Aetheris (Los Hijos de Emdor 1) Prólogo
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Aetheris (Los Hijos de Emdor 1)

Aetheris (Los Hijos de Emdor 1)

Por Virginia Moncada

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Prólogo

Calendario opaniano.

Era el solsticio de invierno. El clima agresivo conllevaba que los animales salvajes en busca de comida se acercaran al pueblo de Blackriver, hogar de los duques de Benmore, debido a la poca presencia de personas en las calles.

Esa peligrosa noche, Joseph Benmore, señor del territorio, estaba de regreso de una laboriosa inspección en el Bosque de los Perdidos.

Las nubes se habían reunido para persuadirles de regresar al castillo.

Por ningún motivo debían pasar la noche a la intemperie, nadie sobrevivía en ese lugar.

No obstante, antes de alcanzar las áreas más seguras del bosque se detuvieron en seco.

Desenvainaron sus espadas en un pestañeo.

El viento se aquietó y el aire se sumió en un silencio místico.

Unos ojos grises rebotaban de entre los árboles frente a ellos con la poca luz que ofrecían las antorchas.

—Mierda —gruñó sir Andreas en voz baja—. Son lobos, ¿qué hacemos, mi señor?

Reconocían esa mirada depredadora donde quiera que fueran.

La cacería de lobos estaba prohibida en todo el territorio de Benmore desde hacía cientos de años.

El duque evitaba encontrarse con ellos para no verse obligado a matarlos en defensa propia.

Solo se veía uno pero sabían que atacaban en manada así que habría más acechándolos.

Joseph no parpadeaba, su experiencia en combate le había enseñado que al enemigo nunca se le debía subestimar ni dar la espalda.

El lobo salió de los arbustos sin una pizca de miedo, sin verse siquiera el pelaje de su lomo erizado.

Caminó con serenidad y miró a Joseph, solo a él.

Era una mirada que no contenía rastros de hostilidad.

Le hizo sentir un extraño escalofrío. De forma inesperada, su corazón le incitó a calmarse y a bajar el arma, como si sus instintos lo persuadieran igual que un hechizo.

—Bajad vuestras espadas —ordenó al escuadrón, sin perder de vista al animal.

—Mi señor, ¿me permite saber en qué piensa? —susurró sir Andreas.

No se arriesgaban a desviar la mirada por miedo a que el lobo pensara que bajaban la guardia.

—Sé que suena irracional pero confiad en mí —les pidió Joseph, no como duque sino como amigo—. No creo que este lobo quiera atacarnos.

Los caballeros guardaron silencio. Por más insólito que se escuchara, pensaban que podría tener algo de razón. Si la manada quisiera atacar ya lo habría hecho.

Cuando bajaron las espadas se pudo ver un leve movimiento de la cola del lobo.

Algunos recordaron las historias de Emdor, una presencia divina que, según decían, se encontraba en alguna parte de ese místico lugar.

Una fuerza más allá de lo conocido y creadora de toda vida, que reinaba sobre los cuatro elementos de la naturaleza.

Un dios originario de una religión caída en la que la familia Benmore guardaba su ferviente fe en secreto, ya que estaba prohibida desde hacía un siglo.

La iglesia del reino era opresora y quien se declarase creyente de la luz era condenado a la horca como pagano.

—¿Qué querrá? —preguntó sir Andreas, con sus manos temblorosas.

Joseph dio un paso adelante y el lobo les dio la espalda, en señal de querer que lo siguieran. ¿Un depredador dándoles la espalda? Eso sí que era sobrenatural.

—Ya lo descubriremos.

Envainó su espada, levantó los pies en una zancada sobre la espesa nieve y siguió al misterioso lobo. Los demás lo siguieron.

Unos minutos después se encontraban frente a una cueva alta y oscura. El lobo les echó una mirada una vez más y entró. Se detuvieron frente a la entrada con ganas de reír, nerviosos al no entender qué sucedía.

—¿Acaso hemos muerto y esta es la entrada al más allá? —bromeó uno de ellos.

—Si estuviera muerto no sentiría tanto frío en los cojones —respondió otro.

—Creo que tus cojones ya han cumplido suficiente su función, Blick —respondió Joseph—. Si los perdieras tu esposa no los extrañaría.

El hombre ya tenía seis hijos, aunque se escuchaba con frecuencia a su mujer quejarse de que solo planeaba tener cuatro.

Sus hombres rieron ante el chiste. Había una inmensa confianza entre ellos e intentaban animarse para no perder contra el miedo.

Joseph extendió una antorcha hacia la cueva dando más luz al interior.

No tuvo éxito. Su profundidad era imposible de alcanzar desde allí y la oscuridad del mismo bosque no les ayudaba.

El silencio de la naturaleza, a pesar de ser una buena señal para volver a casa, en ese momento les provocaba inquietud. Era tenebroso.

Al ver que no había otra opción, Joseph dio el primer paso y sir Andreas cogió su brazo, sin importar que fuese su señor. Siempre admiró las agallas que tenía, tal vez eran necesarias para convertirse en el duque fuerte y respetado que era. Sin embargo, a veces podía ser demasiado temerario.

—Espere, mi señor. —Lanzó una mirada hacia la oscura cueva delante de ellos. Parecía querer tragárselos—. Iré yo, usted quédese aquí.

