Capítulo 6
Un año después.
Rhoan desapareció. No volví a verlo, como si su existencia hubiese sido producto de mi imaginación en un intento de darle emoción a mi vida.
Su recuerdo me ha hundido en la amargura, con sus ojos grises que no consigo olvidar.
El tiempo ha transcurrido y se ha mantenido igual a una estaca de hierro que oxida mi corazón y evoca una culpa voraz por mi compromiso, por mi futura promesa de fidelidad a Lucian.
Me he preguntado mil y una veces qué hace ese hombre, si está bien y si piensa en mí, mientras he escrito con descaro cartas de esperanza a mi futuro prometido, en un intento de opacar mis sentimientos incomprensibles por un hombre que conocí y se esfumó.
No sé qué me ha hecho, no me comprendo, esto no tiene sentido. Estoy loca.
Hoy es un día para al fin olvidarlo por un rato porque mi padre, Rodric y Lucian están por llegar.
Llevamos meses que recibimos las cartas atrasadas al ser el ducado más lejos de la batalla.
Esta vez no ha sido la excepción, sin embargo nos ha sorprendido en el mejor sentido del mundo.
Solo hemos tenido que esperar cinco días desde que nos enteramos y me siento bendecida de haber conseguido vivir hasta hoy.
En los muros de entrada al pueblo los hombres avanzan, lucen abatidos y algunos parecen estar al borde del colapso.
Les ofrecemos ropa nueva, agua fresca y comida recién cocinada por los restaurantes, posadas y tabernas.
Muchos están cubiertos de heridas y con aspectos de que se han encontrado cara a cara con la muerte.
Algunos han perdido extremidades y otros tienen el rostro desfigurado.
Entre ellos vienen carretas con los ataúdes de los fallecidos. Irán directos al cementerio.
Presencio las duras consecuencias de la guerra y da la impresión de que el cielo se ha tornado gris a pesar de que es un precioso día soleado. No obstante, mis ojos brillan de alborozo al poco tiempo.
—¡Son ellos! —chillo a mi madre mientras aprieto su brazo. Ella carga una sonrisa igual de deslumbrante que la mía.
Mi padre y mi hermano vienen montados en sus caballos junto a sir Andreas.
Cabalgan sin energía y con una expresión derrumbada a pesar de ser los vencedores, en especial Rodric al experimentar su primera guerra.
Voy a tener que distraerlo llenando su estómago de cerveza y galletas.
Obligaron a los sivgardianos a regresar a sus tierras e incluso se recuperaron los territorios perdidos del ducado Dálir.
Lo bueno es que no veo ninguna herida más allá de cortes, rasguños superficiales y muchas cicatrices.
Suspiro aliviada dando las gracias al Gran Roble con una sonrisa de oreja a oreja. Mi familia ha vuelto a casa a salvo y eso es lo que importa.
—Vamos a saludarlos, parecen agotados —indica mi madre. Asiento y caminamos juntas.
—Ahora solo falta Lucian —digo emocionada y ella suelta una risita.
Y después a planear la boda , pienso, ignorando la punzada en mi corazón por ese otro hombre.
En el momento en que selle mi matrimonio lo olvidaré de una vez por todas, tengo fe de que así será porque estos sentimientos no tienen ni pies ni cabeza.
¿Quién piensa después de un año en alguien que conoció por casualidad?
Me casaré y seré feliz con Lucian. Seis meses atrás cumplí veinte años y aún es una buena edad para casarme.
Mientras nos acercamos lo busco pero no aparece ni un atisbo de su silueta. Es posible que llegue más atrás ya que los hombres se desplazan al pueblo con lentitud y a lo lejos puedo ver al otro general, sir Blick. Estoy dispuesta a esperar todo el día si es necesario.
Entre las personas que se acercan a mi padre y a Rodric ubico a alguien.
—Ah, es el señor Owen.
El padre de Lucian y mi futuro suegro. Es igual a él pero con el cabello canoso y la espalda encorvada.
Sus años como caballero fueron en los que el ducado Benmore participó en más batallas y su cuerpo ha recibido las consecuencias.
Es un hombre de mente cuadrada igual que su hijo, también igual de gentil.
Lo he visitado cada mes ya que pronto seremos familia y su sonrisa siempre me hace recordar a Lucian.
Me distraigo cuando mi padre y Rodric bajan de sus corceles.
A punto de acercarme aprisa, en vez de dirigirse a nosotros caminan hacia el señor Owen con un andar apesadumbrado.
Rodric se ve peor que nunca con cada paso que da.
¿Qué hacen? , pienso confundida. Cuando mi padre apoya su mano sobre el hombro del señor, tanto mi madre como yo nos detenemos en seco.
