Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 73
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CAPÍTULO 73

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E staban a mitad de la excavación cuando Evie oyó unos pasos que se acercaban por el sendero de guijarros.

—Trystan — susurró Evie, arrojando la pala a uno de los arbustos y tirándole del brazo—, viene alguien.

—¡Oiga! Por fin la encuentro. ¡He conseguido dar con un vestido muy bonito, mire!

— exclamó el guardia seguido de un—: ¡Eh!

¿Qué están haciendo? — Frunció las cejas pobladas y esbozó una mueca de desprecio.

Dio tres pasos hacia ellos antes de que algo lo golpeara en la cabeza, dejándolo inconsciente.

Detrás de él, con la piedra aún en la mano, había un hombre que la miraba como si fuera ella la que había asestado el golpe.

—¡Reymundo! — exclamó Evie, agarrándolo de las manos y abrazándolo—. Justo a tiempo, menos mal que nos has salvado de esa.

Alexander Reymundo Kingsley hizo una reverencia. Su capa prestada cubría una camisa de lino blanco, y la tela se arrugó al inclinarse.

—Me alegro de haber sido de ayuda… para mis amigos.

—¿Ya están aquí los demás? — preguntó Trystan.

Reymundo hizo un gesto con las manos con una sonrisa tranquilizadora.

—No, os he seguido cuando os habéis caído por la borda.

—Yo no me he caído por la borda — lo corrigió Evie amablemente—. He saltado.

Trystan suspiró, pellizcándose el puente de la nariz.

—Sí. Todos lo sabemos.

—Una vez conocí a alguien que suspiraba así — observó Evie con seriedad—. Era madre de cinco.

Reymundo resopló y Trystan la fulminó con la mirada. Había un deje de advertencia en ella que la excitaba. Como un desafío.

—¿Queréis que siga yo cavando mientras vosotros dos…?

Esta vez fue a él a quien Trystan le dedicó una mirada asesina. Reymundo captó la indirecta y cogió la pala, poniéndose manos a la obra.

Evie se sintió más tranquila sabiendo que el guardia estaba…

fuera de juego, y pudo parar un segundo a contemplar el jardín conmemorativo de Rennedawn.

Era precioso. Brotaban capullos de rosa en un arbusto de un verde intenso y árboles de todas las formas y colores creaban un dosel sobre ellos.

En el suelo crecían plantas que no había visto nunca, cerca de las fuentes y sobre los bebederos para pájaros. Era un lugar tranquilo.

Un lugar para descansar.

Evie se sentó junto al árbol y dejó que los chicos cavaran, abrazándose las rodillas y buscando la paz dentro de sí misma, dentro de su magia. Se preguntó si alguna vez llegaría un momento en el que no tuviera que esforzarse tanto. Estaba cansada de ser resiliente.

Se recordó que no había nada de qué avergonzarse en descansar antes de enfrentarse al mundo. Quizá el descanso no siempre tuviera que ser algo que debía ganarse.

—¿Cuál es tu recuerdo favorito con Arthur? — preguntó Evie, entrelazando briznas de hierba entre sus dedos.

Trystan dejó de cavar por un momento y empezó a reírse para sus adentros.

—Una vez me pilló intentando huir de casa.

Reymundo también se rio.

—Me acuerdo de ese día. Fueron cinco minutos muy interesantes.

—Más bien quince — lo corrigió Trystan con un aire juvenil de lo más encantador—. Llegué hasta la playa antes de que me sorprendiera.

Evie estaba expectante.

—¿Cuántos años tenías?

—Seis. — Trystan se esforzó por sacar otra palada de tierra—.

Me alcanzó antes de que pudiera subirme a una balsa que, sin duda, se habría hundido.

Y me arrastró de vuelta a la orilla. No me…

, no me preguntó por qué quería irme, y no usó su magia de curandero de la esencia para arreglar lo que estaba sintiendo.

Se limitó a decirme que… que se pondría muy triste si me iba. Que me echaría de menos.

Trystan tragó saliva y Reymundo apartó la mirada, pero Evie vio lo enrojecidos que tenía los ojos.

—Te quería — dijo Evie en voz baja, sintiendo una punzada por la pérdida de alguien tan bondadoso.

Trystan sorbió por la nariz.

—Él… no era perfecto, pero era alguien a quien yo… deseaba parecerme con todas mis fuerzas.

La voz de Reymundo sonó ronca al decir:

—Tú tienes lo mejor de él. Eso te lo aseguro.

—¿Y tú, Alexander? — preguntó Evie en voz baja.

Reymundo esbozó una sonrisa temblorosa y dejó la pala a un lado un momento para pensar.

—Es demasiado difícil escoger un solo recuerdo. Siempre fue amable conmigo. Siempre tuve un hogar en este pueblo. Era un hombre que transmitía calidez a todos los que lo rodeaban. Incluso cuando no se lo merecían.

Evie se conmovió al ver el impacto que un solo hombre podía tener.

Las vidas que había marcado, las historias que había cambiado con sus formas.

El hecho de que una sola vida pudiera influir en tantas, de que ninguna alma tenía por qué desperdiciarse y de que cada acto de bondad perduraba incluso después de que quien lo había perpetrado abandonara este mundo.

Era un privilegio ser testigo de ello. Aquella había sido una vida bien vivida.

