Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 74
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CAPÍTULO 74

blade

–¿T u abuela se encuentra bien? — le preguntó Blade a Roland, acompañándolo a él y a Marv a paso ligero hasta el patio, donde Lyssa estaba con los gubres.

—Cada día más enferma, pero siempre de buen humor — respondió Roland—. ¿Dónde está mi hermana?

—Está de camino. — Blade se detuvo, observando a los otros hermanos Fortis que, inesperadamente, se habían sumado al grupo—. Sois conscientes de que se va a enfadar mucho cuando sepa que habéis venido todos, ¿verdad?

Reid Fortis esbozó una de sus sonrisas encantadoras.

—¿Por mí también? Piensa que soy su favorito.

Roland resopló.

—El que no se consuela es porque no quiere.

—¡Dije que uno de vosotros lo trajera! — La voz de Rebecka era la de una mujer a la que se había desobedecido de forma flagrante. Daba miedo.

Y Blade lo estaba disfrutando de lo lindo.

—Pensamos que era más seguro que viniéramos todos — explicó Reid jovialmente, dándoles una palmada en el hombro a Roland y a Raphael.

—¿Para quién? — preguntó ella, acercándose con los brazos cruzados y una ceja enarcada.

Reid se rio y empujó a Raphael hacia delante.

—Rapha, dile las ganas que tenías de verla.

—Tenía ganas de verte — refunfuñó Raphael.

Rebecka puso los ojos en blanco, pero Blade pudo distinguir un leve atisbo de sonrisa.

Estaba contenta de que hubieran venido.

Y ahora Blade también.

—Eh, Marv, no te había visto, compañero. ¿Cómo estás? — El domador de dragones le dio una palmada en el hombro y Marv hizo una mueca de dolor.

Roland lo rodeó con un brazo para sujetarlo.

—Las flores con las que lo estaba tratando dejaron de surtir efecto. El veneno no se ha acercado al corazón, pero se está debilitando.

—Llevadlo al patio — ordenó Keeley, bajando los escalones de un salto—. Puede que tengamos una solución.

Bajo la luz del sol, Destino se hallaba de pie junto a sus dos grandes creaciones. La gubre hembra inclinó la cabeza para rozarla con el hocico.

—Lulu no producirá más veneno hasta que vea a sus crías — dijo mientras se acercaban—. Y Fergus corre el riesgo de derretir todo lo que toque con su aliento.

—Había un chico en mi clase que tenía ese problema — comentó Lyssa con expresión seria.

Becky arqueó las cejas.

—Supongo que Lulu y Fergus son los gubres adultos, ¿no?

Destino chasqueó la lengua.

—¿Han coincidido con ellos en numerosas ocasiones y nunca se han interesado por sus nombres? Qué malos modales…

—Que intentaran matarme la primera vez no ayudó — respondió Rebecka con sequedad. Sus modales eran impecables.

—¿Puede garantizarnos que no se escaparán en cuanto traigamos a las crías? — preguntó Blade retorciéndose las manos. Se sentía fatal por mantener a la familia separada, pero no podían encerrarlos a todos de nuevo sin sufrir las consecuencias de la anciana que los observaba con esas enormes gafas.

—No. — Destino se encogió de hombros—. Estoy en contra de interferir en mis creaciones. Eso es cosa de Porvenir.

—¿Podría hacer una excepción? — insistió Rebecka—. Usted misma dijo que no le parecía bien que existiera el mal místico. Esto podría erradicarlo.

Destino suspiró y le dio otra palmadita a Lulu antes de dirigirse a ellos.

—¿De verdad cree que no ha habido un millón de ocasiones en las que he querido intervenir? Pero ir en contra de mis principios pondría en peligro la esencia misma de mi existencia. Desaparecería.

—Si perdemos a los gubres, perderemos a mi abuela. Y habrá innumerables ciudadanos de Rennedawn que seguirán sufriendo porque usted no ha querido hacer nada — la acusó Rebecka con el rostro contraído.

—Querida, mi vida es tan larga como un hilo sin fin. — Destino parecía comprensiva, pero también impasible—. Esta no es la primera tragedia que presencio. Sufro con cada una de ellas.

—¿De verdad no piensa hacer nada para asegurarse de que se queden? — preguntó Keeley frunciendo el ceño.

Destino le guiñó un ojo.

—Tampoco haré nada para asegurarme de que se vayan.

Rebecka miró fijamente a Lulu, que dio un paso adelante, inclinando la cabeza y frotándola contra su mano. Una muestra de agradecimiento. Por amar también a sus bebés.

—Lyssa, sácalos. — La voz de Rebecka se quebró, y todos se giraron para ver a Lyssa abrir la puerta con un chirrido.

Clarke y Cassandra salieron tambaleándose y a trompicones, gorjeando alegremente.

Lulu dejó escapar un sonido y bajó la cabeza hasta que quedó pegada al suelo, esperando. Clarke y Cassandra fueron dando saltitos hacia ella y se acurrucaron contra la mejilla de su madre, pero no alzaron el vuelo.

Y, de repente, el mundo pareció volver a estar en orden.

Destino aplaudió.

—Si yo interfiriera, nunca experimentaríais este tipo de maravillas.

Lulu se dio la vuelta sobre su espalda, dejando que las crías se tumbasen sobre su vientre, jugando como un par de cachorros. Fergus soltó un chillido de alegría y se lanzó hacia los cielos, dando giros y haciendo piruetas. Un vuelo de celebración.

Blade silbó, aplaudiendo junto con Destino. Pronto se unió Rebecka, y sus hermanos también.

Celebraron las vidas nuevas y las antiguas, lo bueno y lo malo.

Hasta que un silbido en el aire resonó en los oídos de Blade y, al seguir la dirección del ruido, la celebración se acabó. Observó con horror cómo una gran lanza se hundía en el costado de Fergus.

Y, con los gritos de su compañera de fondo, el gubre macho, en todo su colorido esplendor, cayó de los cielos.