Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

trystan

A lguien levantó la rampa antes de que pudieran retirarse.

Mejor así; Trystan no tenía intención de huir.

Tenía intención de matar.

Desenvainó la espada y se abalanzó sobre Benedict blandiendo la hoja. Este no se movió, se limitó a observar con una satisfacción que no suele verse en un hombre a punto de ser cortado por la mitad.

La espada descendió, pero rebotó en él con tal rapidez y brusquedad que Trystan salió volando por los aires, chocó contra el mástil principal y cayó al suelo con un dolor punzante recorriéndole la columna vertebral.

—¡Eh! — oyó gritar a Sage en su estado de desorientación.

Mientras trataba de recomponerse, vio cómo ella avanzaba, con su colorida falda ondeando a su alrededor, en contraste con la magia que ahora le brotaba de los dedos.

Cerró los ojos al tiempo que lanzaba un rugido de guerra.

La niebla se abalanzó sobre Benedict y la Guardia Valerosa, pero el rey seguía allí de pie.

Imperturbable.

Algo iba mal.

—¡Sage, espera! — bramó Trystan. Demasiado tarde.

La magia, al igual que su espada, rebotó en Benedict y se estrelló contra ella con tal brusquedad que la dejó sin aire. Se desplomó, ahogándose con la niebla.

Trystan se tragó el dolor. Apenas lo notó cuando se abalanzó hacia ella, arrojándose contra la magia y levantándola para alejarla y que pudiera recuperar el aliento.

—¿Qué significa esto? — gruñó Trystan aferrándose a ella. Quería desafiarlos a que se acercaran para acabar con todos ellos.

—¿Papá? — El susurro de confusión de Tatianna resonó por toda la nave cuando el capitán Medusa apareció—. ¿Qué has hecho?

—No es lo que piensas, Tatianna — comenzó a decir, mirando con ira a Benedict e indicándoles que se acercaran a su lado.

Clare fue la primera en ir hacia él, seguida de Alexander y Tatianna. Evie y Trystan llegaron después, a cierta distancia, recelosos del hombre en quien creían poder confiar.

—Cuando envió su misiva diciendo que nos ayudaría a transportarnos… — insinuó Trystan, esperando a que Merlín Medusa admitiera su traición.

—Hubo una condición de última hora por parte de… un familiar — explicó el capitán con cara de pena. Aquella situación lo perturbaba tanto como a ellos; era evidente por la forma en que miró a su hija con culpa y ademán protector—. Tatianna, créeme, no quería hacerlo. No he tenido elección.

—¿Ha amenazado con matarte si no lo hacías? — Tatianna estaba dolida, con los labios apretados y las cejas fruncidas en un gesto de estupor.

—Ha amenazado con matarte a ti si no lo hacía. — El capitán Medusa se acercó, pero se detuvo cuando Benedict empezó a aplaudir.

—Qué conmovedor — sonrió el rey—. De verdad, es un honor para mí formar parte de un momento así.

—Voy a matarlo — masculló Trystan.

—Me muero de ganas — murmuró Sage en respuesta, agarrándole el brazo mientras él le sujetaba el suyo para poder mantenerse ambos de pie—. ¿Qué haces aquí, Benedict? ¿Tan bajo has caído que ahora te cuelas en los funerales?

—No hay necesidad de colarse cuando la esposa del difunto te invita. — Benedict hizo un gesto con el brazo y, de entre la tripulación, salió Amara Maverine, con un moño estirado que ensalzaba los rasgos de su hermoso rostro, aún más austeros por la mirada apagada de sus ojos.

—Hola, Trystan.

—Debería haber sabido que tenías algo que ver con esto — espetó Clare, abriéndose paso entre la tripulación hasta situarse frente a su madre.

Trystan también avanzó, por si necesitaba ayuda para estrangular a la mujer—.

Según el testamento de papá, nos corresponde a nosotros organizar su entierro.

Estás infringiendo la ley si te entrometes.

Amara mantuvo el rostro impasible. Miró a su única hija como si fuera un insecto y el fastidio de tener que dirigirse a ella le hizo poner los ojos en blanco.

—Clarissa, estoy demasiado cansada para discutir contigo. Llevo todo el día viajando en este maldito barco. Si te calmas, quizá seas capaz de ver que esto es lo mejor que te podría haber pasado.

—Discrepo. — Clare torció el gesto—. Aún respiras.

Un atisbo de emoción brilló en los oscuros ojos de Amara.

—¿Por qué no se lo explica usted, capitán Medusa? Ya que mis hijos parecen empeñados en ser obtusos.

—¡Permítame a mí! — intervino Benedict, dando un paso al frente y echando hacia atrás su capa de piel, con la corona dorada brillando a la luz del sol—.

Hice un trato con el capitán Medusa. O bien me permitía unirme a las celebraciones fúnebres, o bien estaría esperando su llegada al muelle con un arsenal a mis espaldas; uno que no dudaría en utilizar.

