Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Garran

Hace veintidós años.

He sido profesor de magia elemental en la escuela primaria del pueblo desde hace tantos años que ya no los tengo contados. En ocasiones hay niños que tienen problemas para avanzar y me gusta idear nuevas técnicas de enseñanza para ellos.

Ese día para aclarar la mente había salido al bosque a caminar pero sin darme cuenta me había alejado demasiado. Para alargar unos minutos más el paseo, cogí un desvío que de todos modos me llevaría de regreso al pueblo. O al menos esos eran mis planes.

—No puede ser —susurré observando lo que había entre unos arbustos.

Una mujer desmayada de lado con una fuerte quemadura en la espalda.

Suspiré ya exhausto. Podía reconocer con facilidad que era una bruja, ya que mis instintos como hijo de Emdor me lo decían, pero lo que me parecía extraño era que solo lo percibía.

¿No debía sentir aversión? ¿Un odio que me bañara la sangre y me gritara que lo que tenía enfrente era una amenaza?

¿Qué debería hacer? Era una bruja y detestaba la idea, pero podía matarla aprovechando que estaba inconsciente y así no la escucharía sufrir.

Sería irresponsable dejarla con vida. En el futuro podría matar a alguno de mis compañeros del pueblo además de incontables humanos si es que no lo había hecho ya.

No me queda otra. Alcé los brazos y me preparé para eliminarla con las manos temblorosas que delataban la angustia que me producía verme obligado a cometer mi primer asesinato en mis ciento cinco años.

Me quedé en silencio en esa misma posición hasta que retrocedí.

¡Mierda! No podía hacerlo. Era mejor fingir que no la había visto.

Si seguía inconsciente, las bestias del bosque la encontrarían y la matarían por su odio profundo hacia las brujas.

Solté un resoplo mirando la grave herida para después dar media vuelta y empezar a caminar.

Unos pasos más allá la lástima volvió a detenerme.

Me sentaba mal dejarla allí y sabía que las bestias serían peores que un cazador.

Eran capaces de esperar a que despertase para destrozar su cuerpo con ella consciente.

Me rendí y volví hacia la mujer para revisar su herida.

Por fortuna sé un poco de todo y en ese caso me venía bien tener conocimientos en primeros auxilios.

Parecía que las llamas habían estado en contacto con su piel durante segundos que debían haberse sentido eternos, por cómo se habían formado ampollas enormes y la herida se había comido viva varias capas de piel.

Antes que nada necesitaba agua para limpiar la herida.

Solté la cantimplora de mi cinturón y apunté para que cayera sobre la herida.

De repente la mujer levantó el torso, empujó mis brazos y se me resbaló.

Su mano derecha permanecía abierta y lista para atacar con su magia elemental oscura.

Con la otra se sujetaba el escote del vestido roto.

—¿Quién eres?

A diferencia de los protectores, las brujas no pueden reconocer a su enemigo.

—Soy un hijo de Emdor —le respondí sin titubeos.

Se petrificó y sus labios se abrieron al mismo tiempo que sus ojos.

—No… —se le escapó en una exhalación de terror y desesperanza. No estaba en condiciones para luchar y lo sabía—. ¿Por qué no me has matado?

Cuando sus ojos se enfocaron en mí, noté algo en ellos que me inspiró a inclinar la cabeza para intentar detallarlos mejor.

—D-Detente. —Su respiración se aceleró y acercó más sus manos.

No le temía ya que estaba demasiado débil.

Más que eso, sus ojos… Lo normal es que las brujas, al llegar a su adultez, tengan ojos negros similares a un agujero sin vida.

En los suyos se veía apenas una mancha en el borde del iris y todavía se podía apreciar un hermoso azul cielo luchando contra Lo Oscuro.

Significaba que no era adulta aunque lo pareciera.

El miedo se derramaba en ella suplicándome que diera media vuelta y fingiera que no la había visto pero no podía dejarla allí.

Levanté los brazos para mostrarle que no le haría daño.

—¿Te parece si le echo un vistazo? —Señalé su espalda con el mentón.

—¿Por qué me ayudaría un hijo sagrado?

Aún cuando su voz se escuchaba débil y trémula se negaba a bajar la guardia.

—Me llamo Garran y digamos que no me gusta la violencia.

Sonreí de lado. Tras mis palabras ella dudó relajando un poco su expresión, no por confiar en lo que había dicho sino porque le era inesperado.

Se quedó en un largo silencio. ¿Demasiado sospechoso para ella?

Sonreí con exageración y con eso a ella se le formó una extraña mueca hacia un lado que arrugó sus carnosos labios.

—Soy Eudora —se limitó a responder con un suspiro.

Bajó sus manos y me mostró su espalda. Su desesperación debía ser abismal y me parecía que se había resignado a esperar al momento en que quisiera acabar con ella. Examiné la quemadura.

—Mierda, se me cayó la cantimplora —pensé en voz alta. Tendríamos que movernos hacia el río.

Eudora la miró vacía en el suelo. Un segundo después movió las manos y apareció agua que se introdujo dentro. Alcé las cejas y la miré aunque ella tenía su vista en otro lado. Era una bruja de agua.

