CAPÍTULO 63
reymundo
A lexander volvió a transformarse en rana antes del postre. Por suerte, pudo excusarse con la suficiente rapidez como para hacerlo lejos de las miradas indiscretas.
De todas formas, para entonces la cena ya se había echado a perder y se había convertido en un duelo de miradas.
Hasta ese momento, Alexander creía que Trystan iba ganando, pero Benedict también estaba dando guerra.
—¿Winnifred? — dijo Benedict, y ella se acercó corriendo con una jarra en la mano. Sirvió el agua con la cabeza gacha y Alexander se sintió inexplicablemente molesto. Sabía lo que era sentirse pequeño.
Ahora, por ejemplo. Estaba usando un plato como asiento.
—Lo crean o no, hemos venido aquí a negociar — comenzó Benedict, juntando las manos e inclinándose hacia delante—.
Sospecho que ustedes tienen el ancla y la copia de La historia de Rennedawn de Destino.
Me gustaría que me hicieran entrega de ambas.
A cambio, les daré todo lo que siempre han deseado.
Alexander sacó un cartelito que Trystan le había pasado después de la transformación, escribió unas letras y luego lo levantó.
Muérete.
—Bien dicho, Reymundo. — Trystan sonrió con aire burlón y aplaudió—. Capitán Medusa, ¿hay algún tablón a bordo?
El padre de Tatianna torció el gesto.
—Por supuesto.
Griffin Sage parecía aburrido con la conversación, pero ayudó a Benedict como el buen perrito faldero en el que se había convertido.
—Me parece que no está entendiendo el fondo del asunto, señor Maverine. Si permite que se cumpla la maldición, Rennedawn será suyo. Se convertirá en el heredero del rey y nunca conocerá otra vida.
—No querría una vida en la que Sage y yo estuviéramos en bandos opuestos.
—Ya lo están. — Los ojos de Benedict se posaron en Reymundo. Su mirada amenazante daba miedo—. Ahora son adversarios, quieran aceptarlo o no. Aunque el reino no aguantará mucho más esta indecisión.
—Por eso estamos cumpliendo la profecía — afirmó Trystan.
Benedict suspiró.
—¿No lo ven? No lo van a conseguir. La profecía ya se ha desviado demasiado por la intromisión que llevamos a cabo hace años. Y todo para salvar a una niña que ni siquiera merecía la pena.
Trystan lo fulminó con la mirada. En sus ojos ardía la promesa de hacerle daño en cuanto tuviera opción.
Griffin Sage resopló, sin atreverse a mirar a su hija, como el cobarde que era. Aun así, no fue necesario, porque en ese momento Winnifred apareció junto al rey Benedict y le vació el contenido de la jarra de agua en el regazo, acaparando la atención de todos.
Benedict se levantó con un grito de indignación.
—¡Cómo te atreves, bruja!
—Hechicera — lo corrigió Winnifred con un hilo de voz.
—¡Pide perdón a Su Majestad por este descuido tan lamentable! — ordenó Griffin Sage, pero Winnifred no se acobardó, se limitó a contemplarlo con expresión ausente.
—No puedo — respondió—. Porque no lo siento. — Su rostro se iluminó al añadir—: Y no ha sido un descuido.
No lo decía con sorna, simplemente estaba compartiendo lo que pensaba.
Algo inusual.
Y peligroso.
—Dejad a la chica en paz — rugió Trystan, caminando hacia el otro lado de la mesa y colocándose entre Winnifred y los dos hombres corpulentos que parecían dispuestos a tirarla por la borda—. No vamos a negociar. Si esto era un intento ridículo de intimidarme, habéis fracasado.
Benedict se encogió de hombros y retrocedió hasta quedar flanqueado por su Guardia Valerosa.
—¿No se ha planteado la posibilidad de que no sea a usted a quien pretendía intimidar?
Benedict se dispuso a irse, pasando junto a todos ellos, y mientras abandonaba la cubierta…
Fijó la mirada en Alexander.