Capítulo 3 #2
Es el secreto que descubrí poco después de mi primera asfixia.
Por mi grave estado, el señor Nicolas tenía la lamentable certeza de que mis pulmones fallarían antes de mis dieciséis.
Mis padres habían preparado sus corazones durante años para eso pero superé las expectativas.
Mi celebración de mayoría de edad y los festivales en todo el ducado duraron una semana entera.
—Si es que sigo viva después de que termine la guerra, de igual modo seré una mujer de poco valor para el matrimonio. —Evito mirarlo.
—Una enfermedad no define el valor de una persona —habla con cariño, hace una pausa y se acomoda para continuar—. Su alteza, juro por mi madre en su descanso eterno que si acepta dedicaré mi vida a hacerla feliz. Por favor, considérelo.
Sé que sí, confío en su palabra a ciegas.
—¿Qué hay de tu felicidad? —le pregunto triste asomándome para hacer contacto visual.
—Mi felicidad consiste en estar a su lado. —Me sonríe con dulzura.
Mi mirada se torna apocada y vuelvo a bajar la cabeza.
—¿Seguro que no prefieres a una mujer sana? —murmuro.
—La prefiero a usted —afirma sin una gota de duda—. Si está dispuesta —pronuncia por último. Tal vez cree que ha sido intenso, y solo con esa duda del final consigue que esboce una tenue sonrisa para él.
Ha sido repentino pero si se va en una semana no puedo darme el lujo de pensarlo.
¿Debería casarme con él? Me puede dar estabilidad, comprensión y un amor casi palpable en el tiempo que me queda.
Por mi parte, como él dijo, el amor podría nacer en la convivencia.
Puede que tenga talento como esposa. Con seguridad mis padres le otorgarán un título de vizconde o barón así que viviremos bien.
Espera un momento. Me percato de algo y mis ojos se abren al instante.
Se pone nervioso al darse cuenta de mi cambio de actitud. Cojo el aire que puedo y me enderezo.
—De acuerdo, lo haré. —Le sonrío—. Me casaré contigo.
Parpadea.
—¿Eh?
—Dije que acepto —le confirmo.
Se pone en pie de un salto con sus ojos abiertos como platos. No parece creer lo que escucha hasta que veo que lo asimila y en su rostro se plasma una sonrisa de oreja a oreja. La más brillante que le he visto en nueve años.
—Su alteza, ¿estoy soñando?
—No —le aseguro con una risita y me pongo de pie para tocar sus antebrazos—, así que ve y habla con mis padres ahora mismo. Les alegrarás el día al pedirles mi mano. Promételes que al regresar de la guerra me pedirás matrimonio de manera formal. Finjamos que no sé nada.
Sus ojos se nublan conmovido. Asiente varias veces, vuelve a sonreírme y une su frente al dorso de mis manos.
—Le prometo que no se arrepentirá de su decisión, su alteza —alcanza a decir con su voz entrecortada.
Asiento.
—Te creo, ¡ahora ve! —insisto alegre señalando la entrada del laberinto.
Con eso dicho tarda unos segundos más hasta que se va caminando de espaldas a la entrada del laberinto. Al llegar a la pared de arbustos me hace una reverencia y se retira. Mi sonrisa se va apagando hasta esfumarse por completo.
Si le aclara sus intenciones a mis padres desde hoy pero fallezco le darán una compensación, se lo pediré a mi madre antes de que suceda mientras están en la guerra.
Si sobrevivo y consigue casarse conmigo su prosperidad está asegurada, ni él ni su padre tendrán que preocuparse nunca más por el dinero.
No tendrá que volver a escuchar comentarios despectivos de los nobles que lo critican por ser mi escolta sin apellido y su vida se solucionará.
Así mi muerte valdrá la pena por todos los años que ha estado a mi lado.
Desearía que mi motivo para aceptar fuese otro pero aunque pasen dos meses o tres años antes de morir, este es el mejor regalo que le puedo dar.
Lo siento, Lucian.
Al llegar a mi puerta me encuentro con una silueta recostada en ella. La conversación con mis padres y la noticia, la futura despedida, todo me vuelve a caer encima. Cuando nota mi presencia se separa y se endereza.
—Lobelia…
Me derrito en su voz reconfortante que me hace acercarme con desesperación.
Me entierro en sus brazos igual que una niña pequeña y mis lágrimas se desparraman una vez más.
Ni siquiera con mis padres, solo con mi hermano me comporto de esta forma infantil.
Solo con él demuestro mi nivel más profundo de vulnerabilidad.
—Al menos hay alguien de la familia a quien no odias —ríe un poco.
—No tiene gracia —respondo llorando. Por fortuna no hay sirvientes alrededor.
Rodric suspira y permanece en silencio dándome palmadas gentiles en la espalda.
Me consuela con tanto éxito que al poco tiempo mis lágrimas disminuyen.
También debo agradecer que la confesión sorpresa de Lucian me ha brindado determinación.
Dudo que Rodric aún lo sepa, al ver la cara con la que ha aparecido.
Cuando me percibe más tranquila retrocede y me mira a los ojos.
—¿Estás bien? —me pregunta. Arrugo mis labios y niego. Su rostro se llena de pena un breve instante para después regalarme un intento de sonrisa—. Bueno, ¿te apetece si vamos al pueblo y comemos unos shortbread? —me tienta.
Demonios , digo para mis adentros al ser tomada por sorpresa. Por más deprimida que esté es una oferta que no sé si puedo rechazar.
—Vale —acepto.
Pasamos por mi típico punto de escape del castillo.
Rodric lo descubrió hace años y para ser sincera hacía mucho tiempo que no lo usaba.
Se siente refrescante. Compramos un paquete para cada uno y nos sentamos en la fuente de la plaza en el centro de Blackriver.
Las personas caminan desde todas las direcciones, los niños ríen, corretean y los negocios prosperan llenos de vida.
No tienen idea de la guerra que se avecina.
—El ducado Dálir lo tiene difícil.
El territorio fronterizo con Sivgard ya ha perdido la mitad según ha dicho mi padre. A pesar de haber estado en shock en gran parte de la conversación escuché con atención.
—No quiero hablar de eso y sé que tú tampoco —digo con sequedad llevándome una galleta a la boca.
Se moja los labios y resuella. Es apuesto, con el cabello rubio dorado corto, una nariz ancha igual a la de mi padre que le otorga rudeza y a las chicas les gusta. Sus ojos azules los mantiene entornados por su sensibilidad al sol y eso le da solemnidad.