Capítulo 17
Aunque mis ojos permanecen cerrados me molesta la luz. ¿Las cortinas están abiertas?
—Lily… —balbuceo.
Busco la campanilla sobre la mesita de noche hasta que los recuerdos me hacen reaccionar.
Ya no estoy en Benmore. Pienso un segundo y concluyo que no estoy dispuesta a levantarme por ende prefiero ponerme la almohada sobre la cabeza.
Vuelvo a quedarme dormida con rapidez hasta que escucho una voz que me despierta otra vez.
—Lobelia, ya es de día —me llama Garran al otro lado de la puerta casi tarareando con un buen humor al que deberé acostumbrarme.
Gruño moviéndome entre las sábanas sin querer poner un pie fuera.
Miro hacia la ventana y noto el alba en el cielo.
¿Por qué me está levantando tan temprano?
Como protesta me derrito en la cama una vez más.
Lo ignoraré hasta que se rinda. No tengo responsabilidades ni doncellas que se aseguren de que salga para aprovechar la luz del día.
¿Qué me impide permanecer calentita y acurrucada bajo el edredón?
He dormido de maravilla en mi nuevo colchón. Es mi nuevo mejor amigo.
—Lobelia, ¿estás despierta? —insiste Garran desde el pasillo—. Rhoan ya está aquí.
Y mis ojos se abren como platos al instante.
—¡Ya bajo!
Me levanto de un salto ignorando el frío y corro hacia el armario.
Me arreglo aprisa extrañando la cama de inmediato, pero la idea de verlo a primera hora de la mañana eleva mi energía a niveles celestiales.
Por un instante me paro frente al espejo y siento una emoción muy agradable.
Volveré a entrenar. Exhalo con fuerza para al fin dirigirme a las escaleras.
Iba a bajar a brincos pero mi cabeza piensa rápido.
Rhoan notará mis ansias, por lo que desciendo con serenidad.
Apenas lo veo en uno de los sillones mi corazón reacciona de un modo que aún no consigo comprender del todo.
El cosquilleo en mi estómago me ayuda a saber que no estoy soñando y que es verdad que esta será mi nueva rutina diaria.
Encontrarme con sus ojos grises al amanecer.
—Buenos días. —Me acomodo un mechón detrás de la oreja.
Me mira con detenimiento, con una de sus perfectas cejas alzada. Se levanta del sillón y camina con firmeza cada vez acelerando más los latidos de mi corazón.
—Buenos días —se detiene frente a mí—, me dio tiempo de beber té.
¿Me está regañando? Ah, cierto que este hombre ahora es mi maestro de combate.
—Perdón, no estoy acostumbrada a levantarme tan temprano —contesto avergonzada.
—Está bien, con los días te costará menos —es comprensivo. Un momento después me doy cuenta de que está mirando mi cabello ondulado—. Creo que es mejor que te lo recojas.
—Ya lo había pensado —le respondo jugando con una de las hebras—. Lo haré cuando lleguemos al lugar de entrenamiento.
—¿Por qué es tan largo? —pregunta.
Me lo peino hacia delante con orgullo.
—El cabello largo es uno de los más distinguidos atributos de una noble dama soltera. Demuestra su alto estatus.
Me observa en silencio hasta que sonríe con una suavidad agitadora.
—Tendré que enseñarte bien para que no te lo achicharres en un combate contra un elemental de fuego —bromea con una risita que se siente como música para mis oídos.
—Buenos días, Lobelia. —Aparece Garran a mi lado.
—Buenos días.
—¿Queréis desayunar?
—No tengo hambre, es muy temprano. Tal vez coma algo al regresar.
Pone una expresión extraña.
—Eras una princesa, ¿sabes hacerte de comer? —pregunta en un tono divertido.
¡Se está burlando de mí frente a Rhoan! Le lanzo un vistazo. Sus cejas están bien alzadas con una sonrisa más alargada que la anterior.
—C-Claro —le respondo en pánico—. Solo déjame peras y uvas. Yo resolveré el resto.
—De acuerdo, pero si tuvieras algún problema hay muchos lugares para comer en el pueblo. —Garran sonríe—. ¿Te preparo algo antes de irme?
—No es necesario, dije que sí sé —respondo con terquedad en voz baja.
No quiero ser una molestia. Está bien aprender a cocinar pero ayer preparó la cena sin mi ayuda y no quiero tratarlo como un sirviente.
—Vale, vale. Entonces que tengáis un buen día —nos anima Garran.
