CAPÍTULO 67
trystan
L a niebla del amanecer se extendía sobre el agua y el contorno de su aldea se divisaba a lo lejos. Trystan se había quedado dormido frente a la puerta de Sage con la mano en la empuñadura de su espada y se despertó recordando que ella dormía al otro lado.
«Me gusta dormir desnuda. Por si se lo estaba preguntando», le había dicho ella cuando estaban encerrados en la casa de lord Fowler.
Qué mal momento para recordar ese detalle. Ahora la rigidez de su espalda no era nada comparada con la rigidez de… otras partes.
—Buenos días — dijo Sage alegremente a su lado, mientras seguía atándose el lazo de la camisa.
Más vale que los Guardias Valerosos estén todos roncando, pensó con malicia. O habría tenido que encargarse él de dormirlos.
Ella jugueteó con el último lazo del grueso cinturón que le ceñía la cintura y luego se inclinó para atarse las botas, dejando al descubierto amplios trozos de piel a la altura de las clavículas. Tenía los rizos húmedos.
¿Se había dado un baño?
La última vez que lo había hecho, él casi había acabado con una conmoción cerebral.
—¿Estás bien? — le preguntó ella, ladeando la cabeza y con la manga resbalándose hacia abajo, provocándolo.
Él carraspeó.
—Estoy distraído. Es muy probable que, cuando atraquemos, Benedict y la Guardia Valerosa estén listos para detenernos. Tenemos que bajar del barco antes que ellos.
Sage miró por la borda con expresión consternada.
—¿Como una estrategia de las de agacharse y gatear?
—Algo por el estilo.
—Buenos días — saludó Clare con voz cantarina.
Llevaba el pelo corto recogido con varias horquillas en forma de rosa, y su vestido cargado de volantes era de un verde vivo adornado con piedras preciosas que la hacían resplandecer—.
He pensado que hoy era un buen día para ponerme el color favorito de papá.
La ropa de Trystan no era ni mucho menos tan colorida. Iba todo de negro, como siempre, pero llevaba en el bolsillo el pañuelo amarillo que Sage le había regalado, en representación de su padre y del amor que le tenía. Era lo más sentimental que podía ofrecer.
—¿Por qué te has levantado tan temprano? — preguntó Trystan, buscando a Alexander por el barco.
—Necesito hablar con el padre de Tatianna — dijo Clare rápidamente, interrumpiendo la concentración de Trystan.
—¿Sobre algo en concreto? — inquirió Sage con una sonrisita.
—No. — Clare mentía, pero Trystan no entendía por qué a Sage le hacía tanta gracia. Sonreía como un gato que acababa de tragarse el pez dorado de la familia.
—¿Estás segura? — insistió Sage pestañeando.
Antes de que Clare pudiera objetar, Alexander saltó sobre su hombro sosteniendo un cartel.
Matrimonio .
Evie emitió un grito, agarrando las manos de Clare y dando saltitos.
—¡Lo sabía!
—¡Cállate! — exclamó Clare, tapándole la boca con ambas manos—. Solo voy a hablar con él sobre la posibilidad de pedirle la mano a su hija, pero estoy esperando el momento adecuado.
—¿Y ese momento es el entierro de padre? — preguntó Trystan con sinceridad, así que no entendió por qué Sage le dio un golpe en la parte posterior del brazo.
—¿Qué pasa con el entierro de vuestro padre? — Tatianna apareció, hablando entre bostezos, aunque se detuvo al ver que todos la miraban raro—. ¿Qué pasa? — Su vestido también era llamativo, salpicado de todos los tonos de rosa, con mangas que parecían alas de ángel.
—Estábamos discutiendo cómo llegar adonde está enterrada la ventana antes que Benedict y la Guardia Valerosa — respondió Clare mirando hacia él—. ¿Verdad, Trystan?
—Sí — confirmó él secamente—. Eso es de lo único que hablábamos.
—¿Y si vais vosotros dos ahora? — sugirió Tatianna—. Coged una de las barcas ligeras antes de que se levanten los demás y dirigíos a la orilla. Si sospechan algo, diremos que estáis durmiendo. O que estáis «haciendo el amor» — añadió entre risas.
Clare dio un paso atrás.
—¡Qué asco!
Trystan se imaginó la escena. La de marcharse en ese mismo momento, no la de hacer el amor. No estaba dispuesto a pasar vergüenza delante de su hermana y su cuñada.
Ni de Sage.
—Se darán cuenta si falta uno de los botes salvavidas. Solo hay dos — señaló Trystan.
—Hay otra solución — dijo Sage, bajándose la falda y dejando al descubierto unos pantalones cortos con volantes que le servían de ropa interior.
—¡¿Qué estás haciendo?!
Trystan echó un vistazo apresurado a su alrededor, pero la cubierta estaba vacía, salvo por uno de los hombres de Benedict que montaba guardia en la cofa, aunque los ronquidos que se escuchaban no indicaban que estuviera muy atento.
Y entonces ella se desató el ceñidor y se quitó la camisa holgada, quedándose solo con una camiseta interior sin mangas y con las piernas desnudas.
Pero Trystan no tuvo tiempo de disfrutarlo.
Porque Sage le guiñó un ojo, se subió a la borda del barco y saltó al agua.