CAPÍTULO 62
EVIE
E vie Sage estaba a punto de sentarse frente a su padre en una mesa.
—¿Qué clase de crucero infernal es este? — le espetó a Trystan mientras terminaban de colocar la larga mesa en la cubierta y todo el mundo buscaba su asiento.
—¿Quieres cambiarme el sitio? — murmuró Trystan.
—¿Quién se sienta a tu lado?
—Mi madre.
Ella se estremeció.
—Déjalo. Me esconderé detrás del centro de mesa.
Las cenas multitudinarias solían parecerle encantadoras, pero este horror no tenía nada de encantador.
El personal empezó a colocar los cubiertos, a servir vino e incluso a ofrecer pequeñas porciones de mantequilla mientras el grupo se acomodaba. Como una familia feliz y desquiciada.
Aquello era tan agradable como hacer el inventario mensual. O como que te arrancaran un diente.
—Este vino es divino, capitán. Tiene un gusto impecable — lo elogió Benedict jovialmente mientras se rellenaba la copa, como si todos fueran viejos conocidos compartiendo una comida, en lugar de enemigos acérrimos haciendo todo lo posible por no derramar sangre sobre los aperitivos.
Levantó la copa hacia Evie y Trystan y añadió—: Pruébenlo, ustedes dos, verán qué rico.
Evie alzó la copa, se bebió el líquido de un trago y luego la tendió para que le sirvieran más con una sonrisa de satisfacción que sabía que Benedict y su padre odiarían. Al verles la cara, sus labios se curvaron aún más, y le ordenó al rey de Rennedawn:
—Relléname la copa.
Aunque no estaba mirando a Griffin Sage, escuchó el crujir de su silla al ponerse en pie y percibió su indignación mientras escupía:
—Muestra algo de respeto, niñata insolente y…
—No. — Trystan también se había levantado y, cuando Evie vio su rostro, volvió a vislumbrar a El Villano, con su poder oscuro animándolo bajo la piel.
Ah, no, en realidad era ella. Lo estaba animando en voz alta.
Cerró la boca para no ponerse a silbar.
—Es posible que ahora mismo no pueda hacerle daño, pero tarde o temprano abandonará este barco. Siga hablándole así y me pasaré el resto de mis días persiguiéndolo. Siéntese. Ahora.
Griffin frunció los labios mientras miraba a Trystan con desdén, pero volvió a sentarse lentamente.
—Ya no es usted El Villano, señor. No tengo por qué temerle. Su magia lo ha abandonado.
Trystan dio un trago de vino y decidió no mencionar que había recuperado sus poderes de curandero de la esencia. Ni lo que eso implicaba.
Era justo, sobre todo porque Evie sabía que él tampoco tenía ni idea del alcance de ese poder.
—La magia nunca fue mi forma preferida de matar — murmuró Trystan con una calma letal. Y luego, sin apartar la vista de Griffin, cogió la botella y sirvió más vino en la copa de Evie.
¿Cómo se suponía que una chica podía mantener la cabeza fría en esas condiciones?
Tatianna se encontraba al otro costado de Evie, contemplando con ira a Griffin, tamborileando con los dedos sobre sus brazos cruzados. Alexander estaba junto a Tati, todavía en su forma humana, gracias a los dioses. Se inclinó para mirar al resto y articuló una palabra con los labios: «Puaj».
Y luego puso los dos pulgares hacia abajo. Evie sonrió; Reymundo no había perdido su talento para decir mucho con una sola palabra. Y resultaba aún más gracioso si lo acompañaba de una expresión facial como la que tenía en ese momento, con la boca curvada y el ceño fruncido.
—Qué alegría volver a verte después de tanto tiempo, Alexander. — Amara arqueó una ceja mientras untaba mantequilla en su pan.
Clare imitó el movimiento.
—Bueno, lo dices como si no hubiese sido cosa tuya lo de convertirlo en rana, madre.
Amara se puso de pie.
—Pídeme perdón ahora mismo — masculló.
Tatianna abrió la boca, pero Clare le agarró la mano, indicándole que se detuviera. La tensión era tan palpable que nadie se atrevió a tocar la comida que la tripulación les estaba sirviendo.
