Capítulo 3
De regreso al castillo nos llaman al despacho de mi padre.
Su cuerpo fornido y grande está más encorvado que de costumbre.
Sus ojos castaños entrecerrados me miran con una expresión extraña.
Mi madre también está presente. Su rostro apagado y el silencio pesado me dan un mal presentimiento.
Tras saludar y decir unas pocas palabras las noticias caen como si me lanzaran a un río congelado.
—Tenemos que prepararnos para partir la próxima semana —anuncia mi padre—. Sivgard ha declarado la guerra a nuestro reino.
—¿Qué? —Cubro mi boca por el shock y mis ojos se humedecen con un escalofrío que recorre mi espalda.
Sivgard es un reino pequeño ubicado en la costa oeste del continente, conocido por ser sanguinario con sus enemigos. Hace frontera en el suroeste de nuestro reino. Disfrutan de la guerra, se les conoce por genocidas y no dejan prisioneros. Son unos bárbaros.
A medida que mi padre explica cómo la situación se ha convertido en una guerra declarada ya oficial, las palabras me entran por un oído y salen por el otro.
Una guerra significa que él debe ir en persona y es un señor de sesenta y tres años.
A mi madre se le nota la amargura por la situación.
Mi padre mantiene una mirada desanimada y triste hasta que dirige la vista hacia Lucian y, en un tono que casi se podría interpretar de disculpa, continúa:
—A partir de mañana necesito que dejes tu puesto de escolta y vuelvas con los caballeros —indica.
¿Qué? ¡Ellos fueron quienes me lo asignaron!
—Lucian ha estado conmigo durante nueve años, padre —manifiesto—. ¿No puede quedarse?
Sé que es importante para esta guerra. Ser el escolta de la hija de los Benmore es un trabajo de prestigio pero con poca acción y puede hacer que las habilidades se oxiden.
No obstante, Lucian nunca ha descuidado su entrenamiento y ha vencido a todos los caballeros, incluso a los más experimentados como sir Andreas.
Aun así no puedo quedarme de brazos cruzados.
—Lobelia, lo siento pero es uno de los mejores que tenemos —responde con suavidad—. Lo necesito para que apoye a tu hermano.
Palidezco en el instante en que las palabras salen de su boca y doy un paso atrás.
—¿M-Mi hermano?
Resoplan.
—Hija, sabes que tiene que ir —responde mi madre quien por supuesto también odia la idea.
Lo sé, por ley un heredero también tiene la responsabilidad de participar en la guerra. Es solo que nunca me había pasado por la mente que la vida de mi hermano estuviera en peligro. Estoy al borde de un ataque de asfixia.
—Lucian, tú y Rodric comandaréis y asistiréis a sir Andreas y a sir Blick —explica mi padre—, no solo porque te conozco sino por tu talento y tus méritos.
No, al menos uno debe quedarse por favor.
—¡Él no—
—Le agradezco la oportunidad, mi señor —acepta Lucian e interrumpe mis palabras sin querer—. No lo decepcionaré.
Giro la cabeza y lo observo con indignación. No ha titubeado ni un segundo. ¡¿Te emociona tanto abandonarme?! Pongo mi mano en el pecho, cosa que tengo por costumbre cuando me falta el aire.
—¡Lobelia! —exclaman al unísono.
Alzo un brazo para pedirles que se tranquilicen y el silencio se alarga a medida que calmo mi respiración.
Mi expresión se va apagando hasta tornarse vacía, resignada y derrotada.
Es una responsabilidad enorme para Lucian y el habérsela ganado siendo un hombre de orígenes comunes dice mucho de él.
A diferencia de los nobles que reciben educación militar y estratégica, aprendió de su padre y de observar a los caballeros más antiguos.
Sé que es una oportunidad de oro, pero… , titubeo cabizbaja hasta que cojo una respiración incompleta.
—Si eso es todo me gustaría retirarme —pido a mis padres con respeto—. Me gustaría reflexionar el resto del día.
—Claro, cariño.
Ambos asienten. Doy un paso hacia la puerta y Lucian se gira listo para seguirme.
—Quiero reflexionar sola , sir Lucian —le advierto.
Sabe que cuando lo llamo así es porque estoy enfadada con él.
No quiero ni verlo, aunque por su expresión parece querer decir algo así que espero en silencio.
Entreabre su boca pero después de unos segundos la cierra y da un paso atrás.
No tiene el coraje. Listo para ir a la guerra y aun así cuando se trata de mí la valentía se le esfuma como la nieve en el río.
Hace tres años descubrí sus sentimientos por mí.
Sé que si deseara casarse conmigo mis padres lo apoyarían.
Los he escuchado a escondidas pero están equivocados con él, este hombre nunca será capaz de pedir mi mano.
Es lo mejor, no estoy en condiciones para casarme con nadie porque sé que pronto…
moriré. Con certeza será mientras él esté en el campo de batalla.
Todos se irán y no podrán ni asistir a mi funeral dejando a mi madre con esa carga. Estoy destrozada.
