Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Mi padre se sienta a su lado con los ojos enrojecidos intentando consolar a mi madre. Rodric está destrozado. No hay nadie más, se ve que han despachado a los sirvientes para hablar en privado. Intento tragar pero la garganta también la tengo seca y no me queda ni un atisbo de fuerza.

—¿No hay nada que podamos hacer? —pregunta mi padre.

El señor Nicolas niega desolado.

—Asegurarnos de que esté cómoda, su excelencia.

Mi madre suelta un alarido y mi padre se encoge secándose las lágrimas.

Cómoda no estaré, me duelen hasta las puntas de los dedos de mis pies y cada vena late despiadada como si en vez de sangre estuviesen llenas de fuego líquido.

Me consuela que se acabará pronto. Moriré pero ellos seguirán con sus vidas y confío en que Rodric se casará y tendrá hijos.

Mis padres envejecerán rodeados de nietos y yo me convertiré en un recuerdo.

Es ley de vida, ese siempre fue mi destino.

—El bosque —murmura Rodric para sí y todos lo miran. Su expresión se transforma y sus ojos se abren de par en par—. ¡Ella dijo que cerca del bosque respiraba mejor! ¡Dijo que la llamaba!, ¡¿cierto?!

Mis labios se entreabren sorprendida por cómo ha recordado eso. Lo miro y pestañeo con fuerza para darle la razón. Al ver mi tenue reacción se miran a las caras.

—Debemos llevarla a los límites —dice mi padre tal cual epifanía.

—Es la única opción que queda —afirma mi madre limpiándose las lágrimas para ganar determinación.

No hay tiempo para pensarlo, se levantan y me envuelven en el primer edredón.

—Su excelencia, ¿está seguro de esto? —pregunta el señor Nicolas.

Mi padre asiente y camina a las puertas.

—Tan seguro como que mi hija volverá a ver la luz del sol. —Las abre de un golpazo—. ¡TRAED LAS ANTORCHAS AHORA!

Se escuchan personas correr.

—Yo la llevaré —dice Rodric cogiéndome en brazos.

Bajan las escaleras en un santiamén y los sirvientes alzan la voz para que traigan a los corceles.

Todo sucede demasiado rápido mientras mi cuerpo no tiene la capacidad de mover un dedo.

En menos de un minuto aparecen los cuidadores con los animales y las personas con las antorchas apagadas.

Las guardan en los bolsos sobre los caballos.

Rodric se sienta en su corcel y mi padre le ayuda a sentarme de lado frente a él.

Partimos con mis padres listos para atravesar el pueblo y llegar al río.

Soy como un peso muerto, mi cabeza se recuesta en Rodric.

—¡Abrid paso!

Los guardias en el pueblo se dan cuenta de que vienen los duques a lo lejos y paran a las personas para que no obstaculicen.

A punto de llegar al río mis ojos se dirigen al trigal cubierto de nieve.

Cuando se derrita, el viejo Alfred volverá a plantar el trigo con su familia y se verá una vez más igual a un paraíso.

Me pregunto si algún día volveré a pararme allí para admirar el bosque.

Cruzamos el puente de piedra, mis padres y Rodric bajan al suelo dejándome sentada con mi cuerpo recostado en el cuello de Duster, el corcel de mi hermano. A partir de ahora es imposible cabalgar. Mi padre se para al otro lado del animal por si me caigo.

—Regresa, Atos —le dice a su caballo junto a una palmada firme en la parte trasera. La yegua de mi madre lo sigue quedándonos solo con Duster. Encienden las antorchas y, cuando dan un paso al bosque, las copas de los árboles se separan solas. Mi familia se paraliza.

—¿Qué ha sido eso? —susurra Rodric.

Mis padres guardan silencio. Dan unos pasos más para probar y, a medida que avanzan, las ramas nos abren camino y permiten que la luz de la luna llena ilumine el sendero oculto. La niebla se disipa y la confusión nos aborda.

—No es casualidad —advierte mi padre.

Se mantienen a la espera y dudan en seguir, hasta que Duster suelta un bufido y fuerza a mi hermano a avanzar.

—Oye, ¿qué haces? —lo llama Rodric. El caballo sigue el sendero con testarudez llevándome con él y casi en sincronía un fuerte viento empuja a mi familia desde atrás, como si quisiera arrastrarlos dentro con impaciencia.

Cuando vuelven a aparecer a mi lado alcanzo a ver el rostro pasmado de mi hermano.

Un silencio tenso se apodera de nosotros.

—Parece que Duster sabe a dónde vamos —murmura mi padre.

—Pero nunca lo he traído al bosque —susurra Rodric incrédulo.

—¿Crees que sea él ? —la voz de mi madre es trémula. Como creyentes de la luz sabemos con certeza a quién le pertenece este territorio. Sus palabras producen miles de conclusiones diferentes. ¿Por qué Emdor nos ayudaría?

Con la pregunta sin respuesta mi padre resuella.

—Sea o no, no hay tiempo que perder.

Se escuchan sus suspiros y se dejan guiar por Duster.

Con cada paso las ramas se mueven y se nos hace fácil ver los alrededores.

Luciérnagas comienzan a hacer presencia, son tantas que parece adrede.

Su luz no es suficiente para iluminar pero sí para darnos una dirección ya que se mueven hacia un solo lugar.

—Quizás debimos hacer esto hace mucho —piensa mi padre en voz alta con desánimo.

—No podemos lamentarnos ahora, lo importante es que mi hermana siga con nosotros después de esta noche —pronuncia Rodric con firmeza.