Evie sabía que, incluso en un estado de justificada agitación, aún contaba con habilidades muy afinadas a las que recurrir. Villana, miembro de la realeza o asistente, daba igual.
Siempre sabía cómo empeorar una situación.
Se metió un poco de ensalada en la boca, masticó lentamente y luego comentó:
—El pollo está seco.
Charles la fulminó con la mirada, haciendo tintinear el tenedor en el plato mientras la señalaba.
—Sus modales son pésimos, señorita Sage.
Ella se inclinó sobre el plato, sosteniendo la verdura con el tenedor y haciéndolo girar.
—Y los espárragos también.
Trystan le apretó la pierna bajo la mesa. Cuando ella lo miró, en sus ojos brillaba la diversión.
—Basta ya de ser desagradable — ordenó Griffin, recolocándose en su asiento.
—Uy, ¿ya te vas? — respondió Evie con cara inocente.
Alexander se rio tapándose la boca con el puño, y Clare le pasó una servilleta, conteniendo también la sonrisa.
Su padre frunció el ceño.
—Casi no te reconozco, Evangelina.
—Suele ocurrir cuando hablas con alguien desconocido. — Evie dio un buen trago a su copa de vino, dejando que el calor le bajara por la garganta hasta el estómago, atenuando la angustia que le provocaba volver a encontrarse con aquel hombre.
—Qué grupo tan interesante de personas se ha reunido aquí hoy para celebrar la vida de Arthur Maverine — intervino el capitán Medusa desde la cabecera de la mesa.
Interesante, sí. Como una erupción inexplicable.
—Estoy seguro de que le habría encantado tener al menos a uno de sus hijos presente — comentó Griffin con un tono sarcástico mientras cortaba la carne.
—Tiene a dos presentes — lo corrigió Clare con tono incisivo.
Benedict intercambió una mirada con Griffin.
—No creo.
Trystan se estremeció.
—Pásame los panecillos, Evangelina — ordenó Griffin, observando el impacto que sus palabras habían tenido en Trystan con un aire de suficiencia que la llenó de rabia.
Era incapaz de sentir una ira fría. Como todas sus emociones, esta ardía como el fuego. La magia bajo su piel empujaba en vano para que la liberara. La cicatriz de su hombro resplandeció bajo la tela del vestido. Los restos de magia que Trystan había dejado atrás trataban de protegerlo.
No podía recurrir a la violencia, así que solo tenía dos opciones: usar las palabras… o ser creativa.
Evie cogió un trozo de pan de la cesta que tenía delante… y se lo lanzó a la cabeza. El pan le dio a su padre en la frente con un ruido sordo.
No se trataba tanto de permitir que los pensamientos intrusivos ganaran, más bien era una entrega voluntaria y sana.
Trystan se atragantó con lo que sea que tuviera en la boca y la miró como ella había mirado un día a un pájaro que iba volando a toda velocidad… hasta estamparse contra un árbol.
Griffin, por su parte, parecía sorprendido por aquel proyectil derivado del trigo.
Se había quedado con la cara enrojecida y la boca abierta, emitiendo un balbuceo silencioso cargado de furia.
Tatianna se tapaba la boca para contener la risa, apoyándose en el hombro de Clare para que no la vieran, y Trystan se había recuperado lo suficiente como para levantar una mano en señal de calma hacia Charles, que parecía a punto de estallar ante aquel espectáculo incivilizado.
Evie dio otro sorbo de vino y cogió la mantequera, y luego preguntó amablemente:
—¿Quieres que te pase esto también?
Griffin no mordió el anzuelo. En su lugar, se recostó en el asiento con una mirada de puro desprecio que ella conocía a la perfección.
—Preferiría que no.
—Yo habría preferido que no colocaras una bomba en mi lugar de trabajo después de intentar venderme como si fuera un trozo de carne. Pero, tonta de mí, se me olvidaba que, al fin y al cabo, eres un carnicero — espetó Evie. Sentía cómo el calor del vino disipaba el miedo y todas sus inhibiciones.
El sol poniente se reflejaba ahora en el agua, y ella se dio cuenta con una sacudida de alegría de que estaba creando un efecto arcoíris en las olas.
