CAPÍTULO 57
EVIE
Dos días antes del funeral…
L yssa seguía sin dirigirle la palabra.
Y Evie entendía por qué. Había roto una promesa; había traicionado su confianza después de decirle que nunca se iría. Jamás.
Había empezado a comprender el dolor de su madre por no ser aceptada. Pero, a diferencia de Nura, Lyssa podía darle un portazo en las narices tantas veces como quisiera y Evie seguiría volviendo.
—¿Lyssa? — Evie llamó a la puerta—. Edwin me ha dado unas galletas, son de las que te gustan. Esas que llevan queso, ¿sabes a cuáles me refiero?
La puerta se abrió con un chirrido y apareció su hermana. Evie intentó mantener la calma para no asustarla, aunque por dentro su corazón dio un vuelco.
—Es la hora del té y estoy en plena merienda, pero supongo que… puedes unirte — dijo Lyssa con la benevolencia de una reina, abriendo más para revelar a Trystan sentado allí con el gran sombrero de plumas que le había hecho llevar en su primera merienda.
—Buenas tardes, Sage. — Trystan se puso de pie de repente, asintiendo con deferencia mientras le apartaba la silla vacía para que se sentara.
Apenas lo había visto en los últimos días. Había estado demasiado ocupado enviando misivas, consultando libros sobre legislación y recurriendo al padre marinero de Tatianna para encontrar un medio para llegar al puerto de su aldea.
—Buenas tardes, lord Florencio.
—Soy lord Narciso — corrigió Trystan con serenidad.
—Estaba hablando con el caracol — dijo Evie, señalando al pequeño animal que mordisqueaba una flor sobre uno de los platillos de té—. Espera, ¿permites que mi hermana te llame lord Narciso?
Lyssa le entregó a Evie su taza de té con una sonrisa tímida, y Evie se tragó sus emociones y dio un buen sorbo.
—Me pareció una decisión prudente, teniendo en cuenta que es un nombre que elegí yo. — Trystan le dio un mordisco a la galleta a la vez que Evie se quemaba la lengua.
—Tú elegiste… Fantástico. — Evie se había quedado patidifusa y dudó sobre si aún seguía atrapada en algún sueño—. Lyssa, ¿crees que podríamos hablar unos minutos?
Lyssa la observó con extrañeza y cruzó los brazos.
—Ya estamos hablando.
—Me refiero a hablar en privado. — Miró a Trystan y este se levantó de inmediato, aclarándose la garganta.
—Se nos ha acabado el azúcar. Voy a por… — comenzó.
—Aquí hay un poco. — Lyssa cogió un botecito y Trystan se lo arrebató sin miramientos y lo tiró por la ventana.
Se ajustó el cuello de la camisa mientras las dos hermanas Sage lo contemplaban estupefactas.
—Había una araña — dijo él con tono seco—. Disculpadme. — Salió de la habitación con la capa negra ondeando a sus espaldas, como si fueran unas alas.
Y entonces se quedaron solas.
Nunca había habido un momento de incomodidad como ese entre Evie y su hermana pequeña. Desde que Lyssa quedó a su cargo cuando era un bