CAPÍTULO 72
clare
–¿C rees que se habrán ahogado? — preguntó Clare mientras la tripulación se apresuraba por el barco, echando el ancla y preparándose para desembarcar.
—Tú siempre tan optimista, cariño. — Tatianna le tomó la mano y le dio un beso en la mejilla—. Estoy segura de que no; la tierra habría temblado.
Amara salió de su camarote, vestida con un traje negro de gala, y Clare dio un paso atrás para situarse junto a Tatianna.
—Clarissa, espero que en el entierro estés en primera fila.
—Por supuesto, madre — dijo Clare con un tono empalagoso.
Amara la miró con ira.
—¿Qué llevas puesto? Eso no es nada apropiado para un funeral.
Ella bajó la mirada hacia su vestido verde.
—Padre no habría querido que nos despidiéramos de él con un mar de oscuridad.
— Clare enderezó la espalda, sintiéndose mucho más fuerte que las veces anteriores en que se había enfrentado a su madre.
Ya no le importaba lo que pensara de ella; sus juicios ya no podían herirla.
Ahora, lo único que Clare sentía cuando su madre la miraba con rabia…
… era triunfo.
—Nunca lo sabremos. ¡Winnifred! — La joven hechicera corrió tras su señora, que ya estaba bajando del barco, con la larga melena ondeando mientras se apresuraba para alcanzarla. Al llegar al final de la pasarela, Tatianna llamó a Amara y ella se detuvo.
—¿Por qué se casó con Arthur? Tenía a Trystan, pero había otras formas de evitar ser madre, de evitar ser su esposa.
Clare contuvo el aliento, paralizada. Su madre por un instante pareció tornarse humana, incluso aparentó sentir tristeza cuando dijo:
—Él era mi único contacto con la bondad.
Quería un poco de la dicha que ofrecía a los demás.
Por desgracia, ni siquiera Arthur pudo dármela.
Si no quieres volver a escucharme nunca, Clarissa, al menos recuerda esto: las personas pueden proporcionarnos alegría, pero uno debe tener la capacidad de sentirla para que realmente tenga un impacto en nosotros.
Amara se enderezó y tragó saliva, con los músculos del cuello tensos.
—Quizá a ti se te dé mejor que a mí cultivarla. — Y, con esa última frase, Amara se giró hacia el muelle.
—¿Clare? — La omnipresente cinta rosa atada a la muñeca de Tatianna rozó el hombro de Clare cuando esta se dispuso a tocarla—. ¿Estás bien?
—Sí. — Porque sabía con absoluta certeza que a ella se le daba mejor cultivar lo bueno de la vida, mientras que su madre estaba condenada a despreciarlo. Lo cual le recordó que necesitaba propiciar algo de alegría en ese mismo instante—. Ve bajando. Yo voy enseguida.
Tatianna asintió, dándole una palmadita en la mano.
—¡Merlín Medusa! — gritó Clare cuando los lazos rosas que sujetaban las trenzas de Tatianna desaparecieron de su vista—. ¿Puedo hablar con usted?
El ostentoso abrigo del padre de Tatianna era fácil de distinguir mientras se abría paso entre la tripulación que partía hacia el muelle. El enfado de Clare hacia Medusa se había desvanecido de la noche a la mañana, sustituido ahora por un montón de nervios.
—Buenos días, Clarissa, ¿cómo te encuentras?
Decidió no responder a la pregunta. Era mejor así.
—¿Me da su permiso para pedirle a Tatianna que se case conmigo… otra vez? — soltó sin miramientos, y luego hizo una mueca al darse cuenta de lo poco serio que sonaba aquello.
Merlín Medusa se quitó el sombrero y lo sostuvo contra el pecho. Se notaba que lo había cogido por sorpresa.
—Te diré lo mismo que te dije cuando nos lo pediste a su madre y a mí la primera vez.
Clare rebuscó en su memoria y sonrió al encontrar el recuerdo.
—Necesito el permiso de Tatianna, no el suyo.
La atrajo hacia sí para darle un abrazo que ella también necesitaba, de esos que te da un padre. Se le encogió el corazón cuando él le dio unas palmaditas en la espalda.
—Tienes nuestra bendición, siempre. — Se apartó y tragó saliva, sorbiendo por la nariz—.
Tu padre era…, bueno, era mi mejor amigo, y sé que si él estuviera en mi lugar cuidaría de mi querida Tati.
Así que, aunque nunca voy a pretender ocupar el lugar de tu padre, si lo necesitas, estoy a tu disposición.
Clare lloraba desconsoladamente cuando lo volvió a abrazar.
—Gracias.
Cuando se separaron, él frunció el ceño.
—¿Has visto a Alexander en versión hombre o rana?
—No, no lo he visto desde que Evie y Trystan se fueron a…, eh…, descansar.
El capitán Medusa entornó los ojos.
—Qué curioso. Quizá ya haya desembarcado, aunque creo que nos habríamos dado cuenta si un hombre desnudo hubiera abandonado el barco. — Se rio entre dientes, pero su diversión se desvaneció al fijarse de nuevo en el lateral del barco.
—¿Le falta algo, capitán? — El rey Benedict apareció en la cubierta con un atuendo opulento.
Su elegante capa de piel negra ondeaba por el viento y a Clare la asustó percibir algo de Trystan en su forma de caminar.
Griffin Sage seguía a su rey a cierta distancia, echando miradas disimuladas a su alrededor—.
Pensé que podríamos desembarcar todos juntos, como muestra de buena fe.
—Evie y Trystan vendrán en un momento — le dijo Clare, temiendo que algo hubiera salido mal.
—¡Clare! — La urgencia en la voz de Tatianna fue lo único que Clare necesitó para abandonar el barco (literalmente). Saltó sobre la rampa y corrió a toda velocidad hasta que vio el motivo del grito.
Ahí estaba su madre, Lia.
—¡Clarissa! — Lia le dio un abrazo y varios besos en la mejilla a Clare—. ¡Dios mío, qué bella estás! ¿A que está estupenda, Tatianna?
—Madre… — Tatianna puso los ojos en blanco con una sonrisa cariñosa—. Sí, está muy bella.
—¡Desde luego! — Malcolm apareció a continuación, y Clare sintió un alivio sin igual, lanzándose a los brazos de su hermano mayor—.
Habéis tardado una eternidad en llegar. — Le dio un beso en la cabeza y le entregó una carta sellada—.
Esto ha llegado a casa esta mañana, va dirigido a Evie. ¿Está por aquí?
—Ahora viene — dijo Tatianna. Clare rompió el sello y Tatianna chilló—. ¿Por qué abres una carta ajena?
Estaba mal, sí, pero hizo bien. Porque, cuando Clare terminó de leer la misiva de Gideon, se le encogió el corazón y se le retorció el alma.
—Ay, dioses — murmuró Clare.
—¿Qué pasa? — murmuró Tatianna.
Clare no sentía los dedos. Era como si se le hubieran desprendido del cuerpo cuando dijo:
—Es Alexander.