—Supongo que todos tenemos a alguien así. —Baja la mirada y la lleva a su comida.
Separo los labios con sus palabras y siento un nudo en la boca del estómago. ¿Qué significa eso?
—¿Quién es tu sol?
—No tengo uno —contesta sin pestañear.
—Dijiste tenemos —contradigo mientras cojo mi bol de frutas con una serenidad fingida.
La mano en la que carga la cuchara se deja de mover y esa mínima reacción es suficiente para que el pulso me salte.
—Guardo ese lugar para la persona con la que pasaré el resto de mi vida —su vista sigue en su plato—, es la única que podría tenerlo.
Trago saliva y no sé por qué sus palabras me irritan. Lo percibo como una crítica a mi afecto por mi hermano mayor.
—Pues cuando yo conozca también a mi persona destinada, Rodric no se molestará en cederle el lugar —murmuro—. Por supuesto que, con quien me case, pasará a ser mi familia definitiva, mi todo. Tengo claras mis prioridades, Rhoan.
Siento su mirada. Cuando me asomo con valentía, lo descubro con una media sonrisa.
—¿Te tomaste mis palabras a pecho? Eres sensible, Lobelia Xyla.
—Y tú un amante del doble sentido, al parecer —respondo llevándome el zumo a la boca.
Ríe con ganas sin decir nada más.