CAPÍTULO 75
reymundo
S e había acabado.
Lo peor había ocurrido por fin.
Y a cambio solo había perdido a todos aquellos a quienes amaba.
—¿Tú… tú lo sabías? — Alexander había sido tan cuidadoso, tan meticuloso… No podía creer que su amigo hubiera permitido que las cosas llegaran tan lejos aun sabiendo lo que pasaba.
—No. No lo sabía. — Trystan se rio con ironía—. Nunca habría sospechado de ti. Y eso tú lo sabías, ¿verdad? Confiaba en ti. Te quería como a un hermano desde que éramos niños, Alexander, y por eso ignoré todas las señales de alarma que tenía delante de las narices. Pero ahora las veo. Te veo.
—No deseaba que llegáramos a esto, Trystan. — Su voz sonaba más suave tras días de práctica, pero el tono cortante seguía ahí. Quizá ya nunca lograría desprenderse de él.
—¿Ah, no? — El de Trystan, en cambio, era letal—. Entonces, suéltala.
Alexander apretó la hoja contra el cuello de Evie.
—Necesito la ventana. Dámela y no le pasará nada.
—No vas a hacerme daño, Reymundo — se atrevió a decir Evie.
Alexander no podía soportar aquella situación, aunque tenía que ser fuerte. Había intentado no ensuciarse las manos, mantenerse al margen, pero no había otra forma de acabar con esto. Solo tenía una opción.
—Lo haré si es necesario — respondió con firmeza—. En esto, Evie, somos adversarios.
La mirada de Trystan era fría como el hielo.
—¿Desde cuándo?
—Benedict contactó conmigo cuando me escapé de la mansión hace ocho meses. Justo antes de que tú me encontraras.
—El día que conocí a Evie — concluyó Trystan.
Alexander tragó saliva.
—Efectivamente. Ese día empecé a trabajar con él para intentar impedir que cumplieras la profecía.
Tatianna se acercó y él apretó con más fuerza la empuñadura del cuchillo.
—¿Por qué? ¿Por qué aceptaste un acuerdo así?
Alexander volvió a tragar.
—Porque la maldición debe cumplirse. Para que se salven todas vuestras vidas.
Evie se movió entre sus brazos, empujando contra la hoja afilada y provocándose un corte en la parte superior del cuello. Él lanzó el cuchillo al suelo como si fuera un monstruo y cayó hacia atrás, agarrándose al árbol para no perder el equilibrio. Le temblaban las manos.
—Perdón por asustarte, es que me estaba cansando ya. — Evie se frotó el cuello y Trystan siguió con la mirada el movimiento y el hilo de sangre que se deslizaba hasta su clavícula—. Os he dicho que no me haría daño — añadió con ligereza.
—Hay una herida en tu cuello que no estaba ahí hace un momento. — Si las miradas mataran, la de Trystan lo habría destripado—. Por tanto, discrepo.
—¡No quisiera interrumpir esta bienvenida! — exclamó Malcolm, resoplando mientras corría hacia ellos—. Pero os quedan unos cinco minutos antes de que ya no se pueda entretener más al rey. ¿Algún plan de escape?
—No hay ninguno — murmuró Alexander, a sabiendas de que los había llevado a un callejón sin salida.
Un puñetazo de Trystan era lo menos que podía esperar en aquella situación, pero aun así el golpe lo cogió por sorpresa y lo tiró al suelo. Malcolm empujó a su hermano hacia atrás y Clare se arrodilló junto a Alexander con las manos en el aire, diciendo:
—En realidad, sí que hay un plan de escape.
—¿Era esa mi señal? — preguntó una voz, oculta en uno de los árboles más altos.
—Sí, lord Fowler. — Trystan se alejó del claro mientras el artilugio volador de lord Fowler se acercaba. El excéntrico hombre que se había divertido no hacía mucho secuestrándolos en su fiesta temática aterrizó con cuidado—. ¿Tiene la ventana?
—La llevo aquí bien guardada — confirmó él, e hizo un saludo militar. Su espeso bigote se movió al compás del gesto.
—Trystan, te lo ruego — suplicó Alexander a su amigo de toda la vida, echando de menos los días en que solo necesitaba una palabra para expresarse—.
La maldición debe cumplirse. Rennedawn necesita romperse por completo antes de recomponerse, igual que esa ventana.
Cumplir la profecía en esta fase es como poner una tirita en una herida de espada que no para de sangrar.
—¿Cómo lo sabes? — preguntó Tatianna—. Benedict es un mentiroso, Alexander.
No mentía sobre esto. Alexander lo sabía con certeza.
—Llegados a este punto, no tiene necesidad de mentir. Si creyera que la profecía le va a permitir apropiarse de Rennedawn, ¿no crees que estaría haciendo todo lo que estuviera en su mano para cumplirla en lugar de sabotear vuestros intentos?
Trystan reflexionó sobre sus palabras, ladeando la cabeza.
—Si todo esto fuera un gran plan para salvarnos, ¿qué necesidad habría de mantenerlo en secreto?
Alexander cerró los ojos con fuerza.
—Sabía que alguien tendría que hacer la parte difícil para salvarnos a todos. Alguien tendría que ser quien tomara la decisión que nadie querría tomar. ¿Qué más daba si era yo u otro? — Bajó ligeramente la voz—. Yo solo era la rana.
—Siempre fuiste mucho más que eso. — Clare apretó los labios hasta formar una fina línea.
—La profecía se va a cumplir — dijo Trystan—. Te has equivocado.
Alexander se atragantó con la siguiente frase:
—Espero que tengas razón.
—Tenemos que irnos, Villano — avisó Lord Fowler mientras ayudaba a Tatianna, Clare y Malcolm a subir—. Hay sitio para dos más a bordo.
Evie se interpuso entre ellos.
—No podemos… No, no podemos irnos así.
—Yo no voy con vosotros. — Alexander esperaba recibir otro golpe cuando Trystan se acercó a él, pero, en cambio, su amigo del alma optó por darle un abrazo—. ¿Qué… qué estás haciendo?
—Una mujer muy sabia me dijo una vez que hay muchas cosas que se pueden resolver con un abrazo.
Estoy… — Inspiró profundamente—. Estoy muy enfadado contigo.
Pero, cuando te des cuenta de que Benedict te ha engañado, te estaremos esperando…
en casa. — Parpadeó rápido, frotándose los ojos con el dorso del brazo.
Alexander no se molestó en ocultar las lágrimas que le ardían en los ojos mientras veía a su amigo marcharse con la mujer que amaba.
La cesta despegó y siguió el movimiento con la mirada, esperando hasta que estuvieron demasiado altos, demasiado lejos para ver lo que había sacado del bolsillo de Trystan.
—Príncipe Alexander — Benedict apareció a su lado—, ¿lo ha conseguido?
No miró al rey; sabía que su odio hacia él sería demasiado obvio. En su lugar, se limitó a entregarle lo que guardaba en la mano.
La llave.
El ancla.
Ahora sí que se había acabado.
Y jamás se lo iba a perdonar.