—No puede ser —se le escapa.
Y mi sonrisa deja de existir.
—¡NO!, ¡MI HIJO NO! —El señor Owen cubre su boca con ambas manos aguantando sin éxito un aullido trágico que lo desploma.
El estómago se me revuelve observando cómo sus conocidos lo ayudan y se lo llevan lejos de la vista de quienes le dan la bienvenida a sus hijos con sonrisas colmadas de felicidad.
—Madre, dime que no es verdad —le pido con una voz sin vida. ¿Dónde está mi prometido?
—Hija… —Me da un dulce abrazo pero su suspiro se escucha amargo. El destino ha decidido castigarme por haber deseado a otro hombre mientras él arriesgaba su vida en el campo de batalla.
Con la mirada perdida se me escapa una lágrima. Pierdo toda voluntad de expresión y me hundo en el vacío desolador deseando que alguien me diga que es una broma y que Lucian solo llegará más tarde.
Cuando resuelven la situación con su padre, Rodric hace contacto visual conmigo con la peor mirada que le he visto. Se aproxima junto a mi padre igual que en una marcha fúnebre y solo entonces mi rostro se deforma. Termino lanzándome a sus brazos en desconsuelo.
—¡Rodric! —sollozo.
Me envuelve con fuerza dándome un beso en la coronilla. Puedo escuchar que llora conmigo. Cuando se siente listo me suelta, retrocede y lo reemplaza mi padre.
—Lo siento tanto, pequeña —susurra con pesar.
Lloro en sus brazos en una mezcla de dicha porque han vuelto y sufrimiento porque no todos lo han conseguido. He perdido a Lucian y el dolor es abrumador.
Tras unos minutos de desahogo Rodric me entrega algo con delicadeza.
Es el pañuelo que yo misma le di a Lucian en sus manos, cerré bien sus dedos para que no lo perdiera…
Lo observo en detalle y noto que tiene una gran mancha rosada poco perceptible.
Sangre. Deduzco que intentaron limpiarlo con esmero y habrá sido tan espesa que el rastro no desapareció por completo.
Aprieto el pañuelo contra mi pecho, presiono los labios y mis lágrimas son eternas.
—Decidme qué sucedió —les suplico.
Les cuesta hablar.
—Fue hace cuatro meses —explica mi padre con una voz dolida—. Al parecer la carta se perdió.
—¿Cuatro meses? —me estremezco.
La última vez que recibí una carta de Lucian fue dos meses atrás.
Me decía que soñaba con volver a verme, que extrañaba mi sonrisa y que cuando nos volviéramos a ver lo encontraría fácil entre los soldados porque llevaría un ramo de lobelias para mí.
Decía que cuando nos casáramos seguiríamos con nuestras visitas al trigal.
¿Eso significa que cuando la leí él ya estaba muerto?
Me cojo el pecho y siento que el aire empieza a faltarme. ¡Maldita asfixia!
—Respira, hija —intenta calmarme mi madre mortificada—. Rodric, llama a Nicolas.
—Estoy bien —expreso con frustración. Intento respirar y consigo volver a la normalidad. Al abrir mis ojos de nuevo me encuentro con la expresión de Rodric partida en miles de pedazos.
—Perdóname, Lobelia. Es mi culpa —confiesa.
Con sus palabras lo observo pasmada.
—¿Q-Qué quieres decir?
—Un hombre muerto me cayó encima en plena batalla —explica despiezado—.
Lucian estaba a mi lado e intentó quitármelo pero la armadura del hombre se había enganchado con la mía.
Fuimos acorralados por un grupo pequeño mientras que yo continuaba atrapado.
Lucian logró deshacerse de ellos y siguió intentando sacarme de allí pero, cuando me liberé y pude quitarme al muerto de encima, se escuchó…
un sonido terrorífico que no olvidaré… —Sus labios trémulos se sellan y su mirada se nubla en el recuerdo.
—Una lluvia de flechas —culmina mi padre tocando su hombro para apoyarlo en su sufrimiento.
—Dios mío —suelta mi madre con la boca cubierta por sus manos y las lágrimas comenzando a salir.
—Solo tuvimos un segundo para hacer contacto visual, Lucian se aseguró de cubrirme con su cuerpo y el del muerto. Ni siquiera dudó, las flechas… —expresa mi hermano tan afligido que no consigue terminar la oración.
Mi padre le da palmadas en el hombro para consolarlo. Al verlo tan agotado deduzco que ha estado en este estado desde entonces. Mi madre lo acoge en sus brazos.
Tengo emociones distintas que luchan entre sí en mi corazón, a medida que veo a mi hermano destrozado.
