Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Diez años después.

Es una mañana de entrenamiento y el día es más caluroso de lo normal. Menos mal que vivimos en el extremo norte del continente y es soportable comparado con lo que dicen de otros lugares al sur.

—¿Ya estás cansada, lobo apestosito? —me pregunta utilizando ese terrible apodo. Me llama así desde siempre.

—¡Todavía no! —aunque respondo eso no consigo esconder mi respiración irregular.

Mi admiración por mi madre y sus historias de guerrera es tan grande que cada día entreno esgrima para ser como ella y así poder protegerlos en el futuro.

Además es mi maestra. Estoy segura de que podré ganarle a Rodric algún día.

Es en momentos como estos en los que no puedo fallar, no debo mostrar mi cansancio.

Por suerte para mí Rodric es mucho mayor que yo y es cuidadoso cuando me ayuda a entrenar.

Desde que tengo memoria hay ocasiones en las que siento el aire espeso y la frecuencia con la que sucede es cada vez menor.

He logrado esconder esto mucho tiempo ya que piensan que estoy madurando y se ha convertido en un hábito ocultar mi agotamiento.

Algo va mal pero es mi secreto. No quiero que mi familia lo descubra porque papá es muy sensible y mamá sobreprotectora.

Mi hermano no querrá jugar ni entrenar conmigo.

¿Cómo podría confesarlo? ¿Y si… se arrepienten de haberse quedado conmigo porque soy defectuosa?

—Parad. —Mi madre alza las manos.

¿Se dio cuenta? , pienso angustiada ocultando mi mueca. Intento que no se note que estoy en mi límite, que el aire me está pesando. Después de esto me bañaré, comeré galletas, leeré un libro y tomaré una larga siesta. Me recuperaré con rapidez.

—Lo dejamos hasta aquí por hoy —termina de decir dándose la vuelta para sacar los aperitivos que han traído las doncellas.

Bajo mi espada para ir hacia ella hasta que de repente el mundo entero empieza a moverse desde mis ojos en un estruendoso mareo. Me duele la cabeza y me siento desorientada. Nunca lo había sentido tan intenso.

—¿Lobelia? —Rodric se detiene a mi lado al notar mi extraño movimiento. Dos segundos después me toco el pecho y me asfixio—. ¡Lobelia!

Con sus excelentes reflejos me atrapa en el aire antes de caer. Está listo para protegerme de cualquier cosa, siempre lo ha estado.

—¡Hija! —Mi madre suelta todo y corre hacia nosotros exaltada.

Me cojo el cuello y hago señas de que no puedo respirar.

Me duelen los pulmones y mi garganta se siente obstruida, mi propio cuerpo ha decidido que ya no quiere respirar.

Rodric me ayuda a bajar al suelo con cuidado.

Mis ojos lo ven con terror sin comprender qué me sucede.

Tengo mucho miedo, esto es horrible, ¿qué me está pasando? ¿Voy a morir? ¡No, no puedo morir así!

—¡Llamaré a Nicolas! —grita mi madre.

Por suerte ambos son veloces para actuar en situaciones de estrés y hacen lo necesario sin pensarlo dos veces. Mi madre desaparece tan rápido que ni siquiera he escuchado sus pasos, mientras Rodric me sostiene en sus brazos con firmeza.

—Abre la boca, voy a revisarte —avisa con su voz temblorosa. Le hago caso a pesar de estar en shock—. No se ve nada…

Lo escucho frustrado. El aire denso parece venenoso, mi cuerpo lo rechaza y se niega a llenar mis pobres pulmones que arden como la última vez que me dio fiebre. Esa vez, en el último invierno, mi madre pasó toda la noche en vela limpiándome el sudor.

Rodric no para de llorar por verme en esta situación. No me gusta verlo así.

—¡Resiste, hermana! ¡No te mueras! —me ruega tras perder la calma. Sostengo su mano en un intento de apaciguarlo, a punto de perder el conocimiento.

Quizás este es el adiós.

— Lobelia.

Me susurra una voz joven masculina que no conozco.

— Lobelia…

Otra vez, desde lo profundo de mi alma. Parece que no solo busca pronunciarlo, sino que le gusta el sonido de mi nombre en sus labios.

Se escucha lejana, similar al sonido del viento del bosque.

Lo dice tan triste que termina por hacerme despertar.

Abro mis ojos con cautela y veo a mi madre sentada en el borde de la cama, mi hermano en la silla de enfrente y mi padre de pie cerca de la ventana.

El señor Nicolas permanece al otro lado, es nuestro médico y me conoce desde que mi padre me encontró.

