Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 66
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CAPÍTULO 66

becky

C uando Becky abrió los ojos, había una luz sobre ella.

¿Se había muerto… otra vez?

No. Se suponía que en la muerte había paz, y ella estaba demasiado irritada.

—Lyssa. Sé que deberíamos animarte a que brilles con luz propia, pero ¿no podrías hacerlo sin que me dé directamente en las córneas? — Becky entrecerró los ojos para ver más allá de la niña que los iluminaba con su luz estelar. La cocina no estaba destruida.

En cambio, estaba… transformada.

Las paredes, antes lúgubres y desgastadas, ahora eran vibrantes y brillantes; la piedra había adquirido un cálido tono marrón y crecía hiedra por doquier, con diminutas flores que brotaban por todas partes.

Incluso la vidriera había cambiado; todo era más brillante. Todo y, al parecer, todos.

Lyssa atenuó su luz un poquito, contemplando la habitación con asombro.

—¿He sido yo quien ha hecho esto?

El aleteo de los gubres desde fuera indicaba su retirada. Había sido una tontería por su parte pensar que los animales les harían algún daño cuando sus crías yacían ahí dentro con ellos. Pero nadie podría haber imaginado aquel cambio radical de la estancia.

—¿Qué ha pasado? — Blade entró corriendo en la cocina, con el sudor brillando en la frente, y se abalanzó inmediatamente sobre Becky para abrazarla con fuerza—.

Los vi alzar el vuelo y pensé… Dioses, ¿así es como se siente el jefe todo el tiempo?

No me extraña que esté tan tenso. Quiero envolverte en un montón de almohadas mullidas.

— Detuvo su perorata al fijarse en el resto de la habitación.

Gideon ayudó a levantarse a Keeley, a quien debió de haber agarrado cuando Lyssa soltó su grito.

—El veneno debería habernos matado.

—Ahí es justo donde se equivocan, niños. — Moira, Destino, apareció en la puerta con una mirada traviesa—. Con las personas adecuadas, la destrucción se convierte en creación.

Keeley alzó los brazos al aire.

—¿Ha estado escondida en la mansión todo este tiempo?

Moira se encogió de hombros, indiferente ante las caras perturbadas que la observaban fijamente.

—Antes vivía aquí. ¿Acaso creen que no conozco por qué rincones meterme para pasar desapercibida?

Lyssa parpadeó y Rebecka se acercó a ella, protectora ante cualquier posible amenaza.

—Los gubres y yo… hemos hecho que la cocina… — Lyssa se calló, sin saber qué palabra usar. Lo cual, en opinión de Rebecka, debería haberlos alarmado a todos.

Destino fue cojeando hasta ella y se agachó para mirarla a la cara, con los ojos centelleantes.

—Magia. Tu luz estelar junto con los gubres habéis devuelto la vida a esta habitación.

Rebecka se acercó aún más, fijándose en que la mesa, antes de un marrón apagado, era ahora de color turquesa, con las patas curvadas y adornadas con suaves flores amarillas.

—¿Así es como se supone que debía ser esta habitación, entonces?

Destino sonrió.

—Así es como se supone que debía ser toda la mansión. El desvanecimiento de la magia no es nada nuevo. El mundo ha ido perdiendo color desde su creación.

Blade carraspeó.

—¿Cómo lo recuperamos?

Destino sacó un precioso pincel con mango de roble blanco y cerdas de color rosa pálido.

—Lo pintamos de nuevo.

—Si tenemos que pintar todo Rennedawn, le recomendaría un pincel mucho más grande, Moira. — Keeley parpadeó al ver el objeto—. A menos que… ¿Está encantado?

Destino soltó una carcajada.

—Ni por asomo. Lo compré de segunda mano en una feria de artesanía.

Becky resopló, apoyando las manos en las caderas, sin dejar de mirar la habitación con asombro.

Al igual que Edwin, cuyos ojos se llenaron de lágrimas al ver los hermosos detalles que resaltaban en su cocina y el brillo alegre y luminoso que emanaba de las ollas y sartenes.

—Es precioso.

Clarke y Cassandra salieron dando saltos de los armarios en los que se habían escondido, brincando por la habitación como si fuera un parque infantil.

Los animales estaban tan compenetrados entre sí que se lanzaban al aire al unísono, con sus pequeñas alas llevándolos en ráfagas diminutas de niebla púrpura centelleante.

Lyssa levantó las manos, contrarrestando el veneno con su luz blanco-plateada. Este los salpicó a todos con descargas de colores brillantes.

Rebecka se estremeció cuando algo la alcanzó, pero no le dolió.

Notó un cálido resplandor alrededor del corazón y, cuando bajó la mirada, vio que su vestido marrón era ahora fucsia y verde.

Sus prácticos mocasines habían sido sustituidos por unos con margaritas bordadas y, aunque no tenía ni idea de cómo esos zapatos podían ser cómodos y estructuralmente sólidos, de alguna manera lo eran.

—¡Ha sido increíble! — Lyssa miró a su alrededor con estupor mientras todos los presentes recibían un toque de color: la sencilla vestimenta de Gideon se sustituyó por una camisa de un azul intenso y las prendas de cuero rojo de Keeley desaparecieron bajo un tejido marfil más suave, ribeteado con oro.

Y el vestido de Lyssa se había deshecho para dar paso a uno con una gran falda de tul, iridiscente y cubierta de mariposas.

Blade, por su lado…, seguía exactamente igual.

Cuando vio que Rebecka se percataba, le dedicó una sonrisa pícara, señalando su chaleco de colores chillones.

—Me temo que no se puede mejorar la perfección.

Ella puso los ojos en blanco, pero sonrió. Aunque su sonrisa se desvaneció al recordar algo.

—¿Has podido enviar el cuervo a Roland y Marv pidiéndoles que regresen?

Blade se pasó una mano por el pelo.

—Lo he hecho justo a tiempo para ver a los gubres dirigiéndose a las cocinas. — Clarke se acercó tambaleándose y le mordisqueó los tobillos—. Has encontrado algo para picar, ¿eh? — El domador de dragones lo cogió en brazos con una sonrisa.

—¿Por qué es tan importante que regresen, Rebecka? — Joseph tenía una curiosidad voraz en la mirada, una que le confirmaba que su mente nunca dejaba de hacer preguntas. Quería buscar respuestas a todo lo que sabía. Esa había sido también la mentalidad de Rebecka en su día.

No estaba segura de cuándo había cambiado.

—Pensé que, aunque Marv siga sin poder responder a nuestras preguntas sobre el traidor sin que el veneno lo mate, quizá sí que pueda contarnos lo que sabe del pañuelo.

Joseph se quedó en silencio un momento antes de hablar.

—Creo que, con el veneno de los gubres y la luz estelar de Lyssa, pueden hacer algo más que sanar la magia de la mansión.

El corazón de Becky comenzó a latir con fuerza, invadido por una sensación singular. Era de las que indicaba que la vida estaba a punto de dar un nuevo giro.

—¿Cómo lo sabe? — preguntó con cautela.

Joseph se enderezó con una sonrisa milagrosa en el rostro. Una que transmitía dicha y alivio.

—Porque, cuando he entrado en esta habitación, padecía el mal místico — afirmó, y los labios de Edwin se entreabrieron mientras sus ojos mostraban sorpresa.

Joseph recorrió con la mirada su propio cuerpo, fijándose en la túnica de colores que sustituía a su anterior capa, con unos volantes en las mangas que a Rebecka le recordaron a uno de los viejos vestidos de su madre.

Sin embargo, se olvidó de todo eso cuando Joseph levantó la vista y dijo con alegre incredulidad:

—Y creo que me he curado.