CAPÍTULO 58
blade
Un día antes del funeral…
–N o pasa nada, Fluffy. Son simpáticos.
Rebecka le dio una palmadita en la espalda al dragón.
—No le mientas.
Blade miró por encima del hombro a los gubres que ahora adornaban su patio.
Se habían mostrado sospechosamente dóciles desde su llegada, revoloteando por la mansión como aves en busca de un lugar donde posarse.
La hembra seguía con el vientre abultado, guardando otra puesta de huevos que, según calculaba él, llegaría en cualquier momento.
Se estaban convirtiendo en una guardería de crías de gubre, y Blade no estaba seguro de que estuvieran cualificados para ello.
—¿Crees que ha sido sensato dejarme a cargo de ellos? Sé que los demás han tenido que marcharse al funeral esta mañana, pero esto me parece un error.
Rebecka arqueó una ceja.
—Eres un domador de dragones.
—¿Crees que podría cambiar el puesto a «anfitrión de bestias»? Así con saludarlos y retirarme con elegancia ya habría cumplido.
Había transcurrido un día desde la llegada de los animales y Blade se había pasado la mayor parte del tiempo sintiéndose como si hubiera reemplazado a El Villano, manteniendo a los gubris alejadas de sus padres.
Rebecka estaba demasiado distraída para reírse de su broma.
—No me gusta tenerlos separados de sus crías. Me parece cruel.
—Estoy de acuerdo, pero, si se las entregamos, se irán todos volando. Y los necesitamos para el ritual ese de la profecía. — Blade le acarició el brazo con un dedo—. Cuando todo esto termine, los reuniremos y serán felices y comerán perdices.
Aquella mañana, a lomos de sus caballos, Trystan, Clare, Tatianna, Alexander y Evie Sage habían emprendido su viaje.
Los demás se habían quedado en la mansión, ya que, cuanto más grande fuera el grupo, más arriesgado resultaría, y ya se la estaban jugando bastante.
Blade y Becky, en particular, tenían la misión de asegurarse de que los animales no derritieran el edificio antes de que pudieran traer de vuelta la ventana.
—Al menos ahora están tranquilos — comentó Rebecka.
—Es gracias a Lyssa — añadió Blade, observando a la niña en acción.
Lyssa usaba su resplandeciente luz estelar para jugar con los animales, que a su vez se mostraban dóciles en respuesta a sus esfuerzos.
Evie había dejado que la niña escogiera si unirse a ellos o quedarse en la mansión.
Aunque a Lyssa no le había parecido una elección difícil, pues había abrazado a su hermana, le había susurrado algo al oído que la había hecho reír y, tras recibir un último beso en la cabecita, les había dicho adiós con la mano.
—Se han dormido — susurró la niña, acercándose de puntillas con un trozo de carne en la mano—. No me he olvidado de ti, Fluf. — Le lanzó el trozo de carne y Fluffy se irguió de inmediato, tragándoselo entero.
—Granuja… — lo acusó Blade, señalando con el dedo al animal, que parecía muy satisfecho de haber conseguido una ración extra. Lyssa se sentó en el suelo y sacó un pergamino doblado de su bolsa—. ¿Cómo va la historia, pequeñaja?
Los ojos de Lyssa centellearon al mirarlo.
—Estoy llegando al final, pero… estoy un poco confundida porque todo apunta a un final feliz. Me preocupa que se me esté escapando algo. No me da la sensación de que haya terminado.
Blade se encogió de hombros.
—Entonces es que quizá no ha terminado.
Lyssa extendió la palma de la mano.
—¿Tú qué opinas, Florencio? — Le sonrió al caracol, y Rebecka gruñó.
—Que lo tenga como mascota me parece poco ético — dijo—. Seguro que va en contra de algún tipo de política de empresa.
Blade resopló.
—Claro, porque si nos caracterizamos por algo en esta empresa es por hacer cosas éticas, ¿no? — Su tono fue más duro de lo que pretendía, pero se dio cuenta demasiado tarde, después de que Rebecka diera un leve respingo—. Lo siento. Estoy muy alterado desde que Destino me mostró a mi padre.
Rebecka se relajó y Lyssa preguntó con curiosidad:
—No sé nada de tu padre, Blade. ¿Cómo es?
—Sé de mi padre tanto como él quería saber de mí. Es decir, prácticamente nada. — Hizo una mueca. Aquella no era una conversación apta para una niña.
—Si te consuela, mi padre me encerró en una celda y trató de hacer volar por los aires a mi hermana — comentó Lyssa con empatía, dándole una palmadita en el brazo.
No, definitivamente aquella no era una conversación apta para una niña.
Pero, por suerte o por desgracia, Lyssa estaba tan adaptada a la cruda realidad como ellos.
Rebecka se mordió el labio.
—Eso no tiene gracia, Lyssa.
—Un poco gracioso sí que es — replicó Blade, y ella lo salpicó con agua de la fuente—. Lo cierto es que estoy… un poco preocupado por mi padre.
—¿Por qué? — Rebecka frunció el ceño.
—Si hay algo de verdad en lo que vi, ha caído en desgracia con el rey. Y… creo que es por mi culpa. Por eso no quería formar parte del legado familiar y entrar en el gobierno; siempre acaba siendo un embrollo.
Rebecka se puso rígida.
—Algunos no tenemos elección, Bladen.
El domador de dragones puso los ojos como platos al darse cuenta de su error.
—Lo sé, lo sé.
Lyssa miró a ambos y cogió otro trozo de carne.
—Vamos, Fluffy. Dejemos a mamá y papá a solas.
—¡No somos sus padres! — le gritó Rebecka a la niña, frunciendo la nariz de una forma que a Blade le pareció entrañable. Después se frotó las sienes—. ¿Por qué crees que tu padre está en peligro?
—Porque la Guardia Valerosa se lo llevó encadenado.
Supongo que no lo acompañaban a dar un paseo por el jardín.
— Empezó a organizar la zona de Fluffy a pesar de que no había nada desordenado—.
No es un mal hombre. Es solo que… nunca entendió mi forma de pensar.
Ni siquiera lo intentó. Pero ahora sé que me defendió ante el rey.
Quizá parezca una tontería, pero no puedo dejar de pensar en ello.
Llevaba días atormentándolo, tanto que apenas había querido hablar con nadie, especialmente con Rebecka.
—¿Por eso me has estado evitando? — preguntó ella.
—No quería… — Blade hizo una mueca de pena—. Iba a soltar una excusa de pacotilla. Lo siento.
Fluffy resopló y Blade vio que él y Lyssa los estaban espiando desde detrás de una pared. Al darse cuenta de que los habían descubierto, se sobresaltaron y volvieron a desaparecer.
—¿Es porque estuve muerta durante cinco segundos? — Rebecka cruzó los brazos.
Su cuerpo inerte. Los ojos cerrados. Abandonándolo.
—Fueron más de cinco segundos, te lo aseguro.
Ella le tomó la mano con timidez y una mirada tierna. Él le correspondió sujetando la de ella entre las suyas, depositando un suave beso en el interior de su muñeca.
—Estoy bien. Y todo esto va a terminar pronto.
Él se acercó, sintiéndose demasiado vulnerable, demasiado sensible. Le apartó un mechón de pelo y se lo puso detrás de la oreja. Después resiguió con los labios el recorrido de su dedo.
—No vuelvas a hacerlo, por favor.
La miró fijamente a los ojos, sintiendo como si una parte del alma de esa mujer se hubiera derramado en la suya y ahora fueran para siempre parte el uno del otro.
Ella sonrió, sosteniéndole la mandíbula con delicadeza.
—No lo haré.
—Bien. Ahora dime, ¿por qué te ha molestado mi comentario sobre los políticos? — preguntó él.
—Da igual. — Rebecka hizo un gesto con la mano.
—Te ha molestado. Por supuesto que no da igual.
—No resulta agradable escuchar algo así sabiendo que mi futuro me llevará a convertirme en la cabeza de familia de los Fortis. Lo cual implicará vivir allí, hacer apariciones públicas y trabajar en el ámbito diplomático. Cosas que probablemente tú odiarías.
Blade tuvo que cerciorarse de que lo había entendido bien, pero, una vez estuvo seguro, no pudo evitar esbozar una sonrisa mientras preguntaba:
—¿Quieres decir que estás molesta porque ves un futuro conmigo? — Se inclinó hacia ella, y aún más cuando ella lo agarró del cuello de la camisa, acercándolo a pocos centímetros de su rostro.
—Bladen. Te he dicho que te quiero. Estamos juntos. Es lógico que piense en qué nos depara el futuro. Ahora bien, si tú ves esto como algo temporal, entonces te diré que…
—Sí que te considero la madre de Fluffy.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! — exclamó Rebecka con una carcajada histérica—. Quieto ahí. ¿En qué momento he dicho yo que quisiera ser la coprogenitora de nadie? Acabamos de empezar a…
—Lo sé. Solo quería que quedara clara mi postura al respecto. — Inhaló su aroma como si le infundiera vida—. Cuando pienso en el futuro, mi querida Rebecka, solo te veo a ti. — Sonrió y bajó la mirada, dejando caer los brazos, y ella le dio un beso apasionado.
—¿Subimos a tu habitación ahora que todo está tranquilo?
—Rebecka Eriania Fortis — dijo Blade tras ahogar un jadeo, sintiendo cómo se le disparaba la presión arterial por las nubes—. ¿Me estás haciendo una propuesta indecente?
Ella arqueó una ceja.
—La oferta caduca en tres, dos, uno…
Antes de que pudiera decir otra palabra, ya la había cargado sobre un hombro y emprendido la marcha hacia su cuarto, con las risitas de ella como recompensa.
Más tarde, esa misma mañana, mientras yacía en silencio en la cama junto a Rebecka, se preguntaba por qué le seguía atormentando tanto que su padre lo hubiera defendido. Para que él se volviera contra Benedict, la cosa debía de ser grave.
Tan grave que Blade supo que Lyssa tenía razón.
Aquello no era el final.
Era el principio.