Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Es insoportable bajar a despedirme. Camino a rastras junto a mi madre quien aparenta serenidad ya que no es la primera vez que pasa por esto.

Vemos a la mayoría de los caballeros decir adiós a sus familiares y encuentro a Lucian con su padre, el señor Owen.

Hacemos contacto visual sin acercarnos aunque sin querer se nos escapan sonrisas tenues.

Me sentí culpable por lo que ocurrió con Rhoan pero lo bueno es que ese hombre no regresó.

Me olvidará y eso es algo positivo. Ahora tengo una promesa con Lucian, hay algo que esperar, un futuro por compartir. Pero antes de eso toca sufrir.

Me detengo frente a mi padre y Rodric con los ojos llorosos y cansados tras no haber dormido nada. Quiero que me recuerden con una sonrisa pero mi padre se acerca y cuando me acurruca en sus enormes brazos flaqueo y me quiebro.

—Por favor, volved a salvo —suplico entre sollozos perdiendo cualquier intento de una despedida alegre.

—Hija, tu hermano y yo estaremos bien, solo serán unos meses —me consuela acariciando mi cabello con gentileza.

—Pero estás envejeciendo y esa armadura es muy pesada para tus rodillas —lloriqueo.

—Cariño, ¿qué le dices a tu padre? —pregunta mi madre, riéndose con Rodric.

—Cómo se nota que no has visto a tu fuerte padre en los entrenamientos desde hace tiempo, ¿eh? —refunfuña él estrujándome tan fuerte que me hace sonreír—. Lobelia, ¿qué decimos cuando creemos que el problema es mayor que nosotros?

Sorbo mi nariz.

—Los Benmore no ceden ante la adversidad —evoco el lema que se me ha enseñado desde que tengo memoria.

—Así es, no olvides que los Benmore hemos sido bendecidos por sus hijos —susurra al final—. Es una bendición que ha fortalecido nuestra casa en cada generación y nos ha brindado una suerte sin igual.

De inmediato comprendo que se refiere al Gran Roble, a los hijos de Emdor. Si alguien con malas intenciones nos escuchase nos llamarían herejes. Asiento en silencio sin parar de llorar.

—Ahora déjame despedirme de mi amada. —Me suelta para acercarse a mi madre causando en mí una sonrisa. Su amor es admirable. Ella le da un beso y le dice unas palabras. Para no interrumpirlos me giro hacia Rodric.

—Mantente a salvo, lobo apestosito —me pide secando mis lágrimas.

—Juro que si mueres lanzaré un golpe al aire que te llegará al más allá, así que no se te ocurra hacer que esta sea la última vez que nos veamos, Rodric Benmore.

Entre risas tristes me estrecha en sus brazos. Cierro los ojos y siento la textura y el olor de su ropa en un intento de que se quede en mi memoria.

—Recuerda que eres mi sol —le lloro en un tono más sutil—. No puedo vivir sin ti.

Tras mis palabras me aprieta con más fuerza y me besa en la coronilla.

—Lobelia, el sol brilla muy poco comparado a lo mucho que brillas por ti misma.

Mi ceño se arruga por completo. Rodric y mis padres ven en mí algo que yo no. Siento que sin mi familia no podría seguir, pero a veces me da la impresión de que son ellos quienes tienen miedo de que los deje atrás.

Poco después de desahogar mi pesar, limpio mis lágrimas y doy un vistazo hacia Lucian.

Su padre ya se ha despedido. Camino hacia él con lentitud, tratando de reunir valor en cada paso.

Con certeza ya no quiere esconder sus sentimientos porque su expresión es una que no le había visto jamás: de añoranza, esperanza.

Si esto es lo que inspira su amor por mí recibiré esta unión con los brazos abiertos.

—Lucian.

—Su alteza —responde con respeto.

Una sonrisa se cierne en mis labios.

—¿Cuando nos casemos continuarás llamándome así? —pregunto en voz baja.

Su piel enrojece similar a un tomate. Ilusionarlo por esto se convertirá en mi pasatiempo favorito.

—N-No —contesta tímido provocando que mi sonrisa se expanda.

Nos envuelve un dulce silencio en el que aprovecho para sacar del bolsillo oculto de mi vestido un pañuelo al que le bordé una flor de lobelia.

Lo bonito de mi nombre es que tiene doble significado, mi madre dice que cuento con las fortalezas de un lobo y la gracia de una flor.

