CAPÍTULO 79
GIDEON
G ideon Sage tenía tantas cosas en su vida de las que arrepentirse.
Había dejado que la carga de dirigir la familia recayera sobre Evie.
Había huido de la presión que suponían los cambios de humor de su madre en lugar de apoyarla en esos momentos.
Había logrado escapar por los pelos de la devoción de su padre por Benedict y de la crueldad que ello acarreaba, pero había permitido que todo eso recayera sobre sus hermanas.
Y, cuando por fin había recuperado la memoria… , había elegido el camino fácil.
El de los cobardes.
Y ahora llevaba décadas acumulando vergüenza. Si sabía algo sobre lo de ocultar las cosas complicadas, era que siempre acababan saliendo a la luz.
Retorciéndose en los brazos del caballero, buscó a Keeley con la mirada. Sintió una punzada de pánico; apenas se dio cuenta del veneno que se abría paso a través de su torrente sanguíneo.
—¿Dónde está? Iban justo detrás de nosotros.
—Deja de moverte, maldito desertor. — El caballero lo levantó de un tirón y le puso una espada en la garganta. Las cadenas que le rodeaban las muñecas estaban tan apretadas que sentía como si le estuvieran desgarrando los huesos.
—¡Keeley! — rugió Gideon, ignorando las órdenes de sus antiguos compañeros.
Dioses, si la tocan…, si le hacen daño…
—¿Dónde está?
—Estoy aquí. Estoy bien. — Aquella suave voz le pareció como hielo sobre su piel en llamas. El corazón le latía desbocado cuando se giró y vio un cuchillo en la garganta de la capitana.
—Ah, sí, muy bien. Se nota. — La respuesta sarcástica de Gideon se perdió entre sus forcejeos por acercarse a ella—. Suéltala.
Le dieron un puñetazo en el estómago y Gideon cayó de rodillas.
Cuando levantó la vista, Evie se abalanzaba sobre él, pero otro caballero la detuvo agarrándola por detrás y esposándole las muñecas para reducirla.
—¿Te acuerdas de estas, Trystan? — se burló el rey—. Antes eran tuyas.
Las esposas que Gideon había imbuido con su magia protectora, que reprimía la magia de quienquiera que las llevara puestas. Otra cosa más de la que sentirse profundamente avergonzado.
Evie estaba indefensa.
Gideon se volvió de nuevo y vio a su padre acercarse al rey. Griffin soltó un grito de indignación antes de endurecer su expresión, apretando los labios.
—Esta brutalidad es innecesaria. Necesitas que ella esté dispuesta a ayudar.
Evie también se dio cuenta, Gideon lo notó por el ligero tic en su mandíbula, pero no mostró ningún indicio de que la preocupación de su padre la conmoviera. En cambio, la respuesta inmediata de su hermana fue… reírse.
—¡Dioses! — Evie se zafó de los guardias y estos se lo permitieron. Mientras, los ligeros sonidos de su alegría se elevaban hacia el cielo. Bajó la cabeza antes de levantar la vista con una expresión irremediablemente divertida—. La preocupación por mi bienestar es halagadora, pero llega tarde.
Griffin la contempló con ira.
—No busco tu perdón.
Ella esbozó una sonrisa amenazante.
—Bien. Porque nunca lo tendrás.
Gideon intentó ayudar, acercándose poco a poco, pero los guardias le soltaron los brazos y cayó al suelo con un ardor en el pecho que le impedía mantenerse en pie.
—Eve.
Su hermana lo miró a los ojos y él le dirigió un gesto rígido con la cabeza, esperando que ella lo interpretara como un: «Estoy bien. ¿Y tú?».
Ella le devolvió el gesto, y su sonrisa burlona se suavizó antes de volverse hacia los hombres que sujetaban a Trystan.
—¿Qué va a hacer exactamente si no obedezco? ¿Dejar que el veneno mate a mi hermano? ¿Tiene alguna fijación con atacar a los hermanos? ¿Es el síndrome del hijo único?
