Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Prólogo #2
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Prólogo #2

—Sí —asintió distraído—. Todos mis antepasados, incluido mi padre, han sido creyentes de la luz. Por eso está prohibida la cacería de lobos en todo el territorio de Benmore y en este bosque.

—Es una lástima que una religión tan bonita fuese prohibida hace cien años —opinó sir Andreas—. Sé que usted también es creyente, pero siempre le recuerdo, tenga cuidado cuando esté en público.

—Lo sé. —A Joseph se le atenuó la sonrisa—. Es lamentable que el Gran Roble sea olvidado.

—No se desanime, mi señor —expresó sir Andreas—. Creo que desde este día es probable que todo el escuadrón se convierta en creyentes de la luz, empezando por mí.

Joseph sonrió.

—Cuando queráis organizo vuestros bautizos —bromeó y ambos rieron en el estrecho espacio.

Al salir de la cueva el escuadrón los esperaba listos para irse a casa. Tras acercarse al duque descubrieron lo que tenía en sus brazos y sus reacciones fueron iguales.

—Lobelia —declaró Joseph en voz alta—. Ese será su nombre.

De regreso al castillo, la primera en recibirlos fue la duquesa. Como predijo Joseph, tenía todo listo para que los caballeros pudiesen calmar sus estómagos vacíos y saciar su sed. Era una recompensa bien merecida por haber estado todo el día expuestos al traicionero y violento clima.

—Leonora —llamó a su esposa con Lobelia en brazos. Tenía miedo de lo que pensara.

Cuando Leonora se dio cuenta, se detuvo al segundo y retrocedió por un momento.

La pequeña se veía frágil y pálida. Era similar a ver un fantasma, o peor.

No podría tratarse de una hija ilegítima de su esposo.

Joseph la amaba con todo su corazón y ella era más que consciente de su fidelidad. Ni siquiera hacía falta considerarlo.

—¿Dónde la encontraste? —La recibió en brazos. Cuando la miró con más cuidado, su rostro se oscureció a punto de llorar—. Dios mío, debe haber nacido esta misma noche.

—Es una larga historia —respondió él mientras se peinaba la barba.

Los caballeros lo miraban con lástima. Estaba a punto de recibir una buena paliza de su mujer. A pesar de su deseo de ir al comedor con ellos, primero necesitaba hablarle sobre su travesía. No quería esconderle nada.

Para ese entonces, Leonora tenía cuarenta años.

Su pelo lacio y trigueño siempre estaba envuelto en una trenza recogida por encima de su nuca.

Sus cejas delgadas y afiladas la hacían parecer molesta todo el tiempo, y sus ojos azules miraban de una forma más salvaje y especial que muchas mujeres, a pesar de tener rasgos comunes en el reino de Dourith.

Al menos eso sentía Joseph cuando la veía.

El amor que se tenían era famoso en todo el ducado.

Se dirigieron a la alcoba matrimonial y, a medida que le relataba lo sucedido, el rostro de Leonora palideció.

Su esposo había entrado a la cueva del lobo, como era el dicho.

De hecho, él mismo al escucharse comenzaba a creer que se merecía unos buenos golpes.

Sin embargo, Leonora no quiso gritarle. Tenía a la diminuta bebé en sus brazos.

—La he llamado Lobelia —le anunció Joseph—. ¿Te gusta?

—Es perfecto.

Leonora la miró con cariño y pesar, a medida que imaginaba qué podría haber sucedido para que una recién nacida terminara en una cueva en medio del bosque.

—Quizás estaba más a salvo con los lobos que con su madre —añadió con una risa por la ironía.

—O tal vez la madre murió —quiso pensar Joseph.

—¿En medio del Bosque de los Perdidos, con esta ventisca? —Negó Leonora—. No, esta niña fue abandonada para que muriera.

Hubo un breve silencio.

—El Gran Roble me ha llevado con ella, Leonora —musitó Joseph—. Estoy seguro de ello.

Quién sabe qué habría sucedido con la pobre bebé, de no ser por Joseph y su absurda decisión de seguir a un lobo. Al recapacitar, Leonora soltó un suspiro.

—Bien, fue estúpido pero salvaste su vida. —Miró a la pequeña que apestaba—. Me la llevaré para limpiarla y llamaré a Nicolas para que la revise. Ve a comer con los demás, debes tener hambre.

Le dio un beso para retirarse. Cuando estaba girándose, la puerta rechinó y apareció una pequeña silueta en la entrada.

—¡Papá, has llegado!

El pequeño de siete años idéntico a Joseph se rascaba los ojos medio dormido. Pese a ser de madrugada, había escuchado el movimiento de los sirvientes en el pasillo y había sacado sus conclusiones.

Joseph se acercó con una mirada gentil.

—Hola, hijo. —Lo levantó en brazos—. Regresé con algo que no vas a creer.

Caminó hacia Leonora. Al notarlo, el pequeño terminó de despertar.

—¿Un bebé? —preguntó con sorpresa.

—Es una niña, Rodric. Se llama Lobelia. —Le pasó la mano por la cabeza—. Es una historia tan increíble que te la contaré para dormir, ¿te parece?

Rodric asintió con una radiante emoción. Extendió la mano hacia Lobelia y alcanzó una de las suyas, diminuta. Con naturalidad, ella cogió uno de los dedos de Rodric. La sonrisa se le formó al niño de oreja a oreja y la conexión fue inmediata.

—¿Se quedará con nosotros? —preguntó ilusionado.

Joseph y Leonora cruzaron miradas sorprendidos.

Ni siquiera habían considerado entregársela a alguien más.

Era algo instintivo, sentían que la pequeña debía estar con ellos.

Cuando Joseph la tuvo en brazos por primera vez, algo le dijo que la vida lo había preparado para ese preciso instante.

En el caso de Leonora, la miraba con sentimientos que solo había sentido por su hijo. No había nada que decidir.

Ambos sonrieron mientras pensaban lo mismo.

—Sí, ella será tu hermana, Rodric —declaró Leonora—. Es parte de la familia, así que tendrás que protegerla a partir de ahora también.

—¡Lo haré! —Rodric asintió, cubriéndose la boca al haber alzado la voz sin querer. Por fortuna la bebé siguió dormida—. Uf, pero, ¿por qué huele a perro mojado?

Las palabras de su hijo se escucharon tan graciosas, que Joseph y Leonora no aguantaron la carcajada.

—Iba a bañarla, ¿vienes conmigo mientras esperas a que tu padre te cuente la historia? —Le sonrió Leonora.

—¡Sí! —aceptó con entusiasmo. Poco después se retiraron de la habitación y dejaron a Joseph a solas.

Se sentó en el sillón más cercano y se sumergió en el silencio, con el rostro enterrado entre ambas manos, en un intento de sacudirse la incredulidad por lo ocurrido.

Se inclinó hacia el respaldo y liberó toda la tensión que había cargado por horas.

Era un momento a solas muy breve antes de bajar al comedor con los caballeros.

—Lobelia Benmore, ¿eh? —Sonrió al techo en su agotamiento, hasta que su rostro se atenuó y cerró sus ojos para rezar—. Gran Roble, guíame con tu luz para que mi nueva hija sea feliz con nosotros. Báñala en tu gracia y permite que viva con salud.