Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Me gusta el pan con queso y miel o mermelada de cualquier sabor, aunque prefiero la de fresa.

Se le cierne una sonrisa.

—Entonces no te gusta de cualquier sabor .

Hincho mis labios en respuesta aceptando que mis palabras han sido contradictorias. Un longevo silencio se instala entre nosotros, cómodo y acogedor hasta que veo que relaja su expresión.

—Lobelia, anoche cumpliste veintiún años, ¿verdad?

—Sí… —Ladeo la cabeza—. ¿Tú qué edad tienes?

—Veinticinco —responde.

Bueno, es menor que mi hermano.

Su expresión se apaga de la nada, se levanta de la silla y se sienta al borde de la cama. Despierta mis nervios pero me niego a rechazarlo. Veo sus brazos y recuerdo cuando me tenía en ellos. Su aroma, su caminar y su respiración sobre mí. De repente coge mi mano y me ruborizo.

—Lobelia, tu pelo castaño ceniza y tus ojos verde manzana no son rasgos que todo el mundo tiene, ni siquiera entre nosotros como hijos de Emdor —rompe el silencio—. De hecho es bastante único.

Me descoloca su comentario.

—¿Por qué lo mencionas?

Tarda en retomar la conversación con sus ojos sobre los míos con deseos de decirme algo antes de pronunciar palabra alguna. Los nervios empiezan a subirse a mi pecho al ver que le cuesta.

—Bajando las escaleras hay un hombre parecido a ti —suelta abrupto—. Durmió en el sofá esperando a que despertaras.

Me paralizo al instante y siento algo empujándome en mi sitio. Olvido cualquier otra cosa.

—¿Cómo de parecido? —inquiero.

Sé que no está hablando a la ligera. Guarda silencio un instante sin cortar el contacto visual.

—Eres idéntica a él —declara.

Me hundo. Mi respiración se transforma en un huracán y me quedo en blanco.

—Los tiempos y tu edad coinciden y el parecido es imposible de ignorar.

No sé si recuerdas cómo mis amigos se sorprendieron cuando te conocimos.

—Solo puedo asentir con una mirada impactada—.

Fue porque eras la viva imagen de él y eso no es lo único asombroso.

El que hayas sobrevivido entre los humanos sin un anillo nos dice que tus orígenes provienen de una mezcla de sangre que creíamos imposible.

Lobelia, eres única y nadie más que el hombre que está abajo ha estado con una mujer que no es hija de Emdor.

Mis ojos se inundan.

—¿Dices que…? —no puedo completar.

Su mirada se vuelve gentil y asiente acariciando mi mano con su pulgar.

—Él es tu padre, Lobelia. No cabe duda.

Enmudezco y me cubro la boca con mi mano libre. Mi padre, ¡he encontrado a mi verdadero padre! ¿Esa es la razón por la que me hizo todas esas preguntas aquella tensa noche? ¿No fue por interés sino para confirmar el parentesco?

—¿Por qué no me lo dijiste si ya lo sabías? —Muevo la cabeza incrédula—. Si me hubieras explicado la situación habría dejado la apuesta de lado.

Mentira, en realidad si solo hubiese aparecido la habría olvidado pero esto va más allá de lo que siento por él, se trata de mi familia de sangre.

—Mis colegas y yo teníamos prohibido hablar hasta tu llegada oficial al pueblo. Él tampoco lo supo hasta ayer.

¿Se lo dijeron ayer? ¿Cómo habrá reaccionado ese hombre en el momento en que descubrió que estaba viva?

Nunca le di importancia a mi verdadera familia por el profundo y rebosante amor que recibí de mi hermano y los duques, sin embargo el por qué me dejaron en el bosque en el día más gélido del año es lo único que siempre necesité saber.

Alguna vez hubo alguien que no me quiso y me abandonó.

Mi expresión se torna seria.

—¿Entonces fue él quien me dejó en el bosque?

—En absoluto. Él no sabía que existías —lo defiende sin duda alguna.

La sangre me hierve.

—¿Cómo estás tan seguro?

Algo le hace tragar y tensar la expresión.

—Tu madre desapareció hace mucho tiempo, él te lo puede explicar —argumenta y me paralizo—. Si hubiera sido él, no habría llorado de rodillas cuando por fin le dije la verdad y permití que te viera. Nunca lo había visto así, ha estado llorando desde ayer sin parar.

Su rostro se torna amargo con la mirada perdida en el vacío mostrándome cuánto le duele el recuerdo.

Las lágrimas se escapan de mis ojos y consigue hacerme dudar, pero nadie puede negar mis orígenes.

Alguien cometió una crueldad esa noche, alguien es el culpable.

