CAPÍTULO 78
evie
E vie, a falta de una palabra mejor, explotó.
Su magia oscura se arremolinó alrededor de sus manos, retorciéndose entre el follaje hasta que todas las personas que percibía escondidas entre los árboles se quedaron paralizadas bajo su voluntad. No pudo detenerlo, ni siquiera cuando ese poder envolvió a Trystan, dejándolo inmóvil.
—¡No! ¿Cómo lo hago para…? ¡No era mi intención atraparte! — gritó, ordenando con la mente que la magia lo soltara.
Trystan parecía imperturbable, por no decir ligeramente divertido.
—Le he hecho esto a mucha gente y, ahora que lo pruebo, la verdad es que no me gusta nada.
—¡Ay! ¡No! ¡Magia mala! — Evie agitó las manos, pero la magia solo lo apretó más—. ¿Te duele?
—Es como un abrazo — respondió Trystan entre dientes.
—¿De verdad? — Evie entreabrió los labios.
Él suspiró.
—No, Sage, siento como si me estuvieran estrujando los órganos. Respira hondo. Tú tienes el control.
—No es cierto — dijo ella con la voz quebrada, sintiendo cómo la oscuridad comenzaba a engullirla—. No tengo el control de nada. Nunca lo he tenido.
—Sí que lo tienes — replicó Trystan con determinación, luchando contra la niebla, aunque sin éxito. De pronto, una luz iridiscente empezó a brillar desde lo más profundo de su ser, desde donde se almacena nuestra esencia, y su pecho resplandeció con cientos de colores diferentes.
Un curandero de la esencia.
La magia de Evie se apartó para dejarle paso, haciéndole hueco al color en medio de tanto gris.
Trystan atravesó la niebla y agarró a Evie por los hombros.
—Quédate aquí conmigo.
Se le hizo un nudo en la garganta y la niebla se disipó lentamente hasta desaparecer, dejándolos solos a Trystan y a ella… y a los demás desafortunados que se interponían en aquel momento tan romántico.
—Puede que coquetear no sea tu fuerte, pero tus declaraciones de amor están muy bien logradas.
Él sonrió, dejando entrever un hoyuelo.
—He estado leyendo muchas novelas románticas.
Luego se volvió hacia Benedict.
—Menudo ambiente tan acogedor. Nos estabas esperando, ¿verdad? — le preguntó Trystan a Benedict—. ¿Cómo has vuelto al norte tan rápido?
—Soy el rey. — Benedict pisoteó los dientes de león mientras caminaba por la hierba—. Y sabía que los dos querríais completar la maldición juntos.
—Siempre ha sido mi sueño — las palabras de Evie fueron secas, pero su cuerpo estaba en alerta máxima—, ayudarte a destruirnos.
Benedict fingió una expresión de dolor, llevándose la mano al pecho.
—¡Me duele que pienses que sería capaz de destruir a mi único hijo!
¡Pero si es mi heredero! El futuro del reino.
Sería una negligencia por mi parte perderlo.
Y en cuanto a usted, señorita Sage, en fin…
Realmente no hay forma de ser el bueno sin que alguien más sea el malo. Lo ha hecho bastante bien.
La luz que hasta hacía un momento brillaba sobre los dientes de león se redujo a una sola franja plateada que flotaba en el aire, en medio del campo.
Y entonces esa misma luz… se transformó y tomó la forma de una mujer de tez impecable, con una larga melena oscura recogida en una trenza que le recorría toda la espalda y varias joyas de oro y otros materiales. Evie la reconoció de inmediato.
—La criatura del porvenir.
—Por favor, llamadme simplemente Porvenir. — La voz de la mujer era como la miel, rebosante de dulzura, tal vez para ocultar su lado amargo—. Siento que te conozco; bueno, al fin y al cabo, somos casi familia.
Evie suspiró.
—A ver, tienes un extraño deseo de venganza contra mí, así que encajarías perfectamente con mi historial familiar.
Benedict le hizo un gesto.
—La familia Sage es una maravilla, ¿verdad? Un hijo destinado a proteger, otro a salvar y otro a…
—Destruir — terminó Evie por él, poniendo los ojos en blanco de nuevo—. Sí, sí, ya hemos hablado de esto. Soy la perdición del reino, voy camino de la destrucción definitiva, tengo un árbol genealógico atroz… ¿Qué más tiene? Porque nada de eso me convencerá de ayudarlo.
—En ese caso — espetó Benedict—, ¿por qué no sacamos a relucir su programa de incentivos?
Por primera vez desde que Evie había tomado el control de su poder, sintió una pequeña punzada de miedo.
—¿Qué incentivos?
—Le daré dos opciones. Ayúdenos a poner en práctica la maldición y salvar a Rennedawn o deje que Rennedawn perezca, que la magia se extinga y la tierra con ella. Ah — espetó Benedict haciendo un gesto con la mano, y las cadenas le tintinearon—. Y tu hermano morirá.
Arrastraron a Gideon hasta la pradera mientras tosía, con marcas negras en su torso desnudo, muy parecidas a las que lucía Marvin.
Veneno.
Excepto que, a diferencia de Marvin, este veneno estaba prácticamente a la altura del corazón de Gideon.