CAPÍTULO 77
TRYSTAN
A petición de Trystan, Fowler no los llevó hasta la mansión.
Y es que, al registrarse los bolsillos, había descubierto que la maldita llave había desaparecido.
—Vosotros vais a volver a la mansión para dejar la ventana y yo iré a la capital — ordenó después de que aterrizaran en un bosque cercano—. Sin duda, ahí es donde se dirigen. — Le entregó el trozo de vidriera a Tatianna.
—¿Entiendo que Evie va contigo? — Malcolm señaló en la dirección hacia la que Evie ya estaba corriendo.
Maldita sea.
—Volved a la mansión — repitió Trystan, sin saber muy bien por qué sentía la necesidad de detenerse y darse la vuelta—. Y lo siento — les dijo a sus hermanos. La traición de Alexander era demasiado dolorosa como para expresarla, así que se limitó a decir—: Por todo.
Malcolm y Clare lo abrazaron y él se quedó paralizado, incómodo. Parecía que eso era lo más similar a una sesión de duelo entre hermanos que iban a tener.
—Muy bien. Es suficiente. — Les dio una palmadita en la espalda a ambos. Era bueno constatar que, aunque su padre se había ido, aún se tenían los unos a los otros.
—Vuelve pronto, cabeza de chorlito. Tenemos pendiente una cena familiar. — Clare sonrió con tristeza—. Y ahora ve. Yo de ti me daría prisa; es rápida.
Trystan levantó los brazos.
—Por supuesto, qué mejor momento que ahora para desarrollar esa habilidad.
Sage se movía a una velocidad irracional para ser una mujer con las piernas tan cortas.
—¡Corres con tanta determinación porque se te ha ocurrido un plan, espero! — le gritó Trystan.
Ella se detuvo, dejó que la alcanzara y luego reemprendió la marcha. El sol aún brillaba alto en el cielo, ofreciéndole algo hermoso que contemplar.
—Debes de estar destrozado — dijo ella sin apartar la vista del camino—. Por lo de Reymundo, me refiero. No me puedo creer que haya…
—Yo sí.
Sage agudizó la mirada ante aquel comentario.
—Espera, ¿le has mentido? ¿Sí que sospechabas de él? ¡Y no me lo dijiste!
Trystan se la quedó mirando.
—Tú sospechabas que tu padre era el traidor y no me lo dijiste.
Ella ya tenía la boca abierta, dispuesta a seguir gritando, pero se detuvo y la cerró.
—Se me había olvidado eso — refunfuñó—. ¿De verdad lo sabías? ¿Por eso tenías a Fowler esperando?
—No, no lo sabía como tal. No ha sido hasta que lo he visto apuntándote con un cuchillo a la garganta que me he permitido creerlo.
Sin embargo, sabía que algo había cambiado.
Sabía que tenía que enviar un cuervo a por Fowler por si el rey daba algún paso en falso.
Pero no, Sage, no sabía que los pasos en falso vendrían de Alexander.
Y joder si dolía. Porque a él seguía importándole su amigo.
—No puedo culparlo del todo. Lo he visto muy convencido de que la maldición debía cumplirse. Y estaba atrapado en el cuerpo de una rana. ¿Qué tenía que perder?
—A ti. — La voz de Sage se quebró al pronunciar esa palabra—. A su hogar.
Algo se desató en su pecho, una especie de tenaza que se había instalado ahí desde que se convirtió en El Villano. Porque estaba de luto, y dolía, pero ella seguía allí.
—Creo que no me había dado cuenta — dijo con asombro, apartándole un rizo de los ojos.
—¿De qué? — Lo miró con extrañeza, probablemente porque él estaba haciendo lo mismo.
—De que mi hogar ha dejado de ser la Mansión Masacre. — Le dio un beso lento, saboreando el momento, como si fuera la última vez—. Ahora eres tú.
Un sonido grave y retumbante resonó como un eco de sus sentimientos. Intentó ignorarlo, pero cada vez se hacía más fuerte… y estaba más cerca.
—¿Qué es eso? — preguntó Sage, aferrándose a su pecho con el rostro arrugado en una adorable mueca.
—No lo sé. Suena como… No puede ser. ¿En serio? ¿Ahora?
—¿Puede el mundo dejar de acabarse un momento para que podamos tener un ratito para nosotros? — refunfuñó Sage saltando a su lado—. ¡Quita esa cabezota, que no veo!
—Mi cabeza no es tan grande.
—Vale, pues quita tu cabecita para que pueda ver… Ay, Dios mío. ¿Es eso una turba enfurecida?
En efecto. Conocía bien esa imagen. Las horcas agitándose, las antorchas en alto a pesar de que la luz del día les iluminaba el camino, los gritos estridentes exigiendo la muerte de El Villano.
