CAPÍTULO 64
lyssa
L yssa Sage siempre tenía una historia que contar.
Evie solía decirle que, desde que empezó a hablar a la temprana edad de once meses, ya no había parado. Todo era una aventura, un entretenimiento más. Le encantaban las emociones que experimentaba la gente al consumir una historia. Las lágrimas, las risas, los desmayos, el miedo…
Bueno, el miedo no le encantaba.
Cuando los tres entraron en la cocina, Gideon se fue directo hacia el caldero del brebaje y Keeley cogió uno de los bollos cubiertos de miel que Edwin estaba sacando del horno.
—¡Cuidado, capitana Keeley! — la advirtió el cocinero—. Queman mucho.
—Uy, perdón. — Keeley le dedicó una sonrisa tímida—. Hace tanto que no preparas bollos de miel que me he dejado llevar sin pensar. — Echó un vistazo nervioso por la cocina—. Edwin, ¿has visto a Moira? Quiero decir… ¿a Destino?
Edwin señaló hacia la puerta.
—Se ha ido, llevaba prisa. Me ha dicho que tenía que ir a buscar algo. Seguro que enseguida vuelve.
Keeley no se lo terminó de creer, pero asintió con la cabeza y dirigió su atención hacia la persona que acababa de aparecer.
Joseph el Erudito asomó la cabeza desde el pasillo y Edwin empezó a toquetearse las gafas nervioso.
—¿He oído que has hecho bollos de miel? Son mis favoritos. — Joseph sonrió con dulzura y Lyssa vio cómo las mejillas de Edwin pasaban de su azul habitual al índigo—. ¿Los has hecho para mí?
—Ha coincidido que tenía los ingredientes. — El cocinero de la mansión dejó una sartén sobre los fogones y se concentró en remover el brebaje—. ¿Necesitas algo, Joseph? Los niños querían hablar conmigo.
—¿Niños? ¡Soy la capitana de la guardia de El Villano! — protestó Keeley.
—Y yo soy un adulto… técnicamente — añadió Gideon.
—Pues yo no quiero ser nunca una adulta. Todo el mundo se comporta de una forma extraña — declaró Lyssa.
Justo en ese momento entraron la señorita Erring y Blade sosteniendo a las crías de los gubres.
—¿Qué te ha pasado en el pelo, Gushiken? — preguntó Gideon levantando las cejas.
—Me he… echado una siesta… demasiado profunda. — Blade carraspeó y la señorita Erring se giró muy lentamente para mirarlo.
—¿Ves? Comportamientos extraños. — Lyssa se sintió validada—. Edwin, ¿has visto antes este pañuelo?
Edwin lo cogió con su enorme mano y lo examinó de cerca.
—No, apenas da para cubrirme el pulgar. — Se rio entre dientes y Lyssa se dio cuenta de lo ridículo que era todo aquello. Como si ese trozo de tela pudiera servirle de algo a un ogro, salvo quizá como manta para un ratón mascota—. ¿Qué te hizo pensar que era mío?
—Hay una E bordada en la parte de abajo — murmuró Gideon con semblante derrotado, mientras hacía muecas después de cada sorbo del brebaje.
Joseph se acercó al hombro de Edwin y el chef se tensó, conteniendo la respiración cuando el otro se inclinó hacia él.
—A mí sí me suena.
—¿De verdad? — Lyssa parpadeó.
—Este encaje solo se usa para capas encantadas — explicó Joseph—. ¿Me permites? — le preguntó a Edwin, y el ogro se lo entregó. Al hacerlo, se rozaron los dedos y ambos esbozaron una sonrisa nerviosa.
—Deja de mirarlos fijamente — le susurró Keeley a Gideon.
—¿Qué? — espetó Gideon a su vez—. Hasta donde yo sé, ser un romántico empedernido no es ningún crimen, capitana.
Mientras los «adultos» de la sala discutían, Lyssa se centró en lo importante:
—¿Qué es una capa encantada?
—En todos los linajes de hechiceras hay una capa que se transmite de generación en generación — explicó Joseph observando la prenda con gran interés—. A veces se cortan trozos para hacer mantitas de bebé o…
—Pañuelos — concluyó Lyssa.
—Exacto. — Joseph le sonrió—. En Rennedawn solo hay diez linajes de hechiceras. Es el único tipo de magia que se transmite de generación en generación y no se despierta al cabo de los años.
—La familia Fortis tiene algo parecido — añadió la señorita Erring—. Pero es de seda.
Sus ojos se iluminaron.
—No era consciente de que teníamos aquí a una integrante de la familia Fortis. Me complace conocerla. He estudiado a su familia durante muchos años.
—Estupendo. ¿Está más cerca de diagnosticarnos? — bromeó la señorita Erring.
Joseph se rio señalándola.
—Es igualita que su abuela.
—Gracias. — La señorita Erring se ablandó—. ¿La conoce?
—Hemos coincidido unas cuantas veces. Siempre ha sido una pareja de baile maravillosa en las fiestas. — El ogro sonrió de reojo a Edwin—. Al igual que Edwin.
—¿Ah, sí? — Keeley sonrió para sus adentros y Lyssa se mordió la lengua.
Edwin soltó una risita ahogada.
—Lo estás diciendo para halagarme, pero la realidad es que te he pisado los pies más de una vez.
Joseph posó la mirada en el rostro de Edwin.
—Nunca me di cuenta.
—¿Deberíamos irnos? — le susurró Blade a Gideon.
Keeley, la señorita Erring y Lyssa los hicieron callar tan rápido que ambos se apartaron de ellas, sobresaltados.
A Lyssa le gustaba tener ese efecto en la gente.
—Entonces, la E significa…
—Erodina — respondió Joseph, saliendo del trance que lo había llevado a contemplar el rostro de Edwin—. Probablemente se trate de la línea de Erodina.
—¿Es de Winnifred? — preguntó la señorita Erring—. Pero Winnifred apareció hace solo unos días. Y encerramos a Marv poco después. No puede ser ella quien le escribió las notas a Lyssa.
—Entonces tiene que ser alguien a quien ella le dejó el pañuelo.
La señorita Erring dio un respingo con los ojos muy abiertos.
—Bladen, tráeme un cuervo; necesito escribirle a Roland. Tengo una idea. — Blade salió corriendo de la habitación antes de que ella terminara.
—También podríamos enviarle uno a Evie. Si se cruza con Winnifred en el pueblo de Maverine, quizá pueda averiguar a quién le prestó el pañuelo — sugirió Gideon, y Edwin negó con la cabeza.
—Si siguen en el barco, será difícil localizarlo. Será mejor que esperemos hasta mañana y lo enviemos directamente al pueblo.
Todos estuvieron de acuerdo con Edwin, incluida Lyssa. La niña se acercó a la ventana donde estaba la señorita Erring, observando cómo Cassandra y Clarke intentaban trepar uno encima del otro para aproximarse a las manos de Becky y que les acariciara la cabecita.
—Son tan monos…
—Son un fastidio — dijo Rebecka con cariño, cogiendo a los animalitos en brazos—. Pero supongo que no están del todo mal
Lyssa sonrió y luego se preguntó por qué de repente se sentía inquieta. Tardó un momento en darse cuenta de que era porque la habitación ya no estaba iluminada por el sol. Entonces algo se movió desde detrás de la vidriera.
Era un ojo gigante.
—¡Señorita Erring, apártese! — gritó Lyssa levantando las manos resplandecientes.
Y, antes de que ninguno de ellos pudiera llegar a la puerta, la habitación quedó envuelta por el veneno mortal de los gubres.