Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 76
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CAPÍTULO 76

GIDEON

G ideon aún recordaba su primer día en la Guardia Valerosa y el juramento que había hecho de proteger a los inocentes. Puede que ya no fuera un caballero, pero ese juramento seguía vigente.

—¿De dónde ha salido esa lanza? — bramó con una ira palpable, tan tangible que casi podía saborearla.

Blade y Rebecka corrieron hacia el gubre macho. Fergus. El animal tenía un nombre. Y un alma. Y una lanza mortal clavada en el vientre, una que llevaba el emblema de Benedict.

Clarke y Cassandra lo rodearon. Lulu dejó escapar un grito cuando se inclinó para tocar con su hocico el pecho de Fergus, que apenas se movía, y escuchó sus lastimeros suspiros de dolor. Destino lanzó el chillido más potente que Gideon había oído en su vida. Un sonido que lo perseguiría.

—¡¿De dónde?! — repitió Gideon.

Keeley lo agarró del brazo y señaló.

—Ha venido de allí. Dame un momento, reúno a un equipo y…

Gideon no tenía ni un momento. Tenía su ira, su inútil magia protectora y ningún respeto hacia su propia seguridad. Echó a correr a toda velocidad, traspasó las puertas, el bosque de espinas, ignorando cómo le cortaban la piel, y, cuando llegó al otro lado, siguió corriendo.

Corrió hasta que se topó con ellos.

Guardias Valerosos, cinco en total, cargando otra lanza, listos para atacar. Listos para matar. Él había sido uno de ellos. Esa idea nunca le había provocado más repugnancia que en ese momento. Habría vomitado, pero tenía el estómago vacío y el corazón destrozado.

—¿A cuál le hemos dado? — preguntó un caballero.

—¿Qué más da? El rey dijo que derribáramos tantos como pudiéramos. Volved a cargar el arma por si vemos a otro.

—¿De verdad crees que después de eso va a salir volando otro? — apostilló un tercero con escepticismo.

—Son animales — se rio el que estaba al mando—. ¡No piensan como las personas, cabeza hueca! ¡Recargad!

La sangre chorreaba por las heridas abiertas de los brazos de Gideon, además de por las que tenía en las mejillas.

Sintió que los cortes le ardían cuando cogió su espada y corrió hacia los caballeros con el arma en alto.

Al atravesar al primero, giró sobre sí mismo, aprovechando el efecto sorpresa para acabar con otro.

La hoja hizo un sonido repugnante y húmedo cuando la arrancó del abdomen del hombre. Titubeó, y ese instante le costó caro.

Cayó al suelo con un grito. Sobre él, una espada a punto de ensartarlo. De pronto escuchó un chillido y apareció Keeley. Le rompió el cuello al caballero que tenía encima y le clavó la espada a otro.

Quedaba uno. No se había quitado el yelmo, así que Gideon no tenía forma de saber si lo reconocía.

Daba igual.

El acero de sus espadas chocó. Forcejeó con el hombre hasta que ambos cayeron al suelo, rodando, con las armas volando por los aires.

Gideon lanzó un puñetazo que levantó la visera del casco.

Debajo encontró el rostro de un capitán del regimiento al que en su día había admirado.

Un Guardia Valeroso que él consideraba que se había ganado el título.

Sin embargo, la realidad era que no había nada de valeroso en trabajar para un rey que odiaba a su pueblo.

—Fuiste un buen recluta. Un miembro prometedor de la Guardia Valerosa — espetó el capitán.

Gideon agarró la daga que llevaba a la cintura, la desenvainó y la levantó en alto.

Entonces, con un odio capaz de quemar bosques, dijo:

—Yo pertenezco a la Guardia Malévola.

La daga descendió.

Pero la satisfacción por el asesinato no duró.

Porque en ese instante oyó un grito de Keeley.

Y todo se volvió oscuro.