En los últimos días dediqué algo de mi tiempo a bordarlo para desear su regreso a salvo como suelen hacer las parejas.

Cojo su mano y siento que da un sobresalto.

Doblo sus dedos para que así apriete el pañuelo.

—Cuídate y cuida a mi familia. —Dirijo mi mirada a sus ojos. Presiona sus labios y asiente—. Mi padre es experto pero sabes que Rodric odia la guerra así que debes prometerme que lo protegerás.

Ante esto último, sonríe con cariño.

—Lo prometo —pronuncia con una baja voz de despedida.

—Y tú también —le recalco—. Si mi futuro prometido no regresa tendré que ser una solterona por el resto de mi vida.

Se ríe.

—Por favor no piense así, su alteza —contesta—. Sería lamentable que una flor tan preciosa se marchitase sin haber conocido la primavera.

Me ruborizo un poco y me pillan por sorpresa sus palabras románticas.

—No quiero tener que pensar en eso así que asegúrate de regresar conmigo —le respondo con suavidad.

Asiente otra vez con un evidente buen humor.

Miramos a los alrededores y entendemos que es el momento.

No quiero soltar su mano, no quiero que se vaya.

Es injusto que la vida haga estas cosas, separar a personas que se quieren.

Es desolador pero hay que encontrar la belleza en estos momentos, pues en ellos las personas abandonan sus máscaras y expresan lo que sienten por el otro al no saber cuándo será la próxima vez que se encuentren.

Quizás todavía no ame a Lucian como pareja pero si hay algo que es seguro es que lo quiero como uno de los hombres más importantes en mi vida. Tras su partida mis días serán más tristes, odio decirle adiós a mi compañero de aventuras.

Al ver a mi madre me sonríe. Cuando me contaron sobre las intenciones de Lucian parecían querer hacer una celebración.

Fingí sorpresa, acepté sus palabras y aproveché para pedirles que se hicieran responsables como si el compromiso ya estuviese si fallecía antes.

No les gustó en absoluto, sin embargo aceptaron con amargura porque saben que es una posibilidad.

Por el momento solo está la promesa así que la propuesta oficial de Lucian vendrá después de la guerra. Me giro de nuevo.

—Su alteza… —traga—, Lobelia.

Mis ojos se abren.

—¿Sí? —pregunto complacida.

—La última vez que estuvimos en el trigal —menciona—, pensaba en que te veías igual a un hada de la naturaleza.

Por fin se dirige a mí de manera informal. Sonrío conmovida y nos miramos directo a los ojos. Es una mirada cariñosa, familiar y llena de ilusión. Cuando ya es el momento de despedirnos nos inunda la angustia. Cuánto me gustaría abrazar a mi querido amigo con fuerza.

—Que Dios te cuide, Lobelia.

Su mirada se baña en pesar.

—Y a ti, Lucian. —Una lágrima recorre mi mejilla—. Regresa a mi lado, por favor.

Mis propias palabras provocan que mis labios se tuerzan con dolor.

—Lo haré.

Intenta sonreír con sus ojos llorosos para después coger mi mano y acercar su frente a mi dorso sin hacer contacto.

Siento un dulce cosquilleo en el corazón mientras seco mis lágrimas.

Unos segundos después lo dejo ir sin ganas.

Me acerco a mi familia y le doy un último abrazo a mi padre y a Rodric junto con un beso a cada uno en la mejilla.

Veo a Lucian montarse en su caballo, cuando está por iniciar el viaje me busca y me sonríe.

Es una sonrisa bañada en esperanza. Su caballo galopa y al alejarse persigo con la mirada a mi hermano y a mi padre.

Cuando avanzan me entran unas ganas absurdas e insufribles de seguirlos.

Me obligo a aferrarme al brazo de mi madre para no hacerlo.

Tras su ida ella se derrumba en un río de lágrimas al fin, lloramos juntas consolándonos la una a la otra.

Tiene mucha confianza en mi padre, sin embargo las despedidas nunca son fáciles y más ahora que Rodric irá con él.

No sabemos cuántos meses estarán lejos y aun así solo de imaginar los horrores que vivirán es motivo de lamento y angustia.

Nos quedamos de pie admirando sus siluetas hasta que ya no están a la vista.

Cierro mis ojos y rezo por su regreso.