EPÍLOGO
winnifred
Dos semanas antes de la maldición…
W innifred deseaba pocas cosas en la vida.
Quería una cama cálida donde dormir.
Comida por la mañana, por la tarde y por la noche.
Quizá un poco de interacción humana.
Y que la trataran, si no con amabilidad, al menos con cordialidad.
Tres de los cuatro deseos eran un logro según cualquier criterio.
Cuando regresó con la señora Maverine, la anciana se mostró sorprendida.
Las ojeras oscuras bajo sus ojos se habían acentuado tras la muerte de su amado esposo.
Arthur Maverine había estado de viaje durante gran parte del tiempo que Winnifred había trabajado en la casa de los Maverine, pero sabía que él era la fuente de amabilidad y bondad de la familia.
Parecía que, al morir, toda la benevolencia se había ido con él. La señora Maverine ahora se burlaba de lo mal que estaba puliendo la plata.
—El funeral de mi marido se convirtió en un espectáculo para mis miserables hijos. ¿Debo soportar también tu insubordinación?
Winnifred había estado demasiado distraída pensando en las personas que había conocido. En lo que podía acontecerles.
No tenía hogar. Ni familia. Ni habilidades más allá de las que Amara Maverine le había inculcado a los doce años. Su vida había sido una sucesión de errores en el trabajo, en lo social o en lo mágico.
Era experta en decir y hacer lo incorrecto. Amara Maverine no tenía reparos en recordárselo.
—Winnifred, no has empaquetado las cosas de Arthur. — Le señaló con el dedo las pilas de ropa y libros, con un enfado patente en esa mirada tan afilada.
—No, señora. No estaba segura de si quería revisarlas usted primero. Me parecía demasiado personal hacerlo por mi cuenta. Pero, si no tiene objeciones, puedo empezar ahora mismo.
Lo dijo con la timidez de un conejo. No le gustaba eso de ella, pero, cuando uno se pasa toda la vida haciéndose pequeño, ocupar espacio resulta antinatural. No ayudaba que Amara pareciera furiosa.
¿Por qué decidí volver?
Porque es lo único que sé hacer.
La madre de Winnie siempre le había explicado el valor de la lealtad, lo importante que era ser amable con todas las personas y criaturas del reino.
Amara le había enseñado lecciones diferentes: no hables a menos que se dirijan a ti, no levantes la voz, no hables más de lo necesario y hazte invisible cuando no seas de utilidad.
Unas y otras se le habían quedado grabadas, pero había habido muchas noches de insomnio en las que Winnie permanecía despierta en la cama, preguntándose si esas enseñanzas la habían convertido en una cobarde y cómo demonios podía encontrar siquiera una pizca de valentía.
—Estoy harta de tus errores, Winnifred.
Winnie se mordió la lengua. No iba a servir de nada recordarle a la señora Maverine que no había tenido la necesidad de volver, sino que lo había hecho por obligación. Por costumbre. Y tal vez fuera horrible admitirlo así, pero Winnie se había acostumbrado a su jaula.
Aquí, al menos, se sentía a salvo. No como con toda esa gente nueva que le provocaba tantas emociones con las que no estaba familiarizada, como la sensación de estar en un lugar lleno de personas que se querían.
Aunque ahora ya no le sonaba tan mal.
—¿Te has quedado sin lengua, Winnifred? — preguntó la señora Maverine con un desdén que le heló la piel.
—No, señora — respondió obedientemente—. Lo que pasa es que ya no sé cómo complacerla.
No había nada de atrevido en esa afirmación, pero Winnie bien podría haberle tirado vino a la cara, a juzgar por la forma en que se levantó de la silla, con los ojos en llamas.
—¡Serás desagradecida!
No vio venir el golpe, solo sintió el escozor en la mejilla cuando la palma abierta de Amara entró en contacto con su rostro.
Winnie giró bruscamente la cabeza hacia un lado y se llevó la mano a la cara, odiando el picor de las lágrimas en los ojos. Odiando que, a pesar de la ira que se le acumulaba en el interior con cada desaire, nunca se atrevía a protestar, a defenderse, a marcharse.
El destino de una cobarde.
No era la primera vez que la señora Maverine le daba una bofetada, pero sí que la acompañaba con una amenaza descarada en lugar de una excusa disfrazada de disculpa.
