CAPÍTULO 81
trystan
Dos semanas después…
E l príncipe Trystan Benedict Martin nunca había estado tan furioso como en ese momento.
Galopaba a toda velocidad por el bosque, persiguiendo con ahínco el carruaje fugado, mientras la Guardia Valerosa cabalgaba orgullosa a su lado para detener a ese elemento que había escapado con los inestimables artefactos de su padre.
Saltando por encima de un tronco caído, tomó la delantera.
Como heredero al trono, sus responsabilidades siempre serían el cuidado y la protección de Rennedawn y sus ciudadanos.
Sin duda, quien estaba detrás de todo esto era ella: esa miserable criatura que había atormentado al bosque de Hickory durante tanto tiempo.
Pero esa sería la última vez. Iba a atraparla y a librar al reino de sus maldades de una vez por todas.
—Voy a dar la vuelta para cortar el paso al carruaje.
¡No le perdáis la pista! — ordenó Trystan, y varios caballeros detrás de él obedecieron de inmediato.
Se dirigió al atajo que había encontrado el otro día mientras cabalgaba por allí, buscando a la fuerza maligna a la que el pueblo conocía como La Villana o la Mujer Malvada.
Nunca había oído un apodo más ridículo, pero los recuerdos de las veces que había intentado darle caza eran borrosos, como algo que su mente no lograba encajar, aunque cada vez que buscaba la razón se distraía, encontrando cualquier otra cosa en la que pensar.
Avanzando a toda velocidad, consiguió cortarle el paso al carruaje. Los caballos se encabritaron, resoplando, y el carruaje se desenganchó y se precipitó hacia un árbol, estrellándose con un crujido espantoso. Trystan hizo una mueca de dolor.
Desmontó del caballo y se lanzó hacia el carruaje destrozado, buscando a la mujer que adornaba todos los carteles de se busca de Rennedawn.
Tenía llamas en lugar de cabello y una sonrisa repulsiva que ponía nerviosos incluso a los caballeros más estoicos.
Sus pómulos eran prominentes, con una forma irregular y poco atractiva, y todo en su aspecto le daba el porte de una mujer que perseguía hacer daño a inocentes.
Trystan había jurado proteger a esos inocentes.
—¡Se acabó, Villana! — bramó Trystan, agarrando la puerta y arrancándola de un tirón, solo para descubrir que…—. ¡Está vacío! ¡El carruaje está vacío! — gritó a los caballeros que ya deberían haber llegado al galope.
Sin embargo, allí no había nadie. Trystan ni siquiera oía el susurro de los cascos golpeando la tierra. Lo que sí escuchó fue una voz que hizo que su cuerpo se despertara y todos sus sentidos se pusieran en alerta.
—Qué curioso. ¿Cree que se habrá escapado? — La voz era suave y ligera. Las palabras tenían un tono divertido y… algo más; algo que le provocaba una sensación extraña en el pecho.
Al darse la vuelta, se encontró con la punta de un cuchillo apuntándole a la nariz. Y entonces la vio.
Había mucho que ver.
No había ni rastro del pelo llameante, pero una espesa melena de rizos caía en cascada por la espalda de la mujer.
Sus ojos claros estaban delineados con kohl, lo que debería haberlos hecho penetrantes, aunque solo parecía resaltar la suavidad que transmitían, y su sonrisa era similar a la de los carteles de se busca , si bien, al mismo tiempo, completamente distinta.
Le ocupaba todo el rostro, con unos labios tan carnosos y rojos que estaba seguro de que nunca había visto otros iguales. Tenía los pómulos algo marcados y la nariz con una suave curva que ahora se arrugaba mientras lo observaba. Era la mujer más hermosa que había visto jamás. Muy poco conveniente.
Ya que su deber era matarla.
Sin embargo, cuando fue a coger la espada que llevaba en el cinturón, todos sus instintos le gritaron que se detuviera.
Cada fibra de su ser rechazaba la idea de hacerle daño.
¿Qué era aquello? Una sola mirada a una chica bonita y se le olvidaba todo el sentido del deber.
No era un joven inexperto: tenía casi treinta años.
Haz el favor de controlarte, hombre. Tampoco es tan guapa.
Sí que lo es, objetó su mente enferma y traicionera, y, cuando intentó salir de su estupor, se dio cuenta de que llevaba varios segundos sin decir nada y ella seguía allí, con la hoja presionada contra la punta de su nariz, ladeando la cabeza con curiosidad mientras lo observaba.
¡Dile algo, idiota! Lo que sea.
—Se suponía que tenía que ser fea. — Sus palabras salieron con la contundencia de un ariete y, como resultado, ocurrió algo insólito.
Ella se rio.
El sonido fue como escuchar unas campanas resonando en lo más profundo de su alma, tratando de alcanzar algo en su mente a lo que no conseguía llegar. Le molestaba no poder identificarlo, como si lo hubiera oído antes pero no recordara dónde.
