CAPÍTULO 80
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L a mente de Evie tardó varios segundos en asimilar que a su hermano le sobresalía una espada del estómago y que aquellos horribles sonidos guturales salían de su boca.
—¡Gideon! — Evie se dejó caer al suelo y casi se arrastró hasta su hermano, que se había desplomado de rodillas, con las cadenas tintineando, mirando la espada con los ojos muy abiertos y sin pestañear.
Unos ojos como los de su padre. Quien irrumpió desde la línea de árboles enfurecido.
—¡Benedict! ¡¿Qué estás haciendo?! — gritó lanzándose hacia Evie y Gideon, pero Evie levantó las manos encadenadas mientras un sonido salvaje escapaba de sus labios.
—¡No te acerques! — chilló—. Ni se te ocurra acercarte a nosotros. — Aquello no podía estar pasando. ¿Cómo era posible que todos los momentos de esperanza y de bondad terminaran así? En tragedia. En dolor—. Gideon, no te mueras.
Gideon se aferró con fuerza a la espada que tenía en el lateral del estómago.
—Haré lo que pueda, Eve.
—No la saques — le ordenó Trystan por encima del hombro—. Solo empeorarás la hemorragia. Necesitamos a Tatianna. Ella puede arreglarlo.
—No llegará a tiempo — susurró Keeley con más pánico en la voz del que Evie jamás había oído en la capitana.
Evie no la había visto acercarse, pero los guardias parecían haberse retirado a los bordes del claro, procurando que ninguno de ellos tuviera una vía fácil de escape.
—Trystan, ¡eres un curandero de la esencia! ¿Puedes…?
—Me temo que Trystan no puede ayudarla, señorita Sage. — Benedict chasqueó la lengua.
Y Trystan emitió un sonido inhumano ante aquella afirmación.
—Porque tú lo digas.
—Aunque consigas curar la herida, no podrás hacer nada con el veneno porque no existe cura. — Las palabras de Benedict cayeron sobre ellos con pesadez—. No en este mundo. En el más allá, sí. En el Rennedawn de la maldición, sí.
No.
No.
Por favor.
—Tiene magia de luz estelar. — Evie levantó la vista frenéticamente y fijó la mirada en el rey—. Úsela para curarlo.
Benedict observaba la escena con aire triunfal, como si esto fuera lo que quería desde el principio. Atormentarlos hasta llegar a este momento, jugar con ellos como si fuesen presas. Y habían caído en la trampa. No había forma de escapar de esto.
—Estaría más que encantado, pero la magia curativa de este mundo no es capaz de curar este veneno. No le miento, señorita Sage. Puede salvarlo si recita el conjuro que exige el Porvenir. Junto con Gideon, por supuesto.
Gideon le agarró la mano; su querido rostro estaba marcado por tal dolor que a Evie se le partió el corazón por milésima vez.
—No, Evie. No lo hagas. Me lo merezco, de verdad. No pasa nada.
Las lágrimas le quemaban ante la desesperanza de la situación. Hasta entonces siempre habían encontrado una salida, pero esta vez no. Solo había un camino y Evie pensaba atravesar esa puerta antes que permitir que su hermano muriera.
—Creí haberte perdido una vez — susurró, dándole un beso en la mejilla—. Me niego a perderte de nuevo. Todo irá bien.
Esas eran las palabras que solía decirle a Lyssa, palabras en las que siempre había creído. Sintió un profundo alivio al darse cuenta de que, incluso ahora, en ese momento terrible y desgarrador, Evie aún era capaz de encontrar un ápice de optimismo enterrado bajo el dolor.
Todo iba a salir bien. Se encargarían de que así fuera.
Sin importar lo que tuvieran que hacer para lograrlo.
—Está bien — dijo Evie, erguida, con la mirada fija en el hombre que había arruinado su vida de tantas maneras—. Traiga el libro. Le daré lo que quiere.
—Evangelina. — Trystan se tambaleó hacia ella, acercándose lo suficiente como para que pudiera tocarlo.
Evie le acarició la mejilla con los dedos.
—Me prometiste que no existía ningún mundo en el que no fueras a venir a por mí. ¿Lo decías de corazón?
Trystan le clavó la mirada. En ella leía rabia, frustración y miedo, pero también ternura, devoción y un amor inquebrantable.
—Lo decía de corazón.
—Entonces hazme un favor: búscame en el próximo, ¿sí?
Ella atrajo su rostro y le dio un beso desesperado, un beso nacido de todo el dolor que él le había sanado, de todas las partes que había reparado, de lo vital que era para ella, tanto como el aire o el agua. Él era su vida.
Trystan le devolvió el beso con la misma intensidad y fervor, y ella tuvo que hacer acopio de hasta la última gota de su fuerza de voluntad para separarse y tambalearse hacia el libro para convocar la magia que había en su interior.
Griffin dio un paso adelante para quitarle las cadenas que llevaba en las muñecas, y estas cayeron al suelo.
Es posible que viera remordimiento en él, pero imaginó que incluso las almas más desdichadas tenían dudas de vez en cuando, y una pizca de pesar por parte de su padre no le servía de nada.
La niebla se derramó sobre el libro en un remolino de oscuridad, y luego se adentró en las páginas abiertas hasta hacerlo flotar.
—Repite conmigo — dijo Porvenir sin un rastro de arrogancia, solo con la determinación de ver la tarea cumplida—: Reclamo mi Destino tal y como debe ser y le doy rienda suelta al Porvenir.
En medio de su rendición, a pesar de la agonía, Evie encontró el lado positivo de la situación.
Al menos no es una puta rima.
Repitió las palabras, aunque le dejaron un sabor amargo en la boca.
¿Qué les pasaría a todos los demás? ¿A Lyssa? ¿A Trystan? ¿En qué se convertiría el mundo tras esta maldición?
—¿Gideon? — instó Benedict.
Su hermano repitió las palabras que le tocaban ante el libro, proporcionando su magia protectora, y la atención de todo el mundo se centró en él por un momento, de modo que nadie vio cuando Trystan se volvió hacia ella.
—No pueden deshacer el pasado — murmuró—. No dejes que te engañen. Pueden maldecir la tierra y forzarla a convertirse en algo nuevo, pero, hagan lo que hagan, no pueden borrar lo que ya ha sucedido. Cuando todo esto haya terminado, debes recordarlo.
Se escuchó un potente estruendo y una nube de humo mágico explotó donde estaba el libro, cuyos bordes se extendieron hasta envolverlos a todos. Evie sintió pánico. La fuerza del impacto la lanzó al otro lado del campo de dientes de león.
Cuando se incorporó, oyó otro estruendo procedente del mar y vio una masa arremolinada, parecida a una nube, que se dirigía hacia ellos.
La maldición.
Evangelina Sage y Trystan Maverine se miraron a los ojos.
Y echaron a correr. Y corrieron y corrieron. Y se tendieron la mano.
Estaban a punto de tocarse, pero justo antes de lograrlo…
La maldición los engulló.
Y todo cambió.