Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

El campo de entrenamiento es amplio y techado, sin paredes ni construcciones que corran peligro de dañarse. Sigo sus pasos después de dejar nuestras pertenencias en los bancos y terminamos en medio del amplio terreno que debe medir cerca de cien metros de largo.

—¿No usaremos armas? —pregunto tras ver que no hay.

—Los Protectores luchamos con nuestro cuerpo y magia. Un arma es poco práctica, pero sí las sabemos usar y las llevamos a las cacerías —explica.

Esperaba usar una espada hoy , lamento aunque no demasiado. Si lo que dice es cierto significa que de todos modos tendremos entrenamientos con armas más adelante.

Preparándome para empezar recojo mi cabello en una trenza alta. Mis orejas se enrojecen cuando lo noto observándome con detenimiento y su mirada empieza a descender.

—¿Qué miras? —Me cubro.

—Tu cuerpo —contesta sin rodeos.

Quedo estupefacta.

—¿Por qué?

—Necesitas ganar peso y músculo. Mientras Garran te enseña a controlar tu elemento, aprenderás a esquivar golpes, caer e inmovilizar a tu enemigo.

Nos concentraremos en tu fuerza, rapidez y coordinación.

En consecuencia tu resistencia también aumentará pero necesitarás condicionar tu cuerpo para notar mejoría.

Si vas a gastar mayor cantidad de energía necesitarás alimentarte más. El doble de lo que comes ahora.

—Está bien —murmuro más sumisa por haberlo malinterpretado.

—¿Has combatido alguna vez?, ¿tienes algún conocimiento?

—Mi hermano me enseñaba movimientos de defensa personal pero nunca los puse en práctica.

—Muéstrame. —Se acerca—. No me defenderé.

Parpadeo.

—¿Estás seguro?

—Adelante —insiste.

Ha pasado un tiempo desde la última vez que Rodric me enseñó con cuidado. A pesar de mi mala salud nunca le gustó que tuviera que depender de otras personas. Quería que, en caso de que fuese de verdad necesario, pudiera luchar por mi vida.

—Pon tu mano en mi hombro —le pido con una sutil emoción. Lo hace en silencio, es un movimiento simple pero que me causa cosquillas. Lo noto curioso y muy cerca, puedo sentir su aroma sobre mí. Lo miro, él levanta una ceja y me regala una media sonrisa.

Trago saliva y cierro mis ojos para concentrarme recordando el paso a paso.

Tengo miedo de asfixiarme aún cuando ahora gozo de una salud desbordante.

No dudes, no pienses , fue lo primero que me enseñó Rodric para defenderme.

Abro los ojos y mi expresión cambia. Se escucha el ruido ágil cuando rodeo su brazo y lo obligo a quedar de puntillas.

Golpeo su pecho e impacta contra el suelo.

Quedo con una rodilla sobre él y mi mano apoyada en su torso.

Me coge por sorpresa cuando hace una cama de agua bajo su cuerpo de forma instantánea.

La sensación de vitalidad recorre mi cuerpo.

—¡Lo hice! —exclamo con una alegría indescriptible mientras recojo los mechones de pelo que se soltaron.

Sus ojos se achican cuando sonríe con suavidad.

—Bien hecho —contesta.

Mi sonrisa se relaja, mi respiración está acelerada por el movimiento veloz y me cosquillea la palma de la mano por la presión contra su pecho.

La retiro aprisa. Sé lo que siento por Rhoan pero todavía soy una mujer que se ha mantenido pura hasta hoy.

Es la primera vez que tengo a un hombre en esta situación, debajo y agitado…

Me causa una sensación rara, un hormigueo en el bajo vientre que me descoloca.

Aclaro mi garganta y me concentro en volver a la normalidad.

No veo reacción alguna en Rhoan a medida que retomamos nuestra posición de inicio.

De la nada acorta la distancia motivándome a alzar la mirada con sorpresa. Me rodea con un brazo y casi doy un brinco cuando toca mi espalda.

—Tienes que enderezar más la espalda cuando me derribes o te puede doler aquí después —habla muy cerca.

Pestañeo con lentitud y me tomo un momento. No sé si es que mi pureza se quedó en Benmore pero me vienen a la cabeza una barbaridad de pensamientos impropios de mí. Si se inclinara solo un poco podría besarme y no me negaría.

—Vale —respondo en voz baja.

Me suelta en un movimiento fluido y lento.

—¿Qué más sabes? —me pregunta.

Volvemos a prepararnos, hago otros movimientos que Rodric me enseñó en los que por suerte no tengo que terminar sobre Rhoan y consigo devolver mi mente al entrenamiento.

—Las combinaciones que hiciste para dominar a tu oponente te serán útiles y te servirán si tienes a una bruja muy cerca —me elogia—. Más adelante te enseñaré muchas más pero primero aprenderás a evadir ataques elementales de las brujas y otros hijos de Emdor.

—¿Hijos de Emdor? ¿Por qué me atacaría uno de los nuestros?

—Si te apetece un combate amistoso o prefieres arreglar las cosas con violencia. —Se encoge de hombros y su tono me hace entender que es algo que suele pasar con frecuencia.