Esta inesperada situación despierta en mí un sentimiento que no sabía que tenía clavado en el corazón.

—¿Entonces fue mi madre?, ¿por qué me abandonaría? ¿A un bebé que no hizo nada? —Alzo la mirada y lo miro con los ojos empañados.

—Lo siento, desearía saberlo tanto como tú —su voz es débil y su expresión me hace pensar que se toma personal mi dolor—. Si escuchas la historia de tu padre puede que encuentres algunas respuestas.

Mis lágrimas caen como gotas pesadas sobre las sábanas y tras lo que dice puedo deducir que mis padres no están juntos y mi madre todavía es un misterio.

De pronto resopla y me sostiene contra su pecho.

Estremece mi cuerpo entero. Cierro los ojos con su aroma percibiéndose como un placer peculiar.

Mis lágrimas disminuyen hasta que ya no caen.

Cuando nota mi silencio se separa buscando el contacto visual.

—Lobelia, tu padre no tiene hermanos ni tíos y tus abuelos murieron hace muchos años así que ha estado muy solo —habla a corta distancia.

Sus palabras lamentables me obligan a permanecer callada—.

Por fortuna mis padres y él han sido mejores amigos de toda la vida y nos convertimos en su familia.

Me cuidaba cuando era un niño y dormí en su casa una infinidad de veces. Es mi tío.

Me imagino a Rhoan de pequeño y mi pecho se entibia con una agradable sensación.

—¿Por qué me cuentas todo eso? —La mirada se me va hacia mis dedos y juego con ellos.

—Porque quiero lo mejor para ti y sé que conociéndolo podrías ser más feliz —responde en un tono sutil—. ¿Puedes escuchar lo que tiene que decir? Si aceptaras conocerlo podría nacer entre vosotros un precioso vínculo, ¿no te parece? Podríais empezar de cero.

Lo miro con mis cejas curvadas y casi juntas.

—¿De verdad crees que me quiera en su vida? —susurro.

Una bella sonrisa se extiende por sus labios, cada vez más afectuosa y auténtica.

—Con desesperación —contesta y hace una pequeña pausa—. ¿Y tú?, ¿deseas darle una oportunidad?

Trago saliva en silencio. ¿Lo que está a nada de suceder en mi vida será un reencuentro emotivo entre padre e hija?

Si durmió toda la noche en el sofá, ¿le romperá el corazón si decido que no quiero saber nada de él?

Mis puños se aprietan con tan solo pensarlo y mi naturaleza empática causa que me duela el corazón por una escena que no ha ocurrido.

Si lo que dice Rhoan es verdad, ese hombre no tiene la culpa de nada.

—Quiero conocerlo —anuncio.

Las esquinas de sus ojos desvelan encantadoras líneas de expresión cuando vuelve a levantar las comisuras.

—Gracias, Lobelia.

Permanezco muda con un destello interno.

Deseo conservar su sonrisa en mi mente. Me parece que piensa en algo con detenimiento.

En el eterno silencio empiezo a ser consciente otra vez de que estamos a solas en una habitación y conmigo en la cama además.

Sus ojos me siguen impasibles con tanta intensidad que evoca mariposas desmedidas en mi estómago.

Presiento algo. De repente exhala con fuerza y se pone de pie tan rápido que me sobresalto.

—Mi madre midió tu pie mientras dormías. Conseguimos unos botines de tu talla. —Los saca del armario y los deja a mis pies.

Me cuesta recuperar la compostura. Me dio la impresión que iba a hacer algo pero parece que mis deseos jugaron con mi percepción. La que quería era yo.

—Muchas gracias. —Retiro las sábanas de mis piernas y me siento al borde de la cama. A punto de inclinarme para coger las botas, él apoya una rodilla en el suelo y coge mi pie derecho.

—¿Qué haces? —murmuro.

—Ayudarte. —Lo hace sin pedir permiso y mis latidos entran en frenesí.

—P-Puedo hacerlo sola.

Menos mal que tengo mis medias o estaría tocando mis pies desnudos.

Ignora mis palabras y me pone las botas sin darme oportunidad de insistir obligándome a sufrir por mis mejillas que arden.

Ata los cordones y levanta la mirada satisfecho.

Se nota que está acostumbrado a hacerlo por su hermana.

Se levanta y peina mi pelo y ya no sé ni cómo reaccionar.

¿No conoce lo que es el espacio personal?

Es evidente que no me molesta pero mi corazón no está acostumbrado a esta cantidad de contacto físico.

De repente me ofrece su mano y mi mente retorna a lo que está por suceder. Cambio la mirada mientras despiertan los hormigueos en el estómago.

Conoceré a mi verdadero padre.