Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 69
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CAPÍTULO 69

GIDEON

G ideon Sage no creía que hubiera motivo para volver a ver nunca la casa de su familia. Y, sin embargo, allí estaba. Delante de la casita que albergaba algunos de sus mejores recuerdos y algunos de los peores de Evie.

Después de que Lyssa transformara la cocina, lo había apartado a un lado, girando con gracia en su brillante vestido de tul, y le había hecho una petición.

Que encontrara todas las historias que ella había escrito y dejado en casa.

No podía negarse. Estaba cansado de decepcionar a sus hermanas.

No había tenido tiempo de pensar en cómo reaccionaría ante aquel lugar.

Ahora lo evaluaba, recorriendo con la mirada hasta el último detalle.

El techo de paja que había reparado con su padre cuando solo tenía doce años se mantenía en pie.

Las flores que bordeaban el camino y que su madre había plantado seguían floreciendo, y el rocío aún se formaba sobre la hierba.

Lo único que parecía diferente era él.

—¿Así que aquí es donde creciste? — La voz lo sobresaltó, desenvainó la espada y apuntó antes de darse cuenta de quién hablaba. La capitana Keeley miró el arma con diversión—. ¿Vas a matarme, soldadito valeroso?

Gideon soltó un bufido.

—No seas ridícula. Como si una simple espada fuera suficiente para acabar contigo.

Keeley ladeó la cabeza. Llevaba el pelo suelto — porque quería torturarlo, al parecer— y no se había cambiado el atuendo, por lo que seguía llevando el traje mágico que Lyssa le había creado.

Sus hombros quedaban al descubierto bajo aquella blusa vaporosa de color blanco y su estrecha cintura estaba ceñida por un corsé blanco y dorado que hacía que su hermosa piel resplandeciera con el sol naciente como telón de fondo.

Gideon había estado en todo tipo de burdeles de la capital del reino, ya que los Guardias Valerosos eran clientes habituales y de los más generosos.

Había visto muchos cuerpos femeninos desnudos sin sonrojarse.

Incluso había disfrutado de la compañía de una o dos mujeres de las que trabajaban en dichos establecimientos.

No había motivo para quedarse embelesado ante las clavículas de Keeley.

—¿Qué crees que haría falta? — preguntó Keeley.

Gideon parpadeó, desorientado.

—¿Qué?

Keeley se humedeció los labios.

—Para acabar conmigo. ¿Qué haría falta, en tu opinión?

—No lo sé. Un ejército. — Gideon se volvió hacia la casita. Necesitaba que el trauma de su infancia le proporcionara distracción.

—Conque aquí vivías cuando eras pequeño — dijo ella, con su aliento rozándole la nuca.

—Eso dicen.

Keeley apoyó el codo en su hombro, en un gesto tan natural que cualquiera que viera la escena pensaría que lo hacían todos los días.

Ojalá fuera así, pero la estrella a la que solía pedir deseos ya no estaba. Nunca volvería a estar. Su madre.

Los pensamientos de Gideon se hicieron más intensos.

Le fallaste a tu familia.

Le fallaste a tus hermanas.

No deberías haber vuelto nunca.

Y entonces Keeley los echó todos por el suelo.

—No es la torre abandonada en la que crecí yo, pero los tulipanes son bonitos.

Inmediatamente se sintió abrumado por la gratitud. Cuando uno se sumergía en la oscuridad de su mente, agradecía tener compañía.

—Ojalá te hubiera conocido antes — murmuró él, y ella abrió los ojos dorados.

No respondió, solo empezó a caminar hacia la casa.

—¿Adónde te crees que vas?

—A ver tu casa. ¿No es por eso por lo que has venido? — Keeley abrió la puerta de par en par y entró sin pensárselo dos veces. Gideon se apresuró tras ella.

Al cruzar la puerta, se la encontró poniéndose cómoda. Quedó tan cautivado por la imagen de ella examinando en silencio una estantería del salón que empezó a tener unas ilusiones algo peculiares. Los dos viviendo allí, criando a unos cuantos niños endemoniados, Gideon cuidando del jardín.

Sacudió la cabeza y se llevó las manos a las sienes, alarmado.

—Me veo en la necesidad de preguntar si es Evie o tu padre quien tiene predilección por la literatura erótica. Espero de verdad que sea tu hermana. — Keeley ojeó los títulos y sacó un pequeño libro de bolsillo.

Y Gideon se alarmó aún más.

Ella lo abrió y pasó unas cuantas páginas.

—Vaya. ¿Es siquiera posible esta postura?

—¿Quieres que lo comprobemos? — sugirió Gideon, y luego gruñó cuando ella le estampó un cojín en la cara—. El caso es que sí, estoy seguro de que esos son de Evie.

Keeley entrecerró los ojos para observar la modesta estantería, buscando otro objeto que le sirviera para conocer a su familia.

Sacó un par de libros más: un almanaque y uno de cocina.

Después cogió del estante una pila encuadernada de pergaminos, fijando la mirada en la primera página con una mezcla de fascinación y diversión.

— Trystan y la princesa perdida, de Lyssa Sage.

Gideon esbozó una media sonrisa.

—Déjame ver. — Se sentaron uno al lado del otro en el sofá, con las piernas rozándose.

Cruzaron las miradas en un momento de tensión, pero solo duró un segundo antes de que ella le tirara los libros y los papeles al regazo.

Gideon se aclaró la garganta y contempló el título de la obra de su hermana—.

Hay que ver la imaginación que tiene esta niña, ¿eh?

Keeley asintió con un murmullo, asomándose por encima de su hombro mientras él hojeaba la historia.

—Tiene mucha imaginación. Eso es un don.

—¿No la tienen todos los niños? — reflexionó Gideon.

—Supongo que, en cierto sentido, sí, pero no a todos se les permite desarrollarla. Tu hermana supo criar bien a Lyssa; se nota que no le da miedo ser quien es. — Keeley frunció el ceño, fijándose en algo de una de las últimas páginas—. Eh.

—¿Qué? — Gideon se inclinó, tratando de identificar lo que había visto, pero, cuando levantó la mirada, sus rostros estaban a escasos centímetros de distancia y no pudo resistirse—. Si te beso ahora mismo, del uno al diez, ¿qué probabilidades hay de que me des una bofetada?

—Seis — susurró Keeley.

—Acepto el riesgo — respondió con voz grave.

Y entonces le pasó las manos por el cabello y posó los labios sobre los de ella, saboreándola como si ese beso fuera oxígeno y le diera la vida. Y ella le correspondió. Se aferró a su camisa y tiró para que se colocara encima de ella, hasta que las páginas y los libros cayeron al suelo.

Keeley le sacó la camisa de los pantalones, y sus manos frías encontraron la parte baja de su abdomen.

Él soltó un jadeo de sorpresa y de placer ante aquel contacto.

Sus labios buscaron cualquier parte de ella a la que pudieran llegar.

Le rozó las mejillas, pasando por la mandíbula y bajando por la delicada curva de su cuello.

—¿Gideon? — La voz de Keeley sonaba interrogativa y notó que toda ella se tensaba.

—Perdón — murmuró él, incorporándose y pasándose una mano por el pelo—. Me he dejado llevar.

—No, Gideon, mira. — Keeley señaló el viejo libro de cocina. Había caído al suelo con un golpe sordo y se había abierto por una sección de páginas arrancadas.

Y lo que había ahí… no eran recetas.