CAPÍTULO 65
EVIE
E vie estaba apoyada en la barandilla del barco, contemplando el agua, cuando su padre la encontró.
—Recuerdo lo mucho que te gustaba observar las estrellas. — Su voz sonaba discordante y eso le rasgaba el alma. Era un sonido que le había proporcionado tanto consuelo, pero también tanto dolor.
—No voy a ponerme a recordar viejos tiempos contigo, papá. — No lo miró, mantuvo la vista al frente. Llevaba un vestido sin mangas y el viento que azotaba las velas le helaba los brazos.
Él suspiró.
—He oído que tu madre se ha marchado otra vez. Estoy seguro de que eso ha debido de ser muy doloroso.
No pudo contenerse. Esta vez sí, se giró hacia él y dijo:
—No. Estaba preparada para que me abandonaran de nuevo. Ya me he acostumbrado. Lo aprendí de ti.
Por un breve instante, su padre pareció arrepentido. Pero luego su mirada se volvió calculadora.
—Y supongo que crees que Trystan Maverine no te abandonará.
—Sé que no. — Se apartó de la barandilla y pasó junto a su padre, con la cabeza bien alta.
—Claro que sí. Lo hará. — Fue la seguridad de su tono lo que hizo que la duda se apoderara de ella—.
¿No ves el daño que dejas a tu paso? Dondequiera que vayas, la destrucción te seguirá, y él acabará odiándote.
Porque, como heredero del trono de Rennedawn, nació para eso. No puedes resistirte a lo inevitable.
Evie se dio la vuelta y sonrió.
—Grábate esto en la mente: no eres nadie. Si te apetece llamarme la perdición del reino, adelante. Tú lo único que eres y serás jamás es el lacayo de un rey corrupto. Me das pena.
Se llevó una mano al pecho y emprendió el camino hacia su camarote, pero el capitán Medusa apareció ante ella, entregándole una petaca y dos mantas gruesas.
—¿Qué es todo esto?
—El truco especial de Merlín Medusa para dormir. — Le guiñó un ojo y le dio un tierno beso en la mejilla—. Siento toda esta situación. De verdad.
Evie le acarició la mano, preguntándose si él sabía lo mucho que significaba para ella ver a un padre disculparse. Y decirlo en serio.
—Hiciste lo correcto, y me alegro de que así fuera. ¿Qué camarote debo tomar?
—Al final del pasillo, lo más lejos posible de donde estarán los Guardias Valerosos.
Bajó por la escalera, tratando de ignorar el silbido de uno de los soldados del rey mientras se dirigía hacia allí. Nada de violencia.
—¡Ay! ¡Desgraciado!
Eso no había logrado detener a Trystan.
—Vaya, lo siento. Se me ha resbalado la pierna.
Ella no se dio la vuelta, pero sintió su pecho contra la espalda y un murmullo:
—Adelante.
Abrió la puerta y él entró tras ella, cerrándola y sujetándola antes de que se derrumbara.
—He hablado con mi padre. Ha sido horrible. — Sonaba dócil e insegura. Su fortaleza se esfumaba cuando se trataba de su padre.
Se dirigió hacia la pequeña cama plegable que había en la esquina y dejó caer las mantas de Medusa y el truco para dormir.
—¿Quieres que lo mate? — preguntó Trystan en voz baja mientras la seguía, con sus ojos oscuros escudriñando los de ella, haciendo control de daños, sin duda.
—No. — Evie se sentía atormentada por todas las cosas que nunca sería—. Quiero que esté vivito y coleando cuando los venzamos. Que sea testigo de su fracaso.
Trystan frunció los labios. Su apuesto rostro estaba ensombrecido, alumbrado solo por la luz de las velas.
—Tienes un don para la maldad.
—O simplemente un don para ser malvada.
—Yo diría que es prácticamente lo mismo.
— Trystan se encogió de hombros, pero su sonrisa se desvaneció al ver una lágrima resbalando por la mejilla de Evie.
Mierda—. Oye… — Le giró el rostro hacia él con cuidado, y eso hizo que las lágrimas brotaran con mayor intensidad, dejando su rastro por la piel—. ¿Qué pasa?
—Es que me parece demasiado horrible para ser real. Que yo te ame y tú me ames y, aun así, todo vaya a acabar fatal. Sé que todo lo que sale de la boca de mi padre es una estrategia, un intento de hacerme daño, pero eso no quiere decir que no sea cierto.
Trystan le puso una mano en la nuca y la acercó a la mesa que estaba pegada a la pared.
—No lo es. ¿Qué te ha dicho?
Ella sonrió con tristeza.