—Gracias —le dije y en respuesta se escuchó un mero resuello.

Cogí la cantimplora y con cuidado distribuí el agua sobre la quemadura.

Empezó a temblar al tiempo que se le escapaban un par de gemidos de dolor, hasta que su cuerpo comenzó a sentir alivio y guardó silencio.

Con la herida limpia acerqué mi mano a la tierra e hice crecer algunas flores de caléndula junto con un pequeño mortero de piedra.

Cuando descubrió mi magia sus ojos parecieron llenarse de vida.

—¿Puedes hacer flores? —susurró intentando ocultar sin éxito su emoción, igual que un niño al ver por primera vez un acto de magia.

—Algunas —no le dije demasiado ya que yo tampoco debía bajar la guardia. Coloqué las flores en el mortero y las machaqué con fuerza para formar una pasta. Empecé a aplicarla sobre su piel. Lloraba con tanto dolor que se me encogió el corazón—. ¿Quién te hizo esto?

Pregunté al filo de sentirme culpable pensando que había sido un cazador.

—Los humanos me vieron… Yo solo estaba lavando ropa con mi poder —respondió ahogada en sollozos.

Suelen descubrir a las más jóvenes, a las recién contaminadas.

En gran parte son quemadas en la hoguera y por eso permanecen ocultas hasta alcanzar la madurez de su poder.

Parece cruel pero las brujas son mujeres a las que Lo Oscuro les borra la compasión.

Asesinas a sangre fría y fanáticas de lo grotesco y penumbroso.

Les encanta matar a cualquier ser vivo que se les antoje y, aun así, en ese momento los sollozos de Eudora se escuchaban como los de una pobre víctima.

Tenía que haber estado desesperada para huir directo al bosque de su enemigo.

Es curioso pero las brujas pueden estar al otro lado de los límites y respirar con naturalidad, pero asfixiarse no es a lo que deben temer sino a un hijo de Emdor.

Cuando terminé de aplicar la pasta dejé que capas de musgo sirvieran como protección por el momento, rodeándola para que no se le cayera el vestido roto y estuviese cómoda.

Con eso sería suficiente. Después de haber tratado sus heridas nos pusimos de pie.

La herida no le impedía moverse aunque con certeza estaba aguantando el dolor, su espalda estaba encorvada.

Nos miramos con la incomodidad haciéndose cada vez más intensa sin saber qué decir.

Sería casi una blasfemia que una bruja le diera las gracias a un hijo de Emdor y lo comprendía.

—Me iré —dijo ella con una mueca extraña y se dio la vuelta de inmediato.

—Espera. —Cogí su brazo.

Me miró con miedo.

—¿Me vas a matar?

—¿Por qué te mataría si te acabo de curar? —contradije entre risas que la dejaron sin saber qué decir.

—¿Entonces qué quieres? —Evitó mirarme.

—¿A dónde irás? Mejor dicho, ¿ tienes a dónde ir?

Calló mirando al suelo con una expresión colmada de tristeza. Era fascinante cómo una bruja podía ser al mismo tiempo una mujer tan encantadora mostrando mil expresiones y todas fáciles de leer.

—¿Cuántos años tienes?

Necesitaba preguntar.

—No lo sé, mis primeros recuerdos son de cuando el antiguo rey murió —respondió.

Sé que la gran mayoría de los plebeyos humanos no saben su edad. Si era verdad lo que decía significaba que Eudora debía tener un poco más de veinte años.

—Eso es imposible, ¿eres una bruja adulta? —pensé en voz alta. Si era el caso entonces había algo distinto en ella.

—¿Por qué mentiría si me puedes matar en cualquier momento?

Puse mis ojos en blanco.

—Ya he dicho que no voy a hacerlo, ¿vale? —recalqué. Ella gruñó, le gruñí de vuelta y sus labios se arrugaron más.

—Olvídalo, solo déjame ir.

—No —sonreí divertido—, porque no tienes a dónde y estás herida.

No podía dejar a una bruja libre. Al decir eso ella se quedó mirando al frente. La vi perderse en sus pensamientos aflojando su mandíbula y su rostro se ensombreció.

—¿A dónde puedo ir? —me preguntó con una débil voz que esfumó mi sonrisa.

Fue en ese momento cuando mi corazón dio un vuelco por primera vez.

Era muy hermosa, me había embelesado por un segundo.

¿De verdad era una bruja?, ¿cómo podía tener tanto encanto?

Gracias a mis dudas internas tuve una epifanía.

Era una bruja adulta que llevaba años luchando contra Lo Oscuro y nunca había oído de un caso igual.

¿No existía un resquicio de que… pudiera vencerlo?

Y si lo conseguía, ¿no sería posible con otras brujas?

¿El alma de Eudora podría purificarse? Si existiera la más mínima posibilidad, con más razón no podía dejar que se fuera.

El problema era que tampoco podía llevarla al pueblo ya que iban a matarla sin darme tiempo de dar explicaciones.

—¿Si te ofrezco refugio huirás? —pregunté atento a su reacción.