CAPÍTULO 61
gideon
Mientras tanto, en la mansión…
C uando Gideon era joven, el mundo lo alababa por lo mucho que se parecía a su padre. Griffin siempre había sido muy admirado en el pueblo. Un antiguo Guardia Valeroso, el carnicero local, un esposo y padre devoto.
A Gideon le gustaba que lo compararan con él.
Ahora, pensar en su padre lo ponía enfermo.
Al volver a leer la nota, se fijó en los trazos ondulados de la caligrafía.
Lyssa empujó las puertas del estudio al que desde hacía poco tenía el acceso permitido y los rayos de luz que se colaban por las ventanas iluminaron su vestido con volantes.
—Aquí están todas, Gideon. — Dejó el resto de las notas que había recibido sobre la mesa de caoba.
La habitación estaba impregnada del olor a cuero gastado y pergamino; eso lo transportó a un lugar en el que había estado una vez. Cualquiera era mejor que este, en el que le tocaba leer las notas coercitivas que le habían dejado a Lyssa para liberar a Griffin Sage de la custodia de El Villano.
¡Ven enseguida, Lyssa! ¡Tu padre te necesita!
Lyssa, ve a ver a tu padre. Te quiere mucho.
No olvides venir sola.
Era la última la que resultaba más siniestra: el deseo de aislarla.
—¿Estás enfadado conmigo? — preguntó Lyssa, cruzando las manos delante de ella y mordiéndose el labio.
—No — respondió él con vehemencia—. Estoy enfadado con la persona que te escribió estas notas.
—¿Marv? — Su hermana echó un vistazo a los papeles que había junto a él.
—Eso pensaba. Y sigo pensándolo. Aunque Marv no podrá decirnos nada hasta que no lo curen, y esta letra…
— Gideon le acercó las notas, junto con un informe oficial de Marvin—.
¿Ves la diferencia? Pensé que coincidirían, pero en este documento la letra de Marv es un garabato en comparación con la caligrafía de las notas.
—Anda. — Lyssa se animó—. ¡Se parece más a esta! — Sacó un pañuelo del bolsillo y se lo entregó a su hermano.
Gideon lo cogió preguntándose qué tenía que ver un trozo de tela con todo aquello, pero cuando la extendió sobre la palma, con sus delicadas costuras hechas de encaje, se dio cuenta de que había tres palabras escritas.
Soy yo, tonta.
Y eran idénticas a las notas que tenía delante.
—Lyssa, ¿de dónde has sacado esto?
—Lo encontré. — Reflexionó un instante—. ¿Por qué?
—Porque creo que quienquiera que haya escrito esto es la misma persona que escribió estas notas.
Su hermana le lanzó una mirada dubitativa, colocando los brazos en jarra.
—¿Cómo puedes saberlo con solo tres palabras?
—Míralo tú misma. — Gideon señaló unos detalles concretos y Lyssa abrió mucho los ojos.
—Vaya.
Sí.
Vaya.
Y también: joder.
Gideon se quitó las gafas de lectura con un bufido de frustración.
—No sé cómo voy a averiguar quién escribió esto.
—¿Alguien cuyo nombre empiece por E? — dijo Lyssa, y Gideon levantó la cabeza de golpe.
—¿Por qué piensas eso?
Lyssa le acercó el pañuelo y lo analizó. Ahí estaba: una pequeña E cosida en la parte inferior.
—¿A quién conocemos cuya inicial sea una E?
Keeley abrió las puertas de un empujón y entró con el ceño fruncido.
—Me rindo. Han pasado casi veinticuatro horas. Hemos rastreado el bosque y ha sido en vano. Destino ha desaparecido.
—Pero si acabo de verla — dijo Lyssa, acercándose a una de las estanterías para ver qué títulos había.
Keeley se volvió hacia ella con una lentitud peligrosa.
—Lyssa…, ¿dónde has visto a Destino?
—Moira — la corrigió ella, haciendo caso omiso al tono empleado para formular la pregunta. Esa niña era terrible—. Y estaba en la cocina con Edwin.
Gideon se giró hacia Keeley y ella lo miró boquiabierta. La expresión de su rostro era a la vez cómica y alarmante.
—Capitana, ¿se encuentra bien?
—¿Llevas gafas para leer? — preguntó Keeley, señalando las lentes como si fueran armas de destrucción masiva.
Por fin.
Un agradable descubrimiento.
—Sí. ¿Por qué? ¿Te sorprende lo bien que me quedan? — Gideon sonrió.
—Ay, Gideon… — Lyssa negó con la cabeza, decepcionada.
—No — espetó Keeley.
Desde luego que sí. No se las pensaba quitar nunca más.
—¡E! — exclamó Lyssa ahogando un grito.
La atención de Gideon se desvió hacia ella.
—E…
Lyssa señaló hacia la puerta.
—Edwin.
Gideon tenía razón. La respuesta era: vaya.
Y también: joder.