—Ah, lo de siempre. Que estamos condenados a convertirnos en enemigos. Que cualquier esfuerzo por evitarlo será en vano. Que dejo un rastro de destrucción allá donde voy y que, algún día, como todos los demás, te cansarás y te marcharás.
La soltó, con el gesto deformado por la ira, y se dirigió a la portilla para contemplar las olas embravecidas.
—No veo la hora de bajarme de este maldito barco.
—¿Para poder abandonarme? — bromeó ella, tratando de tantear el terreno.
Su corazón rechazaba la idea, pero no tanto como Trystan, quien se giró tan rápido y colérico que ella trastabilló hacia atrás.
—¿De verdad piensas eso? — Se acercó a ella con paso firme y el semblante cada vez más ensombrecido. No era la primera vez que Evie sentía un cierto placer enfermizo, de los que te invaden cuando te enfrentas a un adversario—. ¿Que estamos abocados a un final en el que… te abandono?
—Solo era una broma. — Se rio nerviosa, jugueteando con las puntas de sus rizos.
—No. No lo era. — La miró a los ojos, como si su alma estuviera al descubierto y no hubiera un solo rincón que pudiera esconder. Ella no pudo soportarlo mucho rato y acabó bajando la vista hacia las tablas del suelo, de color rosa claro—. Mírame — le ordenó.
—No.
—Mírame. — Estaba enfadado, pero era un enfado dulce. Lo había visto enfadado de verdad y no tenía nada que ver. Esta era una rabia silenciosa—. Evangelina.
—¿Qué? — Ella posó la mirada en su rostro, levantando las manos al aire—.
¿Qué? ¿Quieres que diga que tengo miedo?
¡Vale, tengo miedo! Estoy intentando ser esta nueva versión de mí y no sé cómo.
Poseo magia negra y tengo un destino que ignoraba que existía, ¡pero yo sigo siendo la de siempre!
Y no sé cómo conciliar ambas cosas con el hecho de que un hombre con el que tuve que luchar con uñas y dientes para que reconociera lo que sentía por mí aún no haya perdido la esperanza conmigo.
Él sonrió, y fue aterrador.
—Tienes miedo porque sabes la verdad.
Evie tragó saliva y se le escapó una leve exclamación cuando él la agarró por las mejillas y la acercó a su boca, quedando sus labios suspendidos a pocos milímetros.
—¿Qué… qué verdad? — susurró.
—La sabes — respondió él con voz grave—. Dila.
La orden fue firme, tranquila y la dejó clavada en el sitio.
—Que haga lo que haga, vaya donde vaya, por muy atroces que sean mis actos o por mucho que convierta el dolor en humor, a ti nunca te va a importar que yo sea la peor persona del mundo. — Se le encogió el corazón mientras su mirada oscura se clavaba en ella—. Que no me abandonarás.
La certeza se instaló en ella y se permitió creerlo, ignorando todos los escudos con los que normalmente se protegía el corazón. De todos modos, eran innecesarios; ya estaba él allí, sosteniéndolo.
Pero entonces la soltó, y la llama se enfrió hasta convertirse en confusión.
—Acabas de decir… ¿Adónde vas? No vamos a…
Él le dedicó una sonrisa torcida, cogiendo una de las mantas que ella había colocado sobre la cama.
—¿No vamos a qué?
Ella se sonrojó y sintió un cosquilleo de vergüenza.
—¿Jugar… a las damas?
—No creo que pueda sucumbir a mi extremo deseo de… — hizo una pausa pensativa, y la mirada juvenil y juguetona de su rostro la hizo sentir más ligera— jugar a las damas. — Se dirigió hacia la puerta con una compostura que la sacaba de quicio.
Sobre todo porque ella se estaba deshaciendo como un lazo mal atado.
—Hay Guardias Valerosos por todos lados — continuó Trystan—, y las puertas de los camarotes no se pueden cerrar con llave. Tengo intención de quedarme aquí fuera vigilando por si alguno de ellos se olvida de que no debe haber violencia a bordo.
—Puedes protegerme desde aquí dentro — protestó ella.
Su mirada fue como una caricia que viajó desde sus piernas hasta su pecho, para finalmente posarse en su rostro.
—Si me quedo aquí dentro, te haré de todo menos protegerte.
No hacía falta que especificara lo que haría en su lugar; lo veía en el ardor de su mirada.
—Reúnete conmigo en la cubierta del barco justo antes del amanecer — le pidió Trystan antes de abrir la puerta y salir al pasillo.
Evie frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Tenemos que trazar una estrategia para llegar a los Jardines de Rennedawn antes que el resto.
No dijo nada más, solo cerró la puerta con cuidado. Evie supo que podía dormir tranquila porque él estaba al otro lado, montando guardia. El viento azotó la portilla y ella sintió que se le encendía una chispa.
La de una idea muy mala.