Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 70
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CAPÍTULO 70

trystan

–¿ Y si se lo pedimos muy educadamente? — sugirió Sage.

—Podemos probar — asintió Trystan—, si lo que queremos es que avisen a todos los Guardias Valerosos en un radio de un kilómetro y medio de que estamos aquí.

Evie llevaba puesto el vestido que Trystan había conseguido en un tendedero cercano. Le quedaba un poco grande, pero al menos le permitiría estar cómoda.

—Se llaman los Jardines de Rennedawn; ¿no significa eso que la entrada debería estar abierta a todos los ciudadanos de Rennedawn?

Eso sería lo lógico, ¿verdad?

Estaban escondidos detrás de un arbusto, justo antes de las puertas de los jardines, desde donde podían ver un campo de flores vallado al otro lado y unos árboles altos que los observaban desde la cima de los muros.

—Estás pensando como una buena persona, Sage. Tienes que pensar como Benedict.

Ella lo miró con mala cara.

—¡Puaj! Ni hablar. ¿Y si uso mis poderes para dejar inconsciente al guardia?

Tentador.

—Podrías, pero corremos el riesgo de que haya otros guardias que no hemos visto. Puede que necesitemos sentarnos un momento a idear un plan que… ¡Sage!

Evie se había vuelto a quitar el vestido y caminaba, en ropa interior, hacia la entrada del jardín.

—Disculpe, señor — dijo con dulzura.

A Trystan se le marcó una vena en la frente mientras el corazón le latía a toda velocidad. Tuvo que contenerse para no intervenir, clavando las manos en las ramas al tiempo que se recordaba a sí mismo que debía confiar en ella. Aunque no en el hombre al que iba a matar por mirarla con lascivia.

—¡Oiga, señorita, no puede ir vestida así!

Sage se rio con inocencia, de una forma tan convincente que incluso Trystan podría haberla creído. El Guardia Valeroso, sin duda, se lo tragó.

—Qué torpe soy. He salido a darme un baño y, no se lo va a creer, pero me ha arrastrado la corriente y se me ha llevado el vestido. ¿Por casualidad no tendría algo con lo que taparme para poder volver a casa?

El guardia hizo un saludo, deseoso de complacer a la bella muchacha que le pedía un favor. Trystan no lo culpó por sucumbir al instante.

—¡Vuelvo enseguida!

—¡Tómese su tiempo! — Sage hizo un gesto con la mano, luego se volvió hacia el arbusto al que Trystan se había aferrado con tanta fuerza que la sangre le goteaba por las palmas. Hizo una reverencia con una sonrisa de satisfacción.

—Eso ha sido arriesgado — la reprendió, entregándole el vestido—. Podría haberte reconocido.

—Por suerte, los ojos de ese hombre no se han fijado en mi cara.

— Se rio, se puso la prenda y luego se quedó mirándolo con sorpresa al ver que fruncía el ceño—.

Venga, anímate. — Le acarició la cara, y ese gesto le aceleró más el corazón que una taza del brebaje de Edwin—.

Estamos a punto de desenterrar tu tumba.

Caminaron hacia las puertas y las abrieron con cuidado, torciendo el gesto ante el chirrido que se escuchó, pero entraron y enseguida se pusieron contra la pared.

—¿Cómo sabremos qué árbol es? — susurró Sage; Trystan vio que había muchos bordeando los jardines, y solo unos pocos selectos se encontraban más adentro, entre los montones de flores—. ¿Y si desenterramos un cadáver por error?

Él se encogió de hombros.

—A veces pasa.

—¡Trystan!

Siguieron caminando mientras Sage intentaba sin éxito apartarse los rizos de la cara, hasta que pisó mal una piedra y soltó un grito de sorpresa.

—¿Qué ha sido…?

—Arthur — susurró Trystan, sintiendo un nudo en el estómago al darse cuenta de que se encontraban junto a la lápida de su padre, que custodiaba una tumba recién cavada, con una docena de margaritas blancas sobre la tierra—. Es Arthur.

De repente, la realidad se asentó.

Le empezaron a escocer los ojos, embargado por la emoción. El entumecimiento se estaba disipando y la constatación de que había perdido a su padre dolía. Mucho.

—Es curioso — dijo, sintiendo cómo una lágrima le resbalaba por la mejilla—, siento que hasta ahora no me terminaba de creer que se había ido.

Sage no dijo nada, porque no había palabras que pudieran aliviar el dolor de la pérdida. Pero le tomó la mano y depositó un beso en el dorso, calentándola, recordándole que aún quedaba vida por vivir más allá de la pena que abrumaba su corazón.

—Lo siento mucho. — Se le quebró la voz, y Trystan vio que a ella también le corrían lágrimas por el rostro—. Siento mucho que haya pasado esto. — Y lo sentía de verdad; lo notaba por el temblor del labio y de la mano que tenía entre las suyas.

—¿Crees que se habría sentido orgulloso de que fuera un curandero de la esencia? — Le desconcertaba la vulnerabilidad de sus palabras, pero Sage tenía esa costumbre: desgastarlo hasta que la verdad quedaba al descubierto.

Ella le agarró la cara y se puso de puntillas para darle un beso, uno que él le devolvió, con los ojos bien cerrados, mientras saboreaba el gusto y el tacto de su boca. Cada vez era mejor que la anterior.

—Creo que ya estaba orgulloso de ti por ser tú mismo, Trystan.

Una suave sonrisa reafirmaba sus palabras.

—Te quiero — susurró él, acariciándole la mejilla.

Ella sonrió con los ojos llenos de agua.

—He oído el rumor.

La besó una vez más — no pudo evitarlo— antes de girarse hacia la tumba.

—Busquemos la mía.

—No hace falta — murmuró ella, señalando un árbol a menos de metro y medio de donde descansaban los restos de su padre—. Lo han enterrado justo a tu lado.

Trystan sintió que se acercaba una nueva oleada de lágrimas, pero hizo caso omiso y cogió la pala que estaba apoyada contra la lápida de su padre, recién cubierta de tierra. Era mejor que usar las manos, como habían planeado en un principio.

Ajustó el agarre del mango desgastado y pasó la palma por la parte superior de la lápida.

—Gracias, Arthur. — Tragó saliva e inclinó la cabeza hasta que su frente tocó la piedra y sus lágrimas cayeron sobre la tierra—. Gracias por darme a Evie.

Y, con esas palabras de despedida, Trystan Arthur Maverine se volvió hacia su propia tumba.

Y comenzó a cavar.