Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 68
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CAPÍTULO 68

EVIE

E l agua estaba helada y había corriente, pero ya no había vuelta atrás, debía comprometerse con el plan, por ridículo que fuera. No era momento de arrepentirse. Era momento de nadar.

Se oyó un chapoteo detrás de ella y se detuvo, manteniéndose a flote.

—¿Te has vuelto loca? — gruñó Trystan, luchando por dar otra brazada hasta que llegó a su lado—. ¿No podrías haber esperado al menos a ver si encontrábamos una capa flotadora?

Ella resopló al pensar en esa prenda que usaban los niños cuando aprendían a nadar para mantenerse a flote, parecida a una capa aunque diseñada para flotar. Hacía años que no veía una.

—No he usado una capa flotadora desde que era pequeña.

— Puso los ojos en blanco y empezó a nadar de nuevo.

No auguraba nada bueno que ya le ardieran los brazos.

No se esperaba en absoluto tanta corriente—.

El barco tiene que dar toda la vuelta para atracar, mientras que a nosotros la marea nos arrastrará…

— Se quedó a media frase porque una ola la empujó hacia abajo, pero volvió a salir a la superficie al cabo de un instante—… hasta la orilla.

Él le rodeó la cintura con un brazo y la ayudó a mantenerse fuera del agua.

—Vivos, espero — refunfuñó como un viejo cascarrabias, tirando de ella para luchar contra la corriente.

La superficie del mar se había teñido de naranja por el amanecer que se alzaba sobre ellos. Era como bañarse en la luz del sol. Las olas se fueron calmando a medida que se alejaban del barco y el agua se volvió más cálida conforme el sol se elevaba.

Evie se puso boca arriba para flotar y descansar un instante. Cerró los ojos y dejó que la luz le bañara piel y le diera directa en todos los rincones de su corazón que a esas alturas de la vida ya deberían haberse vuelto de piedra. No pudo evitar sonreír.

Porque seguía siendo capaz de encontrar la parte positiva de las cosas en los momentos de tranquilidad. Incluso de las más terribles. Y empezaba a confiar en que siempre sería así.

—Seguiré nadando enseguida — le aseguró a Trystan.

No hubo respuesta. Ni siquiera el sonido de un chapoteo a su lado. Se irguió de repente, escudriñando el agua, pero no había ni rastro de él.

No te asustes, Evie.

—Si te ha comido un tiburón, me voy a… — Respiraba con dificultad. Nadó hacia la orilla y se detuvo para mirar a su alrededor una vez más—… cabrear muchísimo.

No hubo respuesta.

Es hora de asustarse, Evie.

—¡Trystan! — Se sumergió bajo las olas, buscando en el agua, pero no veía nada y la sal le quemaba los ojos.

Salió a tomar aire apenas unos segundos y volvió a sumergirse.

Creyó ver un movimiento borroso que desapareció segundos después.

Volvió a salir a la superficie. Sus dedos empezaron a expulsar la niebla, que se quedó flotando sobre ella, esperando una orden.

Encuéntralo, ordenó. Encuentra el cuerpo humano más cercano. El poder se sumergió bajo las olas y ella lo siguió, buscando en el agua mientras la niebla negra se arremolinaba alrededor de alguien, iluminándolo con una luz arcoíris.

Ahí. Tráemelo.

La magia rodeó el cuerpo borroso y Evie se encontró con él a mitad de camino. Le rodeó el musculoso pecho con los brazos y tiró de él hacia la superficie.

—¡Trystan! — lo instó, sacudiéndolo. Su cuerpo estaba flácido.

No.

La orilla. Necesitamos llegar a la orilla.

Y, sin apenas esfuerzo, la niebla oscura comenzó a empujarlos a través de las olas hasta que llegaron a la orilla. Evie agarró los anchos hombros de Trystan, arrastrándolo con dificultad y con ayuda de la magia, y lo apartó del agua antes de caer de rodillas.

—Despierta. — Lo sacudió, pero él no respondió. Ni siquiera un espasmo. Su rostro estaba relajado, en paz. Le dio un puñetazo en el pecho—. ¡DESPIERTA!

Brotó agua de la boca de Trystan y se atragantó con ella. Se dio la vuelta y se agarró a la arena.

—Joder — maldijo él—. ¿Era necesario pegarme tan fuerte?

—¡¿Tú estás mal de la cabeza?! — chilló ella, ignorando la mirada de un viejo pescador que pasaba junto a ellos con un cubo—. ¡Siga andando, señor pescador! — le espetó, y el hombre echó a correr.

Trystan se rio entre dientes, con la cabeza contra el suelo, los ojos cerrados y el pecho moviéndose rápidamente al ritmo de su respiración entrecortada.

—Ese hombre lleva vendiendo cebo en esta playa desde que yo era pequeño y nunca lo había visto asustado.

Evie se tomó un respiro, tratando de calmar su corazón acelerado, empapándose de la imagen de Trystan. Trystan vivo. No habría podido salvarlo de no ser por la magia. Se lo debía… todo.

—¿Qué ha pasado? — le preguntó al cabo de un momento.

—Se me cayó algo y calculé muy mal cuánto tiempo podía aguantar la respiración. — Tosió más, aún expulsando agua de los pulmones.

—¿Qué se te pudo haber caído que fuera tan importante?

Él abrió el puño y allí estaba la llave que Benedict buscaba. El ancla de la maldición brillaba en su mano.

—No podía arriesgarme a que Benedict la encontrara en el barco, tenía que llevarla encima. — Se incorporó, y Evie lo ayudó, desconcertada ante su capacidad de recuperación—. Bueno, ¿vamos a los Jardines de Rennedawn y acabamos con esto de una vez por todas?

Evie bajó la vista hacia su cuerpo. Apenas se podía considerar que iba vestida.

—¿Qué te parece si antes buscamos algo de ropa para mí?

Él abrió mucho los ojos al fijarse en su vestimenta y echó un vistazo a los alrededores, en busca de miradas indiscretas.

—Creo que sería lo más sensato, sí — coincidió.

Y se pusieron en marcha. Sabiendo que era su última oportunidad de salvar a Rennedawn.

Ya fuera de Benedict…

O de Evie.