—Te acogí, te di de comer y un lugar seguro donde vivir. ¿Sabes cuánta gente me pagaría una fortuna por una hechicera? A pesar de tu pésimo manejo de la magia, podría haber amasado mucho dinero y aun así opté por acogerte. Para salvarte. Como un favor a tu madre.
El recuerdo del miedo desgarrador de su madre dejó a Winnie en silencio hasta que sintió que no podía respirar.
Sin embargo, la ira la alimentaba, llevándola a la locura.
Piedra. Habían convertido a su madre en piedra por un crimen que no había cometido.
Un crimen del que era culpable la señora Maverine.
La verdad la golpeó con más fuerza que la palma de Amara.
¿Qué coño estoy haciendo aquí?
Winnifred metió la mano en el bolsillo, aferrándose a un regalo que la hacía valiente, uno que no quería revelar.
—Señora Maverine, renuncio. — Las palabras fueron firmes, aunque en voz baja. No pudo reunir el tono necesario para dar a la declaración la potencia que merecía.
Pero lo había dicho. Ya estaba hecho.
Amara se giró lentamente hacia ella con aire amenazador.
—¿Que… qué?
—No debería haber vuelto — razonó Winnie—. Está claro que no me quiere aquí, así que estoy dispuesta a concederle el deseo.
Cuando quiso darse cuenta, Amara la tenía agarrada por la oreja y se quedó paralizada. Los ojos de esa mujer rebosaban cólera. Debajo de ese bonito rostro se escondía un monstruo.
—Hasta que yo te despida, no tienes permiso para salir de este lugar. Me debes mucho más en concepto de alojamiento y manutención de lo que te he pagado. Si te vas ahora, haré que los cobradores te traigan de vuelta a rastras. No te vas a ir de aquí. Nunca.
Temblaba. Estaba temblando. Incapaz de oponerse mientras Amara la lanzaba al suelo, con la oreja ardiendo.
—No… no puedo — jadeó.
La puerta se abrió de golpe.
Y allí descubrió a la última persona que Winnifred pensaba ver.
El príncipe Alexander Reymundo Kingsley entró en la casa como si fuera suya.
Sus ojos dorados brillaban, y su cabello, antes largo, estaba más corto, cayéndole en mechones gruesos sobre la frente.
La luz del sol que entraba le iluminaba la piel tostada y sus labios se contraían como si la escena que tenía ante sí le resultara divertida.
Ella intentó no odiarlo por ello.
—¿Alexander? — susurró Amara, retrocediendo a trompicones, con la mano sobre la boca, pronunciando su nombre como si estuviera respondiendo a un fantasma—. ¿Por qué… por qué has venido?
Winnie tenía la misma pregunta, pero estaba demasiado ocupada quedándose sin aire como para preguntarlo.
Observó impotente cómo Alexander daba varios pasos hacia delante…
Y clavaba una daga en el corazón de Amara Maverine.
Winnie se quedó estupefacta, abriendo y cerrando la boca. Todo su cuerpo se estremeció y la conmoción se apoderó de sus frías extremidades.
Alexander sacó la daga y Amara cayó al suelo, con los ojos abiertos como platos mientras la sangre encharcaba el suelo a su alrededor. Muerta. Estaba muerta.
Era un día extraño para Winnifred.
Aún más cuando el príncipe Alexander la miró, sus ojos dorados suavizándose solo un poco al saludarla con un:
—Hola, Winnifred.
¿Cuál era la respuesta adecuada para un hombre que había asesinado a su jefa delante de ella?
—Hola — respondió en voz baja con un pequeño gesto de la mano muy inapropiado.
Bueno, desde luego que eso no era lo correcto.
Pero es que aquella muerte había sido tan repentina y agresiva que apenas era capaz de comprender lo que implicaba. Poco a poco, sin embargo, lo fue asimilando. Era libre. Era libre.
Por eso se encontró ante un verdadero dilema cuando el príncipe Alexander le agarró el brazo con la delicadeza con la que se sujetaría una pluma y la ayudó a ponerse en pie, con la mirada fija en el moratón de su mejilla mientras él apretaba la mandíbula.
No estaba en absoluto preparada para lo que sucedió a continuación.
Porque el príncipe que había entrado en la casa que se había convertido en su prisión y matado sin miramientos a su jefa se volvió ahora hacia ella, más bien jovial.
—Winnifred — dijo—, ¿te gustaría tener un trabajo?