Nos despedimos de él y una vez fuera de casa el silencio se apodera de los primeros segundos.
No hay nadie en las calles y ya no nieva pero en el suelo hay una capa de lo que cayó en la madrugada.
Con un movimiento de su mano desaparece la nieve frente a nosotros dejándose ver el camino de piedras seco y sin peligro de resbalarnos.
—Vamos.
Camina en una dirección al tiempo que lo miro con admiración por cada oportunidad que me da de presenciar su magia.
Aunque mis pasos son más cortos que los suyos él se adapta y se asegura de no dejarme atrás.
No puedo dejar de mirarlo, ¿qué es lo que me hizo sentirme así por él?
¿Por qué es tanta la felicidad con solo caminar a su lado?
¿Qué es esta sensación que me presiona desde dentro y pide que no me aleje de él?
Va más allá de la atracción. No entiendo mis propios sentimientos pero de lo que estoy segura es que son reales y hasta dolorosos.
Fueron lo que me volvió loca el último año y medio.
—¿A qué hora te levantabas en Benmore? —pregunta de repente y casi doy un brinco—. No había forma de despertarte.
Hincho mis labios. ¿Tan extraño es que una persona adore adherirse al colchón?
—Mucho después del amanecer. —Me cruzo de brazos a modo de protesta—. Aunque como todos intentaba aprovechar las horas de luz.
—¿Y qué hacías en tu día a día?
—Paseaba por los jardines del castillo o leía algo en la biblioteca.
Mis padres tienen una biblioteca enorme con libros de todo el mundo —menciono empezando a sentir nostalgia, dejando ir de mi mente lo de hace unos instantes—.
Y con frecuencia ayudaba al médico de nuestra familia, el señor Nicolas. Me gustaba aprender de él.
—Así que sabes de medicina —comenta impresionado y asiento con una sonrisa leve—. ¿Qué más?
Me sonrojo por su interés hasta que me desconcentro por mis recuerdos.
—Solía escabullirme a los trigales cerca del río donde te conocí. —Mi mirada se pierde a medida que las palabras fluyen de mi boca—. Desde allí miraba hacia el bosque.
—¿Te gustaba hacerlo?
Me guardo las palabras en breve.
—Desde que tenía diez años empecé a sentir que alguien me llamaba. Podía escuchar la voz en mi cabeza y en el trigal la percibía con más claridad. Iba cada día desde que se me permitió salir del castillo con mis doncellas. Se convirtió en un hábito —le detallo.
Mantiene su vista al frente con tranquilidad.
—Qué curioso. ¿Qué hacías cuando lo escuchaste la primera vez? —parece que le gusta lo misterioso del suceso.
—Fue después de haber tenido mi primera asfixia. Era el día más caluroso del verano y quizás eso influyó en mi salud. Estaba entrenando con mi madre y mi hermano cuando sentí que me faltaba el aire, me sofoqué y me desmayé. Cuando desperté oí esa voz que pronunciaba mi nombre una y otra vez.
Su silencio es inquietante, está ensimismado y me hace caer en la cuenta de que quizás he dicho algo demasiado raro.
—Pero después de lo ocurrido puedo adivinar que fue Emdor, ¿no crees? —añado.
—Seguro que sí.
El ambiente se torna extraño y no dice nada más. Me pone nerviosa el silencio. Cuando me encontraba inestable en Benmore tenía miles de preguntas que quería hacerle pero ahora no se me ocurre ni una.
—¿Qué me dices de ti? —se me ocurre.
—No hay mucho que contar. Soy callado, tengo pocos amigos que son ruidosos y un trabajo peligroso en el cual soy muy bueno.
Hincho los labios.
—Me parece injusta tu descripción comparado a todo lo que sabes de mí.
Noto su media sonrisa. Está pensativo.
—Una vez me escapé de casa en mi adolescencia porque quería conocer Benmore —decide contarme ganándose mi plena atención—.
Falté a clases y logré llegar a Blackriver pero no tenía dinero, estaba cansado porque nunca había caminado tanto y había demasiadas personas, demasiadas caras desconocidas.
Terminé frustrado y regresé a regañadientes el mismo día por la noche.
Mis padres me regañaron como nunca y no lo volví a hacer.
—Eso fue peligroso —opino con una mueca.
Mantiene su vista en el camino sin abandonar su sonrisa.
—Aunque no logré nada, el riesgo valía la pena —responde dejándome sin saber del todo a qué se refiere.