Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—¡Mi niña, un año más! —exclama mi madre con un júbilo infinito.

—De vejez —agrego con una mueca bromista.

—¡Ja, ja, ja! Di eso cuando tengas mi edad —contesta sonriente. Sin duda ella disfruta más mis cumpleaños que yo.

Nos mantenemos enfrente de la gran mesa del comedor. Nunca me gustaron las fiestas grandes así que para mí es perfecto. Solo necesito celebrar con mis seres queridos el hecho de que estoy viva un año más.

—Su alteza, le deseo mucha felicidad.

También está el médico de nuestra familia, el señor Nicolas.

—Gracias —respondo—. Le deseo lo mismo, señor Nicolas. Es parte de la familia.

—Su alteza… —Se conmueve y le regalo una dulce sonrisa.

Los sirvientes cortan y reparten el pastel.

—Hermana, feliz cumpleaños —Rodric se ha quedado para el final. Desde que hablamos ayer se nota más tranquilo. Lo miro con cariño y me acerco para darle un abrazo fuerte y repleto de amor en el que quisiera absorber toda su tristeza y quedármela aunque fuese un instante.

—Gracias, hermano.

No pienso preocuparles hoy que es un día para celebrar que sigo viva. Cada año ellos adoran y ansían esperanzados que llegue incluso más que yo. Cojo una bocanada de aire y lo suelto con otra cara.

—Genial. —Cojo mi plato complacida—. Ahora comamos pastel.

—Está delicioso —opina el señor Nicolas con sorpresa al probarlo.

—¿Es así? Jessica, Lily, vosotras también comed. Hoy sois mis invitadas.

—¡Gracias, su alteza! —Se plasman sonrisas brillantes en sus rostros.

Me alegra verlas así desde que han estado desanimadas, como yo con la muerte de Lucian y por…

otras razones. No pienses en él , me fuerzo.

A partir de hoy debo volver a ser la brillante Lobelia de siempre.

Mi alegría será tan exorbitante que contagiaré a todos a mi paso y el castillo regresará a como era año y medio atrás.

Él no debe ocupar espacio en mi corazón , pienso por un instante perdiéndome en el vacío.

Segundos después parpadeo, aclaro mi garganta y me concentro en el ahora.

Cojo un pequeño trozo listo para llevarlo a mi boca cuando de manera súbita siento que algo abrumador estalla en mi interior que provoca un pitido ensordecedor en mis oídos.

Dejo caer el pastel al suelo por el impactante dolor y toco mi nariz al sentir algo húmedo.

Hay sangre en mis dedos. Hago contacto visual con Rodric que me mira con el rostro pálido y las sonrisas se desvanecen.

Llevaba once años sin sentir la sensación de estar al borde de la muerte.

Caigo de rodillas al suelo y mi padre amortigua mi caída.

—Su alteza, respire poco a poco. —El señor Nicolas me atiende de inmediato. Presiona mi nariz e inclina mi cabeza hacia abajo.

Es algo interno y distinto a las asfixias comunes, lo presiento en mis entrañas.

—Duele —lloro entre respiraciones ahogadas. Golpeo mi pecho intentando que el ardor en mi corazón desaparezca. La sangre fluye por mis venas incendiando cada rincón.

—¡Respira, hija! —se exalta mi padre.

Desorbito los ojos. Grito a todo pulmón a pesar de faltarme el aire mientras siento que me desgarro, que me clavan un rastrillo y lo deslizan desde mi cabeza hasta los pies.

Me inclino al suelo agarrando mi cuello y vomito una absurda cantidad de sangre que mancha de carmesí mi vestido y el suelo de madera del comedor.

Siento que me quedo dormida, que las voces se desvanecen y el dolor se hace cada vez más lejano.

—¡Lobelia, no cierres los ojos! —pide Rodric en pánico.

La muerte, mi vieja amiga, ha venido a recordarme que soy solo un diminuto grano de arena en este vasto mundo mutable. Un grano fisurado e incompleto. Mientras mi familia está al borde del colapso pierdo la lucha y mi conciencia se desvanece.

Despierto aturdida, los párpados me pesan tanto que no consigo abrirlos. El dolor palpita en cada rincón de mi cuerpo y los llantos a mi alrededor ocupan el aire.

—Su estado no mejora —oigo que informa el señor Nicolas en un tono desalentador. Por su voz infiero que ha llorado—. Su excelencia…, hay que llamar a un sacerdote.

Le sigue un silencio fúnebre. Mis ojos se nublan al caer en la realidad de que esta vez sí voy a morir y no solo eso, sino que lo haré sufriendo.

—¡No, todavía no! —grita mi madre.

Necesito decirles que los quiero. Por fin consigo abrir mis ojos y reconozco el techo sobre mi cama. Era de día cuando me desmayé pero ahora solo hay oscuridad y la luz vibrante de las velas. Veo a mis padres de pie a mi lado y a Rodric detrás de ellos con el rostro demacrado.

—Despertó —se da cuenta el señor Nicolas.

Mis padres se dan media vuelta y mi madre es la primera en desplomarse al borde de la cama.

—Mi niña —coge mi mano—, llevas varias horas inconsciente, ¿cómo te sientes?

Intento decir algo pero la debilidad me impide abrir la boca unos centímetros más. Mi cuerpo está febril y me estremezco de frío a pesar de estar cubierta con gruesos edredones. Tiemblo y eso hace que mi madre se ahogue en lágrimas. Comprende que estoy agonizando. Ni siquiera podré despedirme.

—No me dejes, hija mía, por favor —me suplica—. Todavía te queda mucha vida por vivir.