Recuerdo a la bruja que asesinó a la que Duster pateó atravesándola con una roca.

Se me eriza la piel al revivir la cantidad de sangre que bañó la blanca nieve de esa noche bajo la luz de la luna.

Por fortuna ya había visto ejecuciones de los condenados a muerte en Blackriver y los prisioneros enviados de los pueblos cercanos.

Mis padres y Rodric insistían en que me quedara en casa pero el acompañarlos y mantener sólida la presencia de la familia ducal me hacía sentir que compensaba mis defectos de salud.

Ah, también es cierto que Garran dijo que mi madre era una bruja de agua.

—¿El poder de los hijos de Emdor no es sagrado? —se me ocurre preguntar—. ¿Por qué lo tienen las brujas?

—Se le conoce como mimetismo elemental. Lo Oscuro es una cosa que se adapta a su entorno —explica—.

Para sobrevivir y defenderse de Emdor, ha usado sus elementos para asesinar desde que aparecieron las primeras brujas hace miles de años.

No conocemos su origen, solo sabemos que primero estuvo Emdor y después apareció Lo Oscuro, que se alimenta de la muerte y proviene de otro lado.

—¿De dónde?

Levanta los hombros.

—Es un misterio —contesta, provocando que haya un silencio serio—.

Retomando lo que decía, para poder reaccionar a ataques elementales, caer y rodar es algo que debes aprender a hacer con naturalidad y sin premeditación.

Así no te harás daño si necesitas esquivar o si te tumban.

Empezaremos con tu rodilla izquierda y mano derecha en el suelo.

Tu pierna derecha debe estar estirada hacia atrás.

Asiento y bajo al suelo sin cuestionarlo. Una vez me arrodillo se agacha a mi lado para guiarme.

—Ahora mete el brazo izquierdo y la cabeza por debajo de tu cuerpo. Con un impulso de tu pie izquierdo, darás una vuelta en el suelo hacia adelante —me da los pasos—. Al final podrás hacerlo estando de pie pero todos empezamos desde abajo.

—Vale —contesto y hago el movimiento.

Voy escuchando su explicación detallada hasta que sus dedos rozan mi espalda y el escalofrío placentero recorre mi cuerpo en ese mismo instante. Siento su mirada sobre mí. Mueve su mano acariciando la zona superior de las escápulas.

—Esta zona es la primera que debe hacer contacto al rodar o de otro modo te golpearás.

La idea es que tu cabeza nunca toque el suelo.

—Asiento en silencio a cada palabra que dice hasta que su otra mano se acerca a mi ombligo, rozándolo con las yemas de sus dedos—.

Mete el abdomen y… —lo hago—, así, perfecto.

No lo he hecho porque me lo indicara sino que ha sido un reflejo explosivo.

—E-Espera, ¡espera! —exclamo desesperada.

Se paraliza y retira su mano de inmediato.

Un silencio incesante aborda el aire. Puedo sentir la mirada de Rhoan presionándome la sien sin poder girar la cabeza ni un centímetro, con mi pecho levantándose sin cesar en mi exaltación.

¿Qué me sucede? No comprendo lo que siento.

Una sensación nueva en mi centro me sobrepasa.

Me hace sentir que está marcando territorio con sus manos.

¿En qué estoy pensando? ¿Por qué eso suena agradable?

El silencio es tan profundo que lo escucho tragando saliva para después entreabrir sus labios.

—Lo siento, ¿te incomoda que te toque? —su voz seria me estremece.

Me muerdo el labio por dentro y niego en el acto. ¿Incomodarme? Eso es lo que menos ha causado. Al contrario, me ha descolocado de lo agradable que ha sido, pero al mismo tiempo ha desatado mis nervios. Ellos son los que han ganado.

—Es solo que me tomó por sorpresa. Nunca había tenido a un hombre tocándome en sitios, bueno, p-poco usuales —susurro insegura con la mirada clavada en el suelo incapaz de alzarla, avergonzada ante cada sílaba que suelto—. Por favor, no te detengas, sigue corrigiéndome.

Sigue tocándome , insisto en mi interior.

Lo que menos deseo es que malinterprete mi reacción como rechazo y, a su vez, me agita el preguntarme cómo interpretará lo que le he dicho.

Si otro hombre me rozara el vientre igual que ha hecho él, sentiría asco con certeza, sin embargo cada contacto con Rhoan es reconfortante.

No me importa que descubra esta parte de mí, al contrario, estoy expectante por cada roce.

Su silencio se vuelve tan eterno que mi ansiedad y curiosidad me hace asomar la mirada. Al instante la vuelvo a esconder tras encontrarme con una expresión inquietante. ¿Por qué está tan serio? No parece molesto, es otra cosa que no logro explicar en palabras.

—E-En fin, continuemos la lección —me desespero, manteniéndome en la misma posición con una rodilla en el suelo. Sigue sin responder unos segundos más, entonces inhala y prosigue.

—Cuando des la vuelta, utiliza tu pie en el suelo como impulso. Al rodar, termina con una rodilla en el suelo, pero ten cuidado de no cargarle demasiado peso o te harás daño.