El capitán Medusa dejó escapar un suspiro entrecortado. La confianza inquebrantable del hombre parecía resquebrajada, pero Trystan percibió la ira en sus facciones.

—Accedieron a conceder una tregua temporal si les permitía subir a bordo para la cena en celebración de la vida. Me pareció más seguro que permitirles tender una emboscada en el puerto.

Tatianna suspiró, frotándose los ojos.

—Siento que te hayan metido en esto.

—¿Cómo? — interrumpió una voz grave, y todas las miradas se dirigieron al hombre que se erguía, cuadrando los hombros, con un aire de realeza.

Alexander se parecía cada día más a su retrato.

Iba bien peinado, vestía de forma sencilla pero pulcra y ya no llevaba la corona de oro en la cabeza, sino que brillaba en su dedo, como un anillo.

De hecho, eso era originalmente, antes de que le echaran la maldición—.

¿Cómo sabes que no emplearán la violencia de todas formas?

—¡Vaya, si es el príncipe Alexander! — exclamó Benedict—. Qué buen aspecto tiene. ¿Esto es obra de su muchacha, Amara?

Un destello gris apagado se abrió paso entre la multitud y arrojaron a una mujer menuda al suelo, en medio de la trifulca. Winnifred Erodina.

—Ahí está — dijo Amara con una sonrisa que rayaba en la burla—. Winnifred fue casi tan eficaz como lo es su madre. — Hizo una pausa con mala intención—. Ay, perdón. Era.

Los hombros de Winnifred temblaron, aunque enderezó la espalda con expresión decidida.

Apoyó un pie en el suelo e hizo ademán de levantarse, pero se pisó las faldas.

Se habría caído si Alexander no hubiera aparecido a su lado, sujetándole el codo de una forma casi imperceptible para ayudarla a recuperar el equilibrio mientras fulminaba con la mirada a los hombres que la habían empujado.

—A su servicio — Winnifred apartó el brazo de Alexander e hizo una reverencia ante Benedict—, alteza. — Sus palabras eran dóciles y débiles, pero tenía los puños apretados.

Benedict le levantó la barbilla, mirándola con lascivia.

—Lo tendré en cuenta.

Sage no lo dejó pasar. Trystan sabía que no lo haría. Cogió a Winnifred y la puso detrás de ella para protegerla.

—Yo no he aceptado ninguna tregua. Tócala otra vez y te desuello vivo.

A Benedict aquella amenaza solo lo divirtió.

—Me temo que esa no es una opción, señorita Sage. El barco está hechizado. No es posible ejercer la violencia contra nadie a bordo, y, si lo intenta, la única que saldrá herida será usted. ¿No es así, lord Charles?

Un hombre a la izquierda de Benedict asintió; tenía el pelo largo y repeinado hacia atrás con una cantidad exagerada de gel y un bigote con las puntas curvadas hacia arriba.

Parecía la caricatura de un personaje siniestro que hacía el papel de secuaz. Y entonces Trystan se dio cuenta de algo.

—Usted es un especialista en magia, ¿verdad?

Lord Charles entrecerró sus diminutos ojos.

—Ya no. Se acabaron mis días de diagnosticar el tipo de magia de la gente.

Ahora trabajo para mi rey. Gideon Sage dejó atrás parte de su magia con capacidad para bloquear la de los demás, así que la hemos lanzado sobre el barco para que desvíe los ataques hacia la persona que los perpetre, como el rebote de un escudo.

Secuaz Siniestro hablaba demasiado.

Sage cerró los ojos con fuerza.

—¿Por qué? ¿Por qué habéis preferido hacer esto en vez de esperarnos y tendernos una emboscada?

Benedict se encogió de hombros.

—Porque me apetecía mantener una conversación tranquila, y mi nuevo canciller me aconsejó que esta era la opción con menos probabilidades de terminar con un baño de sangre.

—Con lo que me gustan a mí los finales felices…

— dijo Sage con tono burlón, cruzando los brazos con ese brillo malicioso en los ojos que Trystan sabía que significaba que se estaba deleitando con la posibilidad de acabar machacándolos.

Los engranajes de su mente no paraban de sopesar todas las formas en que podía hacérselo pagar a Benedict.

Trystan no creía mucho en eso de «tener un tipo». Pero, en cualquier caso, ese era el suyo: las mujeres locas capaces de tramar un asesinato.

Las mejillas y los labios enrojecidos de Sage casi le hacen pasar por alto un detalle:

—¿Qué nuevo canciller?

Benedict pareció complacido por la pregunta mientras extendía un brazo.

—Ahora viene la parte más emocionante. Venga aquí, canciller. Están deseando conocerlo.

Un hombre se abrió paso entre la multitud para situarse junto a Benedict: el rostro del caballero estaba cubierto por un yelmo, pero cuando se lo quitó…

Las mejillas de Sage pasaron de estar enrojecidas por la ira a palidecer por la sorpresa y el miedo.

—Hola, Evangelina. — El hombre sonrió.

La voz de Sage tembló, pero su postura se mantuvo firme cuando dijo:

—Hola, papá.

Griffin Sage.