Reymundo se había quedado callado, demasiado emocionado para continuar. Ambos siguieron cavando a buen ritmo hasta que dieron con algo que resonaba contra sus palas metálicas.

—Tendréis que aseguraros de sacar todos los trozos. — Evie se puso de pie, observándolos mientras desenterraban la caja. Cuando la lisa superficie negra quedó limpia de tierra, Trystan saltó al agujero para sacarla.

—Sage — el tono de Trystan era ligero y su mirada suave—, ¿recuerdas por qué Clare supuso que Arthur no sabía qué eran los trozos de cristal?

Evie esbozó una mueca.

—Sí.

—Pues nos equivocamos. — Se hizo a un lado y reveló la vidriera del libro de Rennedawn, recreada con perfecta fidelidad.

Excepto que el campo de flores era aún más detallado, con dientes de león esparcidos por el aire, mientras las dos figuras se tendían la mano—Lo hemos conseguido. Podemos cumplir la profecía.

Alexander Reymundo Kingsley se quedó mirando los grandes trozos de cristal con incredulidad.

—Es… es perfecto.

Evie vio algo brillar en los ojos de Reymundo, pero su mente se distrajo cuando Trystan saltó para salir del agujero con una carcajada, la cogió en brazos y la hizo girar mientras ella gritaba de alegría.

—¡Trystan! ¿Qué te pasa? — La bajó al suelo entre sonrisas y le dio un beso apasionado, con una alegría contagiosa—.

Sea lo que sea, será mejor que lo guardes para después, porque el cortejo fúnebre llegará en cualquier momento — añadió con seriedad, y él se separó con las mejillas rosadas, frotándose la nuca.

—Claro. Sí. Tienes razón. Voy a… Alexander, ¿me la pasas?

Reymundo se agachó, mirando la ventana con expresión apagada, y luego se la pasó lentamente a Trystan. Acto seguido, se apresuró a coger de nuevo la pala para rellenar el agujero.

—Ve a reunirte con los demás — le dijo Evie a Trystan—. Yo lo ayudaré.

Trystan le dio otro beso firme, cargado de promesas.

—Va a pasar, Sage.

—¿Qué? — preguntó ella, conmovida al verlo completamente dominado por la emoción.

—Tendremos dos — susurró con una sonrisa pícara—. Dos hijas preciosas.

Evie se preguntó si tanta alegría no sería peligrosa para la salud, porque su corazón latía desbocado y sentía como si le fuera a dar un ataque. Mientras Trystan desaparecía entre la vegetación, Evie cogió la segunda pala y ayudó a rellenar el hoyo con tierra.

Reymundo pareció detenerse un momento, encorvado sobre la pala y de espaldas a ella.

—¿No estás contento? — le preguntó con simpatía. Por supuesto que no; el pobre hombre seguía maldito y sin esperanza alguna de que las cosas cambiaran—. Lo siento. No debería haber dicho nada.

Cuando se dio la vuelta, los ojos de color dorado de Alexander reflejaban una bondad que ella sabía que era intrínseca a su persona.

—Te preocupas mucho por los demás. Trystan tiene suerte de tenerte. Y el resto de los trabajadores de la oficina también.

—Y pensar que estuve a punto de aceptar otro trabajo — resopló incrédula.

Con esa única decisión, había cambiado por completo el rumbo de su vida.

Alexander siguió rellenando el agujero de tierra, cada vez más absorto.

—No, no habrías sido capaz de quitarle el puesto a esa pobre madre. Y creo que estabas mucho más hecha para ser la asistente de El Villano que para ser la criada de una finca tranquila.

Era cierto. Evie no hubiera sobrevivido allí; su inquietud habría salido a la luz tarde o temprano, y su vida habría cambiado de todos modos…

Se quedó paralizada. La sonrisa se le desvaneció y sintió que el corazón se le caía a los pies.

—Reymundo, ¿cómo lo…? Nunca le he contado a nadie… que le cedí ese trabajo a otra persona.

Reymundo vaciló, pero siguió con lo que estaba haciendo.

—Seguro que sí — murmuró en voz baja, aunque Evie detectó algo en esa frase.

Una especie de advertencia.

—No. No se lo he contado a nadie. — Se alejó—. ¿Cómo lo has sabido?

—Evie, por favor… — Él la miró a los ojos, su mirada era suplicante y triste.

Y, en ese preciso instante, Evie sintió que algo hermoso moría.

—¡Evie! — La voz de Clare era un eco de su dolor. Al girarse la vio corriendo hacia ellos con Tatianna pisándole los talones. Intuyó lo que se avecinaba, ni siquiera necesitó oír las palabras. Simplemente… lo supo—. ¡Es Reymundo! ¡Él escribió las notas! ¡Fue él!

En un abrir y cerrar de ojos, Alexander había soltado la pala y había agarrado a Evie por el cuello, presionando una hoja afilada contra su garganta.

—Lo siento mucho — le susurró al oído mientras empezaba a alejarlos a ambos de Clare y Tatianna—. Lo siento mucho.

Trystan apareció de pronto entre los árboles. Cuando sus miradas se encontraron, él tensó los labios.

—Bueno, ¿qué, Alexander? ¿Estás listo para decir la verdad? — Trystan avanzó con las manos en alto y sus siguientes palabras los dejaron a todos atónitos—: Ya iba siendo hora.