Pero entonces escuchó un detalle que lo dejó paralizado.
Estaban llamando a Evie Sage.
—¿Vienen a por… mí? ¿A por mí específicamente? — preguntó Sage con la voz muy aguda.
Trystan reconoció ese sonido y supo que si la miraba no encontraría lágrimas de desesperanza, más bien todo lo contrario.
—Un momento histórico. Qué pena no tener un retratista a mano para inmortalizarlo — murmuró en respuesta a la sonrisa radiante de Sage.
—Soy consciente de que estás siendo sarcástico, pero nunca había tenido a toda una turba persiguiéndome. Es muy halagador. — Se tamborileó con los dedos en los labios, observando cómo el grupo se acercaba—. ¿Qué se hace cuando una turba te persigue?
—Cortarles la cabeza.
—Ah. — Sage frunció el ceño y torció la boca—. ¿Hay alguna opción menos sangrienta? Apenas pude soportarlo la primera vez.
—Correr. — Lo dijo como si fuera una acción inevitable en lugar de una elección.
—¿Y una menos aburrida? — preguntó ella con descaro.
—¡Ahí está! — gritó un aldeano, y a Sage se le acabaron las bromas.
Lo agarró de la mano y empezó a tirar de él, echando a correr a toda velocidad, lo que lo obligó a seguirla, adentrándose más en el bosque.
—¿No has dicho que correr era aburrido? — la provocó.
Cuando la sujetó por las caderas para casi lanzarla por encima de una hilera de arbustos verdes, la sensación de tenerla bajo sus manos fue suficiente para distraerlo de los peligros.
Sus dedos permanecieron listos para agarrarla de nuevo incluso después de soltarla.
—Solo si nadie te persigue — repuso ella con esa siniestra media sonrisa que habría puesto de rodillas a cualquier mortal.
No pudo evitarlo.
Le cogió la mano y tiró de ella con fuerza hasta que se salieron del camino, ocultos entre la maleza, y la empujó contra un árbol.
Sus labios se posaron sobre los de ella antes de que pudiera formular una pregunta, pero no pareció importarle. Evie lo agarró del pelo y lo apretó contra ella.
El efecto de sus labios moviéndose contra los de él y sus lenguas rozándose le arrancaron un gruñido de lo más profundo de la garganta.
Primero de placer, luego de dolor cuando supo que el momento tenía que acabar.
De hecho, a punto estuvo de acabar él también.
La soltó y le dio un beso en la mejilla antes de apartarse, satisfecho de cómo la había dejado.
Asalvajada. Con las pupilas dilatadas, los labios hinchados, el pecho agitado, las mejillas enrojecidas y un color que le bajaba por el cuello hasta desaparecer en el escote.
Era una sensación extrañamente posesiva, saber hasta dónde llegaba ese rubor, conocer los secretos de su cuerpo como nadie más los conocía. Evangelina lo había despojado de todo civismo; no era mejor que un animal que protege a su pareja.
De repente sintió una gran empatía por el gubre.
—¿Es hora de irse? — Ella parpadeó lentamente—. ¿Ya?
La multitud era más escasa que antes.
—Creo que han pasado de largo. Ven, conozco un atajo.
—¿Estás seguro de que no somos unos necios por ir tras la llave en lugar de centrarnos en cumplir la profecía? La criatura del porvenir dijo que la maldición no se cumpliría hasta tres amaneceres antes de la víspera del Día de los Muertos. Todavía faltan casi dos meses.
—No, lo que dijo la criatura del porvenir fue que esa es nuestra última oportunidad para liberarnos de la maldición.
No hay nada que diga que Benedict no puede cumplirla durante los momentos más poderosos del día.
Como bien dijo Edwin: amanecer, mediodía, atardecer.
— Trystan señaló la luz que se atenuaba con la puesta de sol—.
Necesitamos la llave. Y la necesitamos ahora.
Siguieron andando por el bosque en el que habían pasado tanto tiempo: huyendo para salvar sus vidas, enamorándose, descubriendo que había una vida por vivir. Recorrieron los caminos de tierra hasta que encontraron un claro.
Completamente lleno de dientes de león.
Sage se detuvo a su lado.
—Conozco este lugar.
Trystan miró a su alrededor. Tenía razón: había algo que a él también le resultaba inquietantemente familiar.
Los dientes de león comenzaron a brillar y ella abrió los ojos.
—Trystan, tenemos que irnos.
Él no lo cuestionó, solo le tomó la mano y dio media vuelta.
Hasta que Benedict salió de entre los árboles, al otro lado del campo, con una sonrisa que recordaba demasiado a una de victoria.
—Por mí no os vayáis. La diversión no ha hecho más que empezar.