Un escenario precioso para una escena de lo más fea.
—¿Alguien aquí ha leído alguna vez La sociedad del corsé travieso? — preguntó Trystan mientras daba un bocado de la comida que le habían servido como entrante.
Esta vez fue Evie quien se atragantó.
Trystan se limitó a seguir mirando la comida del plato con indiferente contemplación, pero, por debajo de la mesa, unos dedos grandes y cálidos se entrelazaron con los de Evie, y el resplandor de la cicatriz le provocó un cosquilleo en respuesta.
—¿De qué trata? — preguntó Tatianna con una sonrisa burlona. Le había gustado ese cambio de tema.
—Por lo que he podido deducir hasta ahora, explora la lucha de una mujer por encontrar la armonía en un mundo injusto dominado por los hombres, al tiempo que se enamora de uno de ellos. En definitiva, un conflicto de identidad.
Evie se quedó estupefacta ante aquella valoración. Trystan hablaba del libro como un estudiante que defiende una teoría frente a un grupo de eruditos. Y las caras de desconcierto alrededor de la mesa eran la prueba de que había dado en el clavo.
—¿Y…? — insistió Tatianna con un poco de malicia.
Trystan frunció el ceño.
—Ah, ¿te refieres a las escenas de amor explícitas?
—¿Las escenas explícitas de qué? — preguntó Griffin, que parecía a punto de estallar de rabia.
—¿Has dicho «escenas de amor»? — resolló Evie.
—Blade me aconsejó que evitara la palabra «fornicar» cuando hablara en un contexto romántico. — La miró con una preocupación claramente fingida y le explicó con detenimiento—: Porque sabes que es una novela romántica, ¿no?
—¡Claro que lo sé! — exclamó Evie levantando las manos.
En ese mismo instante, Amara dio un golpe con las palmas sobre la mesa.
—¡Basta! ¡Esta es una cena para celebrar la vida y vosotros la estáis convirtiendo en una burla!
—¿Y tenderle una trampa a Arthur para que lo mataran no lo fue? — preguntó Clare, alzando una ceja con escepticismo.
—¡Clare! — susurró Tatianna, atónita a la vez que eufórica—. Brava.
Amara hervía de rabia. Los hombros le subían y bajaban al ritmo de su respiración entrecortada.
—Voy a retirarme a mi camarote. Buenas noches.
—Nunca había presenciado un espectáculo de crueldad tan innecesario — dijo lord Charles mientras comía puré de patatas.
—Eso no es cierto — replicó Trystan, y luego dio un sorbo de vino.
Charles palideció y dejó con cautela la cuchara al ver que Trystan se levantaba y rodeaba la mesa para plantarse frente al especialista en magia.
—No sé a qué se refiere.
—Vamos, Charles. Sé que han pasado unos cuantos años, pero no me diga que no se acuerda del verano que compartimos todos juntos cuando yo tenía diecinueve.
Evie se quedó paralizada y se le erizaron los pelos de los brazos.
El rey Benedict sonrió.
—Y yo que pensaba que no lo recordaba.
—¿Que no recordaba qué? — preguntó Clare con cara de estar a punto de derramar tinta naranja por toda la mesa.
Esa que desintegraba todo lo que tocaba.
—Charles fue mi especialista en magia, tiempo ha. Cuénteselo, Charles — lo animó El Villano. A simple vista, parecía una invitación amistosa, pero Evie conocía a aquel hombre mejor que a sí misma, y sus ojos eran como dos astillas negras.
Charles tragó saliva con aspecto de estar a punto de echar la cena.
—Eso fue hace una eternidad. Yo me limitaba a seguir las órdenes del rey.
—¿Haciendo qué, si se puede saber? — preguntó Tatianna con la mirada fija en los dos hombres.
Trystan agarró a Charles por el cuello, ignorando el grito del hombre, y los Guardias Valerosos se tensaron ante aquella amenaza, con las manos preparadas sobre sus espadas.
Sin embargo, Charles no se resistió al agarre de Trystan. Como si tuviera asumido que se merecía lo que fuera que quisiera hacerle.
—Charles fue quien me nombró El Villano.