Doy un resoplo y salgo del despacho con la rabia cegando mis pasos. Paso al lado de todo el mundo sin siquiera mirarlos.
—¡Su alteza!, ¡¿se encuentra bien?! —pregunta Jessica, una de mis doncellas. Puedo escuchar que me sigue junto a Lily pero no tengo ganas de responder. Si lo hago será de mala manera.
Bajo las escaleras principales y salgo hacia los jardines posteriores.
—Retiraos —les ordeno.
—Sí, su alteza. —Sus pasos se quedan atrás.
Mis pies me guían al laberinto de arbustos que queda cerca del gran salón de fiestas.
Siempre lo he usado para mi propia diversión y podría recorrerlo con los ojos cerrados.
Sin titubeos llego a un pequeño espacio escondido en el que solía jugar cuando era niña, y camino hacia la fuente que hay en el centro con una preciosa estatua de mármol.
Se trata de una mujer de largos cabellos que mantiene sus brazos extendidos hacia abajo con vides que nacen desde las palmas de sus manos.
El agua cae de ellas y de su cabello hacia el nivel inferior donde se reúne.
Mi padre siempre me dijo que era la representación de una hija de Emdor, la fundadora y creadora de los bosques, pero que no se conocía su nombre.
El ruido que produce el agua consigue disminuir mi rabia.
Mi mirada se pierde y se torna penumbrosa.
Siento el temblor en mis labios y un dolor punzante en mis entrañas hasta que mis ojos se colman de lágrimas.
Sollozo tan bajo como puedo. Los hombres que más quiero en el mundo se irán a la guerra en siete días sin garantías de su regreso.
Mi rostro se arruga cada vez con más frustración por no poder expresar y desahogar mi tormento.
Mis pulmones no tienen la capacidad para permitirme estallar en llanto, lo que haría una persona normal.
¿Estaré viva para cuando regresen? Mi cuerpo se encoge concentrándose en mi mano que agarra mi vestido al nivel de mi pecho.
Siento que me he adentrado en una pesadilla sin esperanzas de despertar.
Escucho unos pasos detrás de mí.
—Su alteza.
El estómago se me revuelve.
—Vete, Lucian.
—Le ruego que me escuche.
Me doy la vuelta y lo encaro con mis ojos bañados en lágrimas.
—¡TE DIJE QUE—
Me quedo sin aire y el susto hace que mis piernas flaqueen. Lucian corre pero consigo sentarme en el borde de la fuente sin su ayuda. Se arrodilla frente a mí con el rostro angustiado.
—Inhale, uno, dos, tres, ahora exhale…
Sabe a la perfección qué hacer. Unos minutos después, cuando mi respiración se normaliza, sigo ahogada en mis lágrimas y humillada por ni siquiera poder expresarle mi ira. Se mantiene con una rodilla en el suelo y con ganas de consolarme. Me ofrece su pañuelo pero desvío la mirada.
—Creí haberte dicho que quería estar sola —susurro cuando puedo.
—Estoy enamorado de usted —suelta. Mi corazón se salta un latido y mi rostro se gira hacia él.
No sé cómo reaccionar. Traga saliva en mi silencio y prosigue con sus ojos bañados de amor—.
Necesito estar a la altura para ofrecerle mi humilde corazón pero solo lo lograré si regreso de la guerra con honor. Si mi vida aumenta su valor.
Mis labios se fruncen mirándolo con pesar.
—Lucian, tu vida vale tanto como la mía —susurro secando la humedad bajo mis ojos—. Reconocimiento, honor o lo que sea, no lo necesitas.
—Lo necesito si me quiero casar con usted —contesta. Me quedo muda sin tener respiro para pasar de una sorpresa a la otra—. He mantenido distancia anhelándola en silencio, pero si voy a arriesgar mi vida dentro de una semana no puedo seguir oprimiendo mi corazón. La amo profundamente, su alteza.
Puedo sentir al Lucian de siempre en su voz temblorosa y parece mentira que me esté confesando lo que siente pero…
—Me encantaría darte una respuesta positiva, sabes cuánto cariño siento por ti pero no te veo de ese modo, Lucian —le respondo con sutileza—. Sería cruel si te mintiera al decir que sí.
Moja sus labios y mantiene su posición firme. Da la impresión de que ha dejado en la oficina de mi padre su piel de dudas y ha venido a mí cargando un armazón impenetrable de coraje.
—Lo sé y estoy dispuesto a entregarlo todo para ganarme su corazón —insiste y consigue removerme un poco con sus palabras—. ¿No cree que si se casa conmigo el amor podría florecer?
Permanezco sin decir nada hasta que unos segundos después bajo la mirada para reflexionar. Hay algo que él omite. Sin alterarme respiro lento y junto mis manos en mi regazo.
—Lucian, no sé cuánto tiempo me queda —susurro apagada.
Puedo escuchar su respiración agitada.
—Creo en usted, su alteza. Puede sanar, siempre ha tenido una voluntad inquebrantable para levantarse. Les dijeron a sus padres que moriría antes de su mayoría de edad pero no fue así, ¿no es cierto?