El señor de camino a sus setenta años tiene un rostro pálido y agotado, más arrugado de lo usual.

Sus expresiones me hacen recordar todo lo que sucedió y me hundo en lágrimas, incapaz de olvidar la terrorífica sensación de estar al borde de la muerte.

—¡Lobelia! —me llama Rodric al notar que desperté.

—¡Hija, qué susto nos has dado! —exclama mi madre partida en mil pedazos, inclinándose para alcanzarme.

—Tenía miedo… —Me acurruco en sus brazos regresando a los tiempos en los que era una bebé. Su calidez me ayuda a sentirme a salvo mientras peina mi pelo con sus dedos.

—Ya pasó, pequeña. —Mi padre se sienta junto a mi madre y me da un beso en la frente.

Me paso a sus brazos, me desplomo sollozando débil, ya que ni para eso siento que sirve mi respiración ahora.

Cuando nos calmamos, el señor Nicolas intenta hablarme de la forma más sencilla posible con un tono apaciguador.

—Señorita —me llama mirando a mis padres—. ¿Le cuesta respirar desde hace un tiempo?

Me quedo helada, ha acertado de lleno. Mi silencio sirve de respuesta.

—¿Desde cuándo te has sentido así, pequeña? —pregunta mi padre con suavidad.

Lanzo una mirada al médico, confundida y asustada.

¿Cómo lo han descubierto? Lo he ocultado muy bien , pienso triste.

Después de mirar a mis padres y a Rodric, entiendo que ya no hay marcha atrás.

Mis labios tiemblan, asustada y deseando que todo vuelva a ser como antes.

Sé que estoy a punto de recibir el sermón más fuerte de mi vida.

—Desde hace un año —confieso al fin.

—¡Un año…!

Mi madre se levanta en un sobresalto y se cubre el rostro. Se acerca a la ventana y sus hombros se levantan entre espasmos y sorbidos. Rodric y mi padre quedan sumidos en silencio. Sus reacciones solo me hacen pensar que tenía razón de haber escondido mi condición.

Me sobresalto con un grito.

—Lobelia, ¡¿cómo es que llevas un año así y no nos has dicho nada?! —Rodric exige una explicación con su voz quebrada. Su ceño se eleva afligido y sus ojos se tornan llorosos con la frustración a flor de piel.

Mis hombros se recogen y las lágrimas caen sin parar porque no quiero ser reprendida. Una verdadera Benmore no yacería enferma así, una Benmore debería ser fuerte, pero yo soy frágil.

—Hijo —mi padre lo calla en silencio. Rodric aprieta los labios y mira hacia otro lado.

Mi madre se acerca, se arrodilla frente a mí y coge mis manos con una mirada determinada. Todavía se nota la humedad en sus ojos.

—Lobelia Benmore, a partir de hoy mantendrás una rutina tranquila de señorita y te asignaré un caballero de escolta.

Mi boca se entreabre impactada.

—¡No! —chillo—. ¡No quiero!

—Lobelia, ¡no le grites así a madre! —me regaña Rodric.

Hacer lo que dice cambiará mi estilo de vida de guerrera que había llevado hasta ahora.

¡Quiero seguir los pasos de mi familia! Además, tener a alguien que me persiga a todos lados es lo peor que me podría pasar.

¡Me prometieron que me dejarían estar sin escolta hasta mis doce años!

¡Que me dejarían seguir yendo al pueblo, al trigal del señor Alfred para ver el bosque desde lejos!

La primera vez que salí del palacio en mis aventuras, mis instintos me llevaron a ese trigal, el mejor lugar para admirar la vastedad del Bosque de los Perdidos.

Me llamaba su enigmática presencia, algo me decía que podía encontrar la verdad sobre mi existencia en alguna parte bajo sus imponentes montañas y las densas copas de sus árboles.

Busco algo, quizás lo espero. ¡Es esa voz! ¡Si me quitan mi libertad para ir, yo…!

Giro el rostro hacia otro lado para que mi madre sepa que no la quiero ver. Contrario a mí, ella acaricia mi pelo.

—Lobelia. —Me da un beso en la cabeza que me relaja. Es uno lento y doloroso—. Lo siento tanto, mi bebé, pero necesito que entiendas, por favor. No queremos perderte.

La miro por el rabillo del ojo con profundo pesar y temor.

Al decir eso comprendo la gravedad de la situación, y la sensación de muerte regresa para provocar en mí emociones que no hacen más que estremecer todos mis sentidos.

Solo de verlos tan abatidos puedo darme cuenta de que me esconden algo.

No me gusta que los adultos siempre tengan tantos secretos.