—No les demos ideas — dijo Gideon, tratando de ignorar que varias espadas estaban desenvainadas y a punto de atravesarlo.
Benedict hizo un gesto de desprecio con la mano hacia Evie.
—Señorita Sage, por favor. Simplemente le estoy dando a elegir: o procede a lanzar esta maldición o su hermano nunca recibirá la cura.
—No elijas, Evie — le pidió Gideon—. No entres en este juego. No eres responsable de nada de lo que hagan.
Evie lo miró con una expresión indescifrable, sorprendentemente parecida a la resignación. Era una mirada que jamás había visto en el rostro de su hermana. Siempre había habido un impulso, unas tuercas girando, una energía que parecía manejar en cantidades inagotables.
La mirada de este momento no era más que una sombra de aquella.
—Sage — la llamó Trystan con cautela.
Pero Evie los ignoró a todos y se dirigió únicamente al rey cuando preguntó:
—¿En qué consiste la maldición?
—¡Evie, no! — gritó Gideon.
Benedict pareció sorprendido; abrió mucho los ojos durante una fracción de segundo antes de controlar su expresión.
—Necesitaré los poderes de todos los hijos de la familia Sage. Tengo un poco de la magia estelar de Lyssa en la flor de la memoria; afortunadamente, creo que será suficiente para que podamos dejar a la niña al margen de esto.
—No vuelvas a pronunciar el nombre de mi hermana — espetó Evie.
—Te refieres a la magia de nuestra madre. Eso es lo que hay dentro de la flor. No la de Lyssa. Lyssa no tiene nada que ver con esto — objetó Gideon mientras una oleada de miedo le cortaba la respiración.
El rey Benedict suspiró.
—Se me olvida la cantidad de secretos que hemos guardado de tantos que hay.
La magia que le «robé» a su madre no era suya.
Al igual que usamos la flor para transferir la magia de Evie a Trystan, cuando nació Lyssa, su madre tuvo que asumir cargar con la magia de la luz estelar para que Lyssa pudiera tener una vida normal. Resulta que solo conseguimos una gota.
Una vida normal. Claro. Si por normal se entendía cabezas cortadas como saludo matutino y un ogro como compañía.
—¿Por qué se la quitaron a nuestra madre y la devolvieron a mi hermana? — preguntó Evie—. ¿Por qué pasar por todo este embrollo si el plan era la maldición desde el principio?
—La maldición nunca formó parte del plan — masculló Porvenir, y sus palabras crearon una atmósfera siniestra sobre el campo de dientes de león—.
Tejí la historia perfecta, pero vosotros la destruisteis con vuestras intromisiones y vuestras decisiones.
Lo que estamos a punto de hacer no es una maldición, sino una corrección.
Una oportunidad para que se produzcan los acontecimientos que deberían haber ocurrido si ciertas personas no hubieran intentado frustrar mi voluntad.
—¿Y qué hay de la voluntad de Destino? — preguntó Gideon, tratando de desviar la atención de Evie.
—Destino es débil — espetó Porvenir—. Yo soy la verdadera narradora. Yo decido el camino de los seres de este mundo, y prefiero que se destruya antes que renunciar a ese control. Estoy corrigiendo un error. De lo contrario, Rennedawn no sobrevivirá.
Benedict colocó la flor de la memoria ante ellos, luego se volvió hacia Evie y le tendió la mano.
—Venga, señorita Sage. Conozca su verdadero destino. La ha estado esperando.
—No — se opuso Trystan, zafándose de los brazos de los guardias y agarrando la espada más cercana. Incluso bajo semejante amenaza, se interpuso ante la hermana de Gideon y toda aquella horda de gente—. Nos vamos.
Los ojos de Benedict se posaron en su hijo con desagrado.
—Imagino que crees que puedes salvarla. Pero la vida que te prometo es aquella con la que solías soñar, Trystan.
