Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Lejos del conflicto se perciben solo mis sollozos.

Mi salud ha mejorado de forma significativa.

El bosque separa las ramas de los árboles para brindarnos luz.

No se me ocurre preguntar sobre la magia elemental ni sobre las brujas porque estoy absorta en la despedida abrupta con mi familia.

Una que busqué cegada por Rhoan sin saber que no estaba preparada.

Poco a poco me calmo por el cansancio y porque es indescriptible lo cómoda que me siento. No quiero que me suelte.

—No creí que te volvería a ver —pronuncio para romper el silencio—. ¿Qué hacías allí?

—Soy cazador de brujas, llevábamos días siguiéndolas —explica en un tono gentil. Lo que dice me hace levantar la mirada curiosa—. Si no hubiéramos estado allí habríais muerto. Las brujas de esta área no son comunes.

¿Qué consideraría él una bruja común ? Esas mujeres eran monstruos abominables sin corazón.

—Pero, ¿cómo supiste que era una de vosotros? —musito.

Guarda silencio.

—Hablaremos después con más calma, ¿te parece? Mañana… te lo explicaré todo.

Inhalo en silencio hasta que asiento ante su modo cariñoso de hablar. Me cuesta creer que de verdad perdí la apuesta de un modo legítimo. Reencontrarnos así se siente como una broma del destino.

De repente se detiene.

—Hemos llegado a los límites, ¿estás lista?

Mi piel se eriza un tanto nerviosa. Aun así asiento y vuelvo a abrir los ojos.

Si en verdad soy una hija de Emdor, esta será la confirmación.

Da un paso en el que descubro unas líneas de luz blanca que surgen del suelo.

Son los límites, siempre fueron visibles.

En el momento en que las cruza, las lágrimas se me acumulan, mis ojos se expanden y por fin estoy segura de que no voy a morir.

—Puedo respirar perfecto, ¡es un milagro! —anuncio desbordada por la libertad y pego una mano a mi pecho—. Nunca había respirado tan profundo.

Se acerca a mí de repente y me ruborizo hasta que veo que lleva algo en la mano. Lo deja con cuidado sobre mí y su brazo retorna a donde estaba.

—¿Un anillo? —Lo cojo. Es de una madera tallada con cuidado, con un árbol que extiende sus raíces y ramas enlazándose. Concluyo que es el Gran Roble.

—Póntelo, te sentirás aún mejor —Me lo ofrece sin parar su andar—. Ese anillo me ayuda a respirar fuera del bosque además de tener muchas otras funciones mágicas, pero ahora que estamos dentro de los límites no lo necesito y te conectará con él. Después te darán uno propio.

Mis ojos se enfocan en el objeto llena de curiosidad. ¿Me da algo tan importante así de fácil?

—Debe ir en el dedo corazón de tu mano derecha —indica.

Asiento pero su mirada intensa me hace dudar.

—¿Estás seguro de que está bien?

—Solo hazlo. —La sugerencia se transforma en una orden.

Resoplo, bajo la mirada otra vez y continúo.

El anillo entra en mi dedo y al hacer contacto con mi piel se ajusta a mi medida como por arte de magia.

Muestra unas runas blancas luminiscentes distintas a las de mi pecho aunque del mismo estilo.

Son dos a cada lado del roble que se muestra en medio también brillando.

Empiezan a extenderse y recorren mi brazo.

En ese momento me asusto pero a medida que suben siento un cosquilleo semejante a una caricia.

Llegan a mi corazón y se disipa el dolor y el hervor en mis venas.

Sonrío al instante a medida que se desvanecen quedando solo las del anillo y las de mi pecho.

—Tenías razón, el dolor ahora es mucho más soportable.

Mis ojos se cierran aliviada y al abrirlos me encuentro con las comisuras de sus labios levantadas en una sonrisa que me desvía de la realidad y me hace pensar que estoy soñando. Es la primera vez que lo hace. Me hace sonrojar durante el extraño silencio que nos envuelve por poco tiempo.

—Me alegra que funcione.

Permanezco quieta unos segundos más hasta que consigo reaccionar.

—Creo que ahora puedo caminar.

—Todavía te duele y estás descalza —se niega rotundo—. ¿Cómo piensas caminar sobre la nieve? Aún si la derrito por ti podrías hacerte daño en los pies.

Bueno, eso es cierto , pienso con una mueca.

—¿No estás cansado?

—En absoluto.

—¿No mientes?

Escucho que resopla de buen humor.

—Si me canso por cargar a una mujer tan delgada fracasé como Protector —asegura.

Mi rostro se calienta y le cedo la victoria. En la calma del bosque acaricio las runas en mi piel, también son cuatro pero se ven distintas a las del anillo. La luz proviene de debajo de mi piel y no se desvanece si le paso el dedo.

—Anuncian tu despertar, en nuestro pueblo les llamamos escritos del destino —menciona al ver mi curiosidad—. El primero anuncia tu elemento.

Me quedo helada.

—¿Yo también tengo uno?

Asiente desbocando mi ritmo cardíaco.

—Lo sabrás después. Primero recupérate. Hay muchas cosas que debo decirte pero lo haré cuando te mejores —percibo emoción en su voz.

Me muerdo el labio por dentro al entender que no me lo dirá ahora por mucho que insista. Con el sonido de la brisa que mueve las hojas de los árboles empiezo a cabecear. Lucho por mantenerme despierta y aun así mi cuerpo me ruega descanso.

—Duerme, Lobelia —sugiere—. Mañana será como si el dolor nunca hubiese existido.

Lo pienso callada y el miedo me hace dudar.

—¿Estarás cuando despierte? —pregunto insegura—. Por favor quédate conmigo un poco más. Solo te conozco a ti, de tus amigos no recuerdo ni los nombres.

Me aferro a su ropa usando eso de excusa.

—Apenas abras los ojos me encontrarás —dice en un tono cariñoso que me motiva a confiar.

Tras una larga pausa murmura unas últimas palabras—.

Sé que no ha sido el mejor día de tu vida y preferirás olvidarlo, pero igual me gustaría decirte…

gracias por haber nacido y por haber sobrevivido hasta el día de hoy, Lobelia.

Su tono de voz me enternece. El hormigueo agradable recubre mi corazón y me hace sonreír con sinceridad.

—Gracias, Rhoan.

Soy yo quien debería celebrar este día por su ayuda a tener una segunda oportunidad de vivir.

Siento una cómoda necesidad de alzar la mirada y observarlo sin hablar.

Me pregunto qué pasa por su mente con su mirada serena perdida en el camino.

Unos segundos después cierro mis ojos y me concentro en su aroma y el balanceo de su andar.

Creo percibir que apoya su cabeza sobre la mía y eso me llena.

Me siento a salvo. Después de esta tortuosa noche estoy lista para dormir.