Con el rostro desolado de mi madre y sus manos temblorosas por los nervios de todo lo que ha ocurrido en unas pocas horas, no me queda otra alternativa. Respiro tan profundo como puedo y entro en resignación.

—Está bien —acepto desanimada.

La habitación se inunda de suspiros de alivio. Poco después Rodric se acerca y me aprieta en sus brazos, causando que mi corazón flaquee y rompa a llorar.

—No te preocupes, lobo apestosito —me susurra—. Algún día volveremos a tener un duelo.

No estoy lista para salir de mi habitación.

Además, no puedo entrenar, ni correr, ni hacer nada de lo que hace un niño normal porque podría asfixiarme de nuevo.

Solo de pensarlo recuerdo la sensación y el miedo me devora entera.

Estoy aterrada, no quiero hacer nada. Ni siquiera puedo llorar con ganas sin sentir que me falta el aire.

La sensación de pesadez ha llegado para quedarse, no se ha ido desde ayer.

—Hija, soy yo —avisa mi madre tocando mi puerta. Me envuelvo en las sábanas sin responderle. Nadie me sacará de aquí , determino—. Abriré la puerta, cariño.

Se oye la madera crujir. No quiero ni asomarme.

Permanezco hecha una pelota entre las sábanas, el lugar perfecto para esconderme.

Escucho los pasos y me doy cuenta de que hay otra persona más.

Me encojo rápido con mi rostro escondido.

Siento a mi madre sentándose al borde de la cama, apoyando su mano sobre la montaña que he creado.

En alguna parte entre las telas y los rellenos de plumas estoy yo.

—Cariño, sal de ahí —intenta convencerme con un tono gentil—. Te quiero presentar a alguien.

—No quiero —me niego quejumbrosa.

Ella suspira y hace un breve silencio. La otra persona aclara su garganta.

—Su alteza —me llama por primera vez una voz joven—. Si me permite, me gustaría presentarme. ¿Qué le parece?

Es una voz que no conozco, de tonalidad cambiante y en pleno desarrollo. Creí que traerían a un caballero soso y adulto, pero parece que se trata de un niño un poco mayor que yo, o al menos eso puedo intuir al escucharlo. Quiero asomarme pero el orgullo no me lo permite.

—Mi nombre es Lucian, su alteza —dice él—. No tengo apellido, pero mi padre ha servido al ducado toda su vida como caballero, y mi abuelo antes de él.

Escondida entre las sábanas hago un puchero, tengo muchas ganas de salir.

—Lobelia —susurra mi madre.

Hincho los labios y mantengo el silencio un poco más, hasta que gruño con suavidad y salgo. Hago contacto visual con el joven caballero. Está con una rodilla en el suelo y su brazo apoyado en la otra. Es un niño rubio de ojos azules, usual en la gente del reino de Dourith. Tiene un rostro bonito.

En un movimiento torpe y por la sorpresa de mirarnos, a Lucian se le resbala el brazo en su rodilla y casi se cae.

Logra reaccionar rápido y recupera la compostura.

No puedo esconder mi sonrisa. Mi madre por fin me quita las sábanas, me levanta con cuidado peinando mi cabello rebelde y me sienta en su regazo.

Lucian está algo distraído. Igual que a todos los que me ven por primera vez en el pueblo de Blackriver, adivino que le ha gustado mi cabello esponjoso.

La mayoría de las cosas que se dicen de mí son sobre mi pelo castaño cenizo único, largo y con ondas voluminosas.

—Hola —lo saludo con mi voz tímida. Lucian deja escapar una sonrisa que trata de esconder de inmediato al apretar sus labios.

—Saludos, su alteza —dice con respeto.

—Hija, Lucian es un aprendiz de caballero y es muy talentoso —explica mi madre—, así que no lo subestimes por su edad.

Él se endereza con orgullo y yo asiento. No me importa qué tan talentoso sea, solo me siento aliviada de que no es un aburrido caballero de la edad de mis padres.

—¿Cuántos años tienes? —pregunto.

—Quince, su alteza.

Frente a mí está este chico joven con aspecto amistoso y tengo que admitir que mi madre tal vez ha escogido bien.

—Está bien, dejaré que sea mi caballero pero no quiero que nada más me siga. ¿Puede ser mi amigo? —Miro a mi madre a los ojos.

Se le ilumina el rostro.

—¿Tú qué opinas, Lucian? —le pregunta con una sonrisa.

Lo observo y él asiente sin titubear.

—P-Por supuesto —tartamudea—, me encantaría ser su amigo.

Pude ver sus mejillas sonrojadas.