Primero, Lucian ya no existe en este mundo.
No volveré a verlo jamás. No habrá boda ni una vida feliz a su lado.
Segundo, una de esas flechas podría haber atravesado a Rodric.
¿Por qué la vida me tenía que arrebatar a Lucian?
¿No podían regresar todos y hacerme pagar por mis deseos infieles de otro modo?
¿No podía volver a como era antes?, ¿a cuando salíamos los tres al pueblo y el resto del mundo nos daba igual?
Lucian sabía cuánto amaba a mi hermano y me pregunto si fue su amor por mí lo que lo llevó a sacrificarse.
Rodric me mira como si me hubiera causado un gran mal y mi expresión se suaviza. Doy un paso, mi madre retrocede y él me permite coger su rostro en mis manos con amor entre el dolor.
—Rodric, escúchame —le pido—. Mírame a los ojos.
—Lo siento —musita a pesar de que hace caso.
—Rodric Benmore, tú eres mi sol. ¿Quién puede vivir sin su sol? —susurro con mi voz partida en mil pedazos acariciando su mejilla con mi pulgar.
—¡Pero es mi culpa! —exclama con el corazón partido.
Niego con la cabeza.
—Le pedí que te protegiera y cumplió su promesa —le respondo con seguridad entre lágrimas—. Así que más te vale vivir bien con la oportunidad que te ha dado. Hazlo por mí, hermano.
Enmudece unos segundos sin dejar de mirarme a los ojos. Primero abre su boca temblorosa hasta que sus cejas se levantan con tristeza y rompe a llorar a todo pulmón. Me meto en sus brazos inundada en la penumbra y nos quebramos juntos con el alma rota.
Lucian se fue con una brillante sonrisa que jamás olvidaré, para regresar en un ataúd de madera listo para ser enterrado al día siguiente a tres metros bajo tierra. Ni siquiera pudimos verlo una última vez, han pasado cuatro meses y su cuerpo no está en condiciones.
Con el rostro húmedo me detengo en el borde del hueco cavado.
Dudo un instante antes de inclinarme y dejar dentro un ramo de lobelias en memoria de las que me prometió con palabras risueñas.
Doy un paso atrás y observo a los sepultureros echar la tierra con él en el fondo y su madre enterrada al lado.
Los gritos de dolor de su padre envuelven el gélido ambiente.
—¡MI HIJO…!
Lucian era lo único que le quedaba al pobre señor Owen.
El título otorgado por mi padre como barón de Blair y una gran riqueza como recompensa por haber salvado la vida de mi hermano le serán suficientes para vivir con tranquilidad e incluso empezar de cero si quiere, y aun así la pérdida continuará implacable porque su hijo no regresará.
Una nueva grieta se extiende en mi corazón con cada lamento que suelta a medida que intento mantener la compostura y actuar como la noble joven que Lucian siempre admiró. Lo intento, en verdad trato de seguir calmada con todas mis fuerzas hasta que caigo de rodillas al suelo.
—¡Lo siento! —sollozo.
Lo siento por no amarlo de la forma que anhelaba, porque si hubiera sido el caso tal vez Lucian se hubiera animado a confesarse antes y habríamos vivido al menos unos pocos años felices.
También lo siento porque fueron nueve años, lo extraño y desearía que estuviera aquí conmigo pero doy las gracias por lo que hizo, por su sacrificio.
Mi madre se arrodilla conmigo y me abraza ofreciéndome consuelo, acariciándome el pelo mientras que mi padre permanece junto a Rodric como su soporte.
Cierro mis ojos y rezo a Emdor, al verdadero Dios por el que mi familia ha creído durante generaciones.
No a este que el sacerdote pronuncia con palabras vacías y sin significado.
Gran Roble, cuida de su alma y guíalo en los senderos sagrados.
Te has llevado a un ser maravilloso pero su descanso es más que merecido.
Por favor, que sea feliz en su próxima vida.
Dicho eso saco de mis entrañas el dolor hasta que mis ojos arden y mi corazón se disuelve en cenizas.
Por un instante alzo la mirada para ver al señor Owen pero algo llama mi atención en el fondo, entre los árboles que rodean el cementerio.
Una silueta que reconozco y que mueve cada centímetro de mi ser.
Mis ojos se abren de par en par. ¡Rhoan!
, ¡RHOAN! Cuando voy a levantarme con una desesperación que me ciega, algunas personas se mueven y me interrumpen la vista solo por un instante.
Para el momento en que la recupero, no hay nadie.
Mi expresión se apaga, ha sido mi imaginación.
¿A dónde planeaba correr en el entierro del hombre con quien prometí casarme?