—Disculpe la decepción, alteza. En mi caso es justo lo contrario: había oído que usted era atractivo.
Eso le molestó.
—¿Y no cree que lo sea? —¿Por qué demonios le estaba preguntando eso? Su padre le habría cortado la cabeza si lo hubiera visto. Los ojos azules de La Villana se suavizaron aún más y la sonrisa se amplió, algo que no creía posible, pero ella lo consiguió sin problemas.
—La verdad es que me parece muy atractivo. Aunque esperaba que tuviera una gran corona sobre la cabeza y cierta arrogancia principesca para mantenerla en su sitio.
Le estaba tomando el pelo. Siempre había tenido poco sentido del humor, pero incluso él podía distinguir el placer en sus ojos, la alegría desenfrenada que exhibía como polvo de estrellas.
¿Dónde estaba la sonrisa amenazante? ¿Y la maldad que debería haber percibido a su alrededor como percibía ahora el viento, revoloteando entre sus rizos, uno de los cuales le caía sobre los labios?
Por el amor de las tierras muertas, aquella mujer era sin lugar a duda encantadora, y eso era terriblemente peligroso. El recuerdo de su magia, de la amenaza que había desatado y de los caballeros a los que había matado lo devolvió a la realidad.
—Aparte la daga, señora — gruñó, quitándole la mano de un empujón. El contacto de su piel le quemó como un hierro candente. Sacudió el brazo a un lado y flexionó los dedos, tratando de librarse de la sensación de hormigueo que no remitía—. Queda detenida por sus crímenes contra la corona.
Ella respondió girando con los brazos en alto, y Trystan comenzó a preguntarse si la muchacha no se habría dado un golpe en la cabeza.
—Hace un día precioso, ¿no cree? Ideal para pasear. — Bajó las manos y las cruzó a la espalda. Su vestido parecía un ópalo negro, con las mangas anchas cayéndole desde los hombros hasta las muñecas, como una cascada. Tenía la postura perfecta para alguien a punto de ser arrestada.
—Ideal para pasear, sí. Me parece bastante menos ideal para robar. — Él hervía de rabia, la mandíbula y los puños se le tensaron cuando se giró de nuevo para mirarlo, con aire desenfadado y divertido. Era pintoresca. La palabra le sonaba de algún modo discordante.
Ella se acercó muy seria. Sin miedo. Sin dejarse intimidar por la dureza de su expresión.
—Tiene razón, prefiero robar en la oscuridad, pero su padre insiste en transportar las cosas durante el día. ¿Qué puedo hacer?
Buscó algún atisbo de sarcasmo, de amenaza. No encontró ninguno. Estaba siendo sincera. Eso lo dejó atónito; se quedó sin palabras.
No importaba. Aquello no era relevante.
—Quiero decir, claro que su padre no va a tener en cuenta lo que me conviene a mí, porque soy yo quien le está robando.
Sería extraño que se adaptara a mis necesidades.
Aunque sería más cortés, algo en lo que los príncipes parecen empeñados.
Si pudiera recomendarle que organice algún transporte nocturno, le estaría muy agradecida.
— Había pedido ese favor como si fuera algo razonable.
Como si no fuese descabellado. Una auténtica locura.
—No pienso ser cómplice de su villanía, señora. — Se mostró severo, satisfecho de sí mismo por no parecer tan desconcertado como se sentía.
—Ay, deje de llamarme así. — La mujer frunció la nariz, agitando la daga de un lado a otro en un gesto de negación—. Me hace parecer demasiado aburrida.
No. Esta mujer no era aburrida. Estaba como una cabra. O eso, o intentaba confundirlo haciéndose pasar por una doncella bondadosa para que bajara la guardia.
Hizo una pausa con aire desconcertado y luego dejó escapar el sonido más lastimero que había tenido el disgusto de escuchar jamás. Le llevó un momento darse cuenta de que era un estornudo, un pequeño chillido, seguido de una expresión avergonzada.
Estaba funcionando. ¿Cómo diantres podía estar funcionando?
No pudo evitarlo; metió la mano en el bolsillo y sacó un pañuelo, uno gris. El mismo que siempre llevaba. Se lo entregó de mala gana, lamentando sus estúpidos impulsos caballerescos. Ella lo tomó y lo deslizó entre sus dedos, y su cuerpo hizo algo horrible.
Respondió ante aquel estímulo.
Apartó la mano bruscamente y miró a su alrededor en busca de ayuda. ¿Dónde demonios se hallaban sus hombres? Esa mujer lo estaba hechizando. Tenía que ser eso. Aquella atracción no tenía sentido. Ninguno.
Por desgracia, no se veía ni un solo caballero por el camino de tierra.
—¿Qué ha sido de mis Guardias Valerosos? — exigió con toda la autoridad real que era capaz de reunir.