Una en la que el pueblo de Rennedawn te adora, en la que haces buenas obras por los demás.
Eso es posible en otro mundo. Es posible si te apartas y nos permites que acabemos con esto.
En este mundo tal y como está, tu estatus como El Villano se está desvaneciendo y, cuando se esfume, cuando la gente encuentre a alguien nuevo a quien odiar como ya han hecho con Evie, ¿qué crees que pasará? ¿Qué papel desempeñarás?
Los ojos negros de Maverine se oscurecieron aún más.
La espada se tensó a su lado y los músculos de sus hombros también.
Apretó la mandíbula mientras daba un paso adelante y luego otro.
Sin apartar la mirada de su oponente, Gideon maldijo los grilletes que le sujetaban las muñecas y le impedían intervenir.
Pero entonces Maverine hizo algo que pareció sorprender no solo a Benedict, sino también a Porvenir. Esbozó una sonrisa tan amplia que se le marcó un hoyuelo en la mejilla.
—El papel que me permite quedarme a su lado.
—Como un perrito faldero — se burló Benedict.
Nadie se movió cuando Trystan Maverine se abalanzó hacia delante, agarró al rey por el cuello y tiró de él hasta quedar lo bastante cerca como para que oyera su susurro. Un susurro que resonó por todo el campo, haciendo que más copos de diente de león se elevaran en el aire:
—Como su marido.
Benedict se atragantó con la palabra, al igual que Gideon, pero Evie…
La mandíbula de Evie estaba tan abierta que a Gideon le preocupó que se le cayera al suelo.
—¿Me estás pidiendo matrimonio… aquí y ahora? — exclamó su hermana, y el resto de los espectadores parecieron apartar la vista al unísono.
Maverine arqueó una ceja sin desviar la mirada de Evie mientras arrojaba a Benedict a un lado como si fuera una bolsa de basura. Se dirigió hacia ella con pasos decididos.
—No. Solo estoy diciendo que tengo intención de hacerlo.
Los ojos de Evie estaban tan abiertos mientras miraba al hombre que en su día había sido su jefe que parecían los de un búho.
—Benedict, ya está bien — espetó Porvenir—. Me esperan otros reinos que atormentar; no tengo tiempo para esto. Me prometiste que la maldición se haría efectiva antes de que acabara el día.
Su larga trenza cayó del hombro hacia la espalda al moverse.
—Trae el nuevo libro — ordenó Benedict, limpiándose la sangre del labio.
Y cuando abrieron el libro de La Historia de Rennedawn en el suelo, las páginas en blanco comenzaron a moverse rápidamente.
Las manos de la criatura trazaron un círculo, creando un ciclón de luz resplandeciente que salpicaba la página mientras una voz ancestral salía de sus labios.
—En esta historia, un nuevo relato hemos de tejer, donde todo volverá a ser lo que debe ser.
—Y dale con las rimas… — refunfuñó Evie, pero su sentido del humor se esfumó cuando la luz estelar de la flor del recuerdo se deslizó entre las hojas del libro, inyectándole un brillo tan abrumador que todas las personas del campo se estremecieron y se taparon los ojos.
—Ahora usted, Gideon Sage. — El rey Benedict le dedicó una sonrisa de ánimo—. Le prometo que disfrutará de lo que hay al otro lado. Para empezar, allá hay una cura para el veneno que está a punto de matarlo.
Ahora salía humo del libro, un humo que no se parecía en nada al que procedía de algo natural como el fuego. Esto era magia; era peligro.
—No pienso hacerlo.
—Solo necesito una gota de su sangre — le informó Benedict—. Ni siquiera tiene que ofrecerme su magia.
—¡He dicho que no! — rugió Gideon, empujando al guardia que lo sujetaba y lanzándose contra Benedict.
De pronto sintió un pinchazo agudo y un dolor punzante en el abdomen. La repentina sacudida no caló del todo en él hasta que bajó la mirada.
Y vio una espada… clavada en su estómago.