Intento mentalizarme de que el contacto físico sucederá incontables veces en el futuro, y en cada una no puedo reaccionar así.

—¿Estás lista? —me pregunta.

—Sí, lo intentaré.

Finjo que mi corazón ha vuelto a su ritmo habitual, cuando en realidad sigue imparable.

—Te ayudo —avisa él mientras que yo no hallo cómo calmarme—. Uno, dos, tres.

Uso fuerza para levantar hacia adelante mi pierna estirada como una palanca. Rhoan coge mi tobillo y me ayuda a impulsarme. Mi torso se mueve torpe y como un flan, por poco se me dobla hacia un lado pero consigo rodar. Al quedar sentada, él se asoma y peina un par de mechones de mi cabello.

—Bien hecho —susurra con una sonrisa dulce.

Un largo rato después de haber logrado rodar en una sola dirección sin terminar con la espalda torcida, termina la lección.

—Lo hiciste bien, ¿te gustó la clase? —Rasca su barba.

Meto los labios en mi boca para no sonreír. Está nervioso.

—No creí que fuese tan divertido aprender a rodar —respondo honesta con una media sonrisa—. Pero las rodillas me están matando.

—El dolor te enseñará a disminuir la carga que les das al rodar, solo para evitarlo. —Me da un toque en el hombro y exhala por la nariz—. Coge tus cosas, te acompañaré a casa.

Iba a hacerle caso cuando un pensamiento pasa fugaz por mi mente y me hace dudar. No quiero atosigarlo. Sello mis labios y reformulo mis palabras.

—No te preocupes, puedo regresar sola.

—¿Cómo podría dejarte si solo llevas un día en el pueblo? —rechaza la idea al instante.

—Garran me dio un mapa. ¿No prefieres ir a bañarte para estar más cómodo? —invento.

Alza sus cejas.

—¿Huelo mal?

Parpadeo pasmada y muevo la cabeza a los lados.

—¿Qué? ¡En absoluto!

Niego sin pensarlo y gracias a eso me doy cuenta de mi propio sudor.

He estado dos horas revolcándome en la tierra dando volteretas, ¿y él no ha dudado en tocarme y estar a mi lado durante la larga lección?

Espera, ¿en qué momento mi trenza se convirtió en un remolino?

¡Mi pelo es un nido de paja! Mi rostro hierve, doy un paso atrás y evito mirarlo peinándome con disimulo hasta que recuerdo algo y lo miro tímida.

—Cuando me trajiste al pueblo me limpiaste con tu poder, ¿cierto? —murmuro y se le forma una sonrisa divertida—. ¿Puedes hacerlo ahora?

Guarda silencio. Solo un instante le es necesario para levantar una mano, mover los dedos y que el agua envuelva su cuerpo en una esfera, traspasando la ropa y llevándose consigo hasta el mínimo grano de tierra que tenía encima.

Mis ojos se desorbitan atónita cuando lo veo seco e impoluto como resultado.

¿Eso fue lo que hizo conmigo cuando estaba inconsciente? Es una maravilla pero, ¿y yo?

—Podría, pero es mejor que te lleve a casa y te des un baño caliente ya que la temperatura te ayudará con el dolor —argumenta—. Como no estará Garran puedo ayudarte con el agua de la bañera.

¡Demonios! Tiene razón. ¿No me ha limpiado para tenerlo de excusa? Me cuida demasiado por ser la hija de Garran y ni siquiera pensé en todo el proceso que debo hacer para bañarme. Calentar el agua, llevarla al baño…, no obstante desde ayer he sido dependiente en exceso.

—Gracias, pero ya sé cómo hacerlo.

—Insisto.

—Y yo insisto en que no te preocupes —intento transmitirle con suavidad.

Me mira directo a los ojos con su expresión empezando a oscurecerse.

—¿Qué pasa si te pierdes?

—Garran marcó la ubicación de la casa en el mapa —le aseguro y voy a buscarlo entre mis cosas.

Coge mi muñeca y me detiene en seco. Doy media vuelta por la sorpresa y me encuentro con su severidad inesperada. La firmeza con la que se aferra me impide dar un paso.

—Te esfuerzas demasiado en evitar que vaya contigo. ¿Salvé tu vida, te traje en brazos, te presenté a tu padre y ya no me necesitas?

Trago saliva.

—Precisamente, como has hecho todo eso por mí no quiero ser una piedra en tu zapato, Rhoan —me sincero con tristeza, bajando la mirada—. ¿Y si más adelante te arrepientes y me empiezas a ver como una carga?

No tengo la valentía de hacer contacto visual. Transcurren unos segundos en los que su mano se desliza a la mía, instándome a levantar la mirada. ¿Por qué parece herido?

—Lobelia, nunca te veré como una molestia. Puedes depender de mí todo lo que quieras —me promete un poco ofendido por mis dudas.

Separo mis labios y mantengo el contacto visual. ¿De verdad puedo depender de él?

—De acuerdo, retiro lo que he dicho —acepto con una sonrisa sumisa.