CAPÍTULO 82
evie
E vie Sage no había utilizado ese nombre desde que tenía memoria. En su hogar, la Mansión Masacre, ella era la jefa, la mala pécora o la Mujer Malvada. Al público le encantaban las aliteraciones.
Y eso la divertía muchísimo. Sin embargo, esto de tener las muñecas encadenadas por ese repugnante caballero a su espalda, que le echaba su aliento acre y caliente en la mejilla cuando se reía, no le hacía tanta gracia.
Su magia se agitó por la repulsión, pero las cadenas estaban imbuidas de magia protectora.
Maldito Gideon.
Su hermano se había unido a la Guardia Valerosa poco antes de que ella se convirtiera en La Villana.
Él nunca se lo había perdonado, y ella nunca se había disculpado.
La suya era una relación simbiótica. No obstante, hasta ahora habían tenido un acuerdo tácito de mantenerse al margen de las respectivas profesiones del otro.
Ella se esforzaba por no interferir en ninguna de las órdenes que él recibiera de Benedict y él se aseguraba de no aceptar ninguna misión que implicara su derrota.
Si ahora quería jugar sucio, ella estaba dispuesta a complacerlo.
Se preguntó si Su Alteza Real aceptaría entregarle un mensaje a su hermano, lo que a su vez le hizo cuestionarse si los dos hombres serían amigos.
Los pensamientos se detuvieron en seco cuando se dio cuenta de que, de hecho, seguía bajo la custodia del detestable hombre que tenía detrás y que no debería estar pensando en el príncipe.
Ni ahora ni nunca. Aunque su rostro fuera agradable y sus ojos tan oscuros que le daban ganas de sumergirse en ellos.
—No es más que una chiquilla para ser una bruja tan malvada. — Le tiró con fuerza del pelo y ella se mordió el labio para no gritar. No quería darle esa satisfacción.
El príncipe se había levantado despacio, mirando fijamente la mano que le agarraba el pelo y los grilletes que le sujetaban las muñecas. Su expresión era indescifrable, pero Evie imaginó que estaría sintiendo triunfo. Qué gran regalo sería esto para su padre, el rey Benedict. Patán engreído.
Pero el príncipe no parecía complacido cuando dio un paso hacia ella.
—No hay necesidad de ser tan brusco, Meenka. — Su voz la relajó, y le alarmó lo rápido que su cuerpo respondió al mero sonido de sus palabras—. Se supone que somos caballeros de honor, no lo olvide.
El hombre al que había llamado Meenka la agarró con más fuerza, riendo.
—Nunca es necesario como tal, alteza, pero hace que el trabajo sea más entretenido.
Todo el cuerpo de Evie se tensó ante aquel comentario.
—Suéltela. Ahora mismo.
Las palabras sonaron tan incongruentes que Evie levantó la cabeza de golpe, abriendo los labios con sorpresa ante la orden del príncipe y el destello en sus ojos que ahora reconocía como furia.
—Señor, creo que no lo entiende. Quizá su padre no le haya educado adecuadamente en las costumbres de…
—Atrévase a explicarme cómo debo comportarme una vez más y me aseguraré de que nunca vuelva a servir en la Guardia Valerosa, Meenka. Solo se lo pediré una vez más antes de que se me acabe la paciencia. Suéltela. Ahora.
Y la soltó. O más bien la tiró, con tanta fuerza que se dio de rodillas contra el suelo y un dolor punzante le subió por las piernas.
Ella echó la cabeza hacia atrás, examinando al hombre ahora que tenía libertad de movimiento.
—Dioses. Tiene mucha confianza en sí mismo para ser un hombre con…
— Fue subiendo la mirada, observándolo detenidamente.
No estaba buscando algo que criticar. A menudo, bastaba con insinuar que un hombre era menos de lo que aparentaba para cabrearlo, y Evie era muy buena tirando de ese hilo hasta que se derrumbaban bajo su cortés y alegre reprimenda—.
En fin…, para un hombre como usted — concluyó con una sonrisa.
Tuvo el efecto deseado. Las fosas nasales de Meenka se dilataron y su rostro adquirió un tono rubicundo que indicaba que se había pasado. Él echó el puño hacia atrás y ella se preparó para recibir el golpe, cerrando los ojos y apartando la cara con un gesto de dolor. Pero el golpe nunca llegó.
Lo único que oyó fue el sonido de carne golpeando contra carne, eso y un ruido sordo y resonante antes de que se atreviera a abrir los ojos.
Y se alegró de haberlo hecho.
La escena que tenía ante sí no era de las que se olvidan fácilmente. El príncipe estaba desaliñado, con las venas del cuello marcadas y los músculos de la espalda rígidos mientras levantaba a Meenka y arrojaba su cuerpo inconsciente contra el suelo.
Antes de que pudiera hacer nada más, sus manos firmes pero suaves se posaron en ella para ponerla en pie.
Por un momento, se limitó a contemplar la mandíbula tensa, los hermosos huecos y hendiduras de sus clavículas y sus ojos oscuros.
No estaba segura de qué la impulsó a hacerlo, fue como si algo se apoderara de ella, como si su cuerpo no fuera suyo: alzó la mano y la posó en su mejilla.
La barba contra sus dedos le provocó un escalofrío que rápidamente atribuyó al miedo que se desvanecía de su interior. El tintineo de las cadenas la sacó del ensimismamiento, al igual que la expresión desconcertada y aterrorizada del príncipe.
—Me está tocando la cara.
Ella ladeó la cabeza, sin saber cómo responder a esa afirmación tan obvia, así que se limitó a decir:
—Sí.
El príncipe arqueó una ceja.
—¿Está conforme con esa decisión?
No sabía muy bien por qué, pero la pregunta la hizo reír, y, antes de que pudiera añadir nada más, las cadenas se le cayeron de las muñecas y su magia despertó con una respuesta ardiente.
Era como si no la reconociera, su magia no atendía a nada más que al hecho de que acababa de ser liberada por el mismo hombre que había nacido para acabar con ella.
Su mirada inquisitiva se cruzó con la de él, y solo encontró en ella el reflejo de su propia sorpresa, como si él tampoco pudiera creer que lo hubiera hecho.
El ruido de los cascos reveló que otra brigada de Guardias Valerosos acudía al rescate y el sonido destrozó la frágil ilusión de paz entre ellos.
El rostro del príncipe se contrajo en una mueca de disgusto, o algo parecido, cuando trastabilló hacia atrás.
Alargó la mano para agarrar la de ella antes de empujarla detrás de un árbol con una brusquedad que la sorprendió después de lo gentil que había sido.
—Nos volveremos a ver. Pronto — murmuró.
La Villana no estaba segura de si aquello era una amenaza.
Aun así, se quedó detrás del árbol cuando los guardias se acercaron y preguntaron por su paradero.
Él no la miró, se limitó a apretar la mandíbula y cerrar los puños mientras los saludaba con la deferencia propia de un príncipe leal.
—Se ha escapado tras acabar con Meenka.
—¿Continuamos con la búsqueda, alteza? — preguntó una voz grave.
—No — respondió el príncipe Trystan de inmediato—. No, regresemos con el cargamento de mi padre.
Evie se tapó la boca con la mano. Porque la carga de su padre ya estaba de camino a la Mansión Masacre en poder de su Guardia Malévola.
El trote de los caballos le indicó que volvía a estar sola y era libre de encaminarse a su hogar, con su botín.
Pero la atracción que sentía hacia el hombre que ahora se alejaba cabalgando en dirección el castillo, mirando por encima del hombro una última vez hacia los árboles donde ella se escondía, como si no pudiera creer que realmente existiera, la dejó aturdida. Y no era para menos.
Evie salió tambaleándose, de vuelta al camino de tierra, tratando de ignorar el nudo en el pecho cuando él finalmente desapareció tras los árboles. Fue entonces cuando sintió el peso de algo en la mano. Algo que él debía de haberle pasado antes de empujarla.
Una llave.
Era blanca. Con flores moradas.
Un fuerte silbido y un aleteo la hicieron sonreír antes incluso de ver quién era.
—Ahí estás, Fergus. — Cuando levantó la vista, el gubre que había permanecido a su cuidado desde que Benedict se apoderó de la familia del animal aterrizó con un golpe sordo; sus escamas arcoíris eran una visión de lo más bienvenida tras haber estado a punto de ser capturada.
Le acarició el hocico y echó un vistazo a la misteriosa cicatriz en el vientre de su querido amigo—.
¿Nos vamos a casa? — El animal dejó escapar un zumbido antes de lanzarse hacia los cielos.
Durante todo el camino hasta la Mansión Masacre, no dejó de mirar la llave blanca que sostenía en la palma de la mano.
Evie sonrió como si fuese un regalo preciado y, en su fuero interno, se moría de ganas.
Se moría de ganas de que La Villana y el príncipe Trystan se reencontraran.
El principio
del fin.
Hasta que todos… nos volvamos a encontrar.