—Ah, por ahí andan — respondió con indiferencia, sin inmutarse ante su tono. Parecía estar pasándoselo bien. Trystan no estaba seguro de si se enfrentaba a una verdadera perpetradora del mal hasta que ella terminó diciendo—: Bueno, andar lo que se dice andar, no creo que puedan ya.
Se le heló la sangre.
Con un sudor frío que le subía por la nuca y una sensación de pesadez en el estómago, se giró y empezó a caminar, o más bien a correr, de vuelta por el sendero que conducía hasta sus hombres. Y allí estaban, colgados. De las uñas de los pies.
Todos vivos.
Y gritando como si los hubieran desollado.
(No era el caso).
Su primera pregunta debería haber sido de dónde sacaba aquella mujer esa audacia infinita. En cambio, lo que se le escapó fue:
—¿Cómo los ha subido ahí arriba? — La miró fijamente, incrédulo.
—Ah, no ha sido para tanto. — Sonaba tímida y vio que se sonrojaba—. Un viejo truco que aprendí.
—No la estaba halagando — espetó. Hasta que se dio cuenta de que… quizá sí la estaba halagando. Pero no estaba tan mal de la cabeza como para admitirlo. En voz alta—. Se lo preguntaba para asegurarme de que no lo vuelva a hacer nunca más.
Ella ahogó un grito, con los ojos vidriosos al apartar la mirada. Se le escapó un pequeño sollozo, lo que le hizo sentirse como un animal.
—No puede ser que esté llorando — dijo, porque se negaba a creer que fuera real. Se negaba a acabar con La Villana cuando dicha villana estaba tan afectada—. Dígame que no está llorando.
Otro pequeño sollozo, y entonces aquella horrible y deliciosa risa volvió a brotar mientras sus emociones falsas se desvanecían para revelar su alegría genuina y deslumbrante.
—Dioses, ¿siempre es así de fácil de embaucar, alteza?
—¿Y usted es siempre tan difícil? — replicó él, con la mirada fija en el rubor rojo de su pecho, en cómo bajaba cada vez más hasta sumergirse en algún lugar bajo su corpiño.
—Sin duda alguna — respondió ella alegremente, y luego se enrolló un rizo en el dedo y él se quedó hipnotizado.
Esta mujer es una villana de verdad.
Tengo que largarme de aquí.
—¡Señor! ¿Nos echa una mano?
La llamada procedía de uno de los Guardias Valerosos, que seguía colgado boca abajo.
—Sí, sí, hombre, deme un momento. — Pero, cuando se volvió hacia La Villana, ya había desaparecido. La vio huyendo en la otra dirección—. ¡Oiga! — bramó, sintiéndose más frenético de lo que probablemente era necesario.
No necesitaba nerviosismo en ese instante; necesitaba ira.
Necesitaba motivación para atraparla y destruirla.
Se encontró corriendo a toda velocidad, lanzando su corpulento cuerpo sobre el de ella hasta que ambos cayeron al suelo.
Rodó, tratando de amortiguar el impacto al aterrizar, y el dolor en el hombro fue suficiente para dejarlo sin aliento.
—Hola. — Ella parpadeó y lo miró, con los ojos tan abiertos que él juraría haber visto un reflejo de su alma en ellos. Tuvo que apartar la mirada—. ¿Le falta algo? La verdad es que tengo mucho que hacer hoy, así que quisiera irme, si no le importa.
—La he detenido. No puede irse.
—Vaya, lo siento. — Intentó parecer arrepentida, pero él la caló a la perfección—. Se me había olvidado. ¿Embestir a la gente hasta tirarla al suelo forma parte del proceso de detención? ¿O es que usted es uno de esos hombres que se aprovechan de su cargo para acosar a las mujeres?
Trystan se impulsó con las manos para levantarse.
—¡No! ¿Cómo se atreve?
—¿Su deseo de acosar se limita a mí? La humillación siempre es un castigo digno.
—Por supuesto que no — gruñó, apartándose con tanta vehemencia que casi se cae de culo—. Yo nunca… ¿Cómo se atreve a insinuar…?
—Le pido perdón. — Era increíble cómo podía pasar de una crueldad burlona a ser una auténtica dulzura en cuestión de segundos—. No debería haber dicho eso; ha sido descortés. Ni siquiera lo conozco. Reacciono mal cuando me siento abrumada.
Aquella afirmación le provocó una punzada insoportable en el corazón, al igual que el chillido que salió de su boca cuando de repente la levantaron tirándole del pelo y la inmovilizaron con cadenas de hierro.
—¡La tengo! ¡La tengo, alteza! — Uno de los capitanes de la Guardia Valerosa, Meenka, la agarró de la garganta y la atrajo hacia su pecho con una risa zalamera y complacida.
La habían capturado.
Trystan no terminaba de entender por qué ese logro se sentía como un horrible fracaso.