—Iré contigo —lo apoyó sir Blick.

—No. Yo debo ir —se negó Joseph. Una corazonada le exigía ser él quien entrara a la mortífera cueva.

—Mi señor, por favor —insistieron.

Por mucho que intentaran hacerle cambiar de opinión, él se mantuvo firme. Sin estar seguro de si serían sus últimas palabras, se dirigió a ellos.

—Sir Andreas me acompañará. Si no hay señal de nuestro regreso, volved al castillo y decidle a mi esposa y a mi hijo que los amo y que los estaré cuidando.

Leonora Benmore, el amor de su vida, era una mujer inalcanzable y una formidable guerrera al igual que él. Joseph nunca entendió cómo había logrado casarse con ella.

Los caballeros se miraron entre sí, cuestionando si lo que pedía era lo correcto. Lo apreciaban y deseaban acompañarlo pero no querían desobedecer a su palabra. No tuvieron más opción y se mantuvieron de pie, sin conseguir comodidad en el tétrico lugar.

Tras ponerse de acuerdo, Joseph y sir Andreas iniciaron su camino por la cueva.

No pasaron ni dos segundos cuando dieron el primer brinco.

El lobo, que había entrado minutos antes que ellos, los esperaba muy quieto.

No pensaban que aparecería allí de repente.

El animal no tuvo reacción alguna. Por el contrario, su silencio se sentía burlón, no era un simple lobo sino algo más allá de la comprensión.

Estaban ansiosos por saber qué quería de ellos.

Tras andar unos minutos a pie, se escucharon unos ruidos que conocían muy bien.

Al alcanzar el final de la cueva, confirmaron sus sospechas.

Una hembra descansaba con sus crías, las cuales soltaban tiernos gemidos mientras se alimentaban de ella.

Tendrían una semana de nacidos. Toda la manada estaba acostada a su alrededor mientras observaban cada centímetro de movimiento que hacían los dos hombres.

—¿Por qué no nos atacan? Somos presa fácil —sir Andreas parecía creer que estaba bajo una ilusión.

Joseph alumbró entre las crías y, en ese instante, sus rostros palidecieron.

—Por eso —respondió con seriedad.

Entre los cachorros, junto al vientre de la hembra, yacía un bebé envuelto en andrajos manchados de sangre seca. Era diminuto, dormía con placidez debido al pelaje de la loba y los cachorros que lo mantenían abrigado en un denso nido de calor. Ambos permanecieron en un silencio amargo.

—¿Cómo? —musitó sir Andreas, entre la incredulidad y la lástima.

Joseph se acercó con cuidado. La hembra lo miraba con gruñidos bajos, en advertencia de que ni intentase tocar a sus crías.

Le recorría un escalofrío recurrente en la nuca por los sonidos de la bestia.

Decidió quitarse su abrigo de piel con gran lentitud para verse más delgado y vulnerable.

Se lo entregó a sir Andreas y se agachó al nivel de la hembra.

—Tenga cuidado, mi señor —rogó sir Andreas, a un suspiro de morderse las uñas con cada movimiento que hacía el duque.

Un par de lobos se pusieron de pie y observaron a Joseph mientras mostraban sus afilados colmillos.

—No. Saques. Tu espada —le ordenó a sir Andreas, palabra por palabra, al predecir que el hombre lo consideraba. Él obedeció en silencio.

Joseph respiró hondo para calmar su cuerpo y así sus movimientos no serían toscos.

Aún cuando estaba en pleno invierno y horas atrás se caía el cielo, sudaba tal cual lo haría en pleno calor del verano.

Se acercó un poco más y la hembra arrugó el hocico, dándole un claro vistazo de sus colmillos, con rugidos profundos y ensordecedores.

No obstante, no intentaba clavarlos en él.

Le sería fácil, el cuello de Joseph estaba a solo unos centímetros.

Con movimientos pausados logró alcanzar al bebé y lo cogió en brazos.

Se alejó de la loba y los cachorros y se levantó con zancadas cuidadosas.

Aún cuando los lobos dejaron de mostrar sus dientes, no paraban de observarlo.

En sus miradas casi se podía escuchar cómo les ordenaban que se esfumaran tras terminar su tarea.

—Bien, larguémonos de aquí —dijo Joseph—. Dame el abrigo.

De camino hacia el exterior, sir Andreas lo iluminó para ver mejor a la criatura en sus brazos. La confusión los tenía sin habla, a medida que el duque reemplazaba la tela ensangrentada con su abrigo de piel.

—Es una niña recién nacida —confirmó.

Sir Andreas se cubrió la boca horrorizado, sin poder creer todavía lo que estaba pasando.

Joseph miró con detenimiento a la bebé. Dormía en sus brazos como si estuviese acostumbrada a ellos.

Por suerte no parecía tener hambre pero sí había que darle un buen baño tibio.

Estaba sucia y había adquirido el poco placentero olor húmedo de los lobos.

Acarició su pequeño rostro y se le escapó una sonrisa.

—¿Sabías que los lobos se consideran bestias sagradas para los Protectores de la Luz? —No dejaba de mirar a la pequeña.

—¿Se refiere a la historia de los hijos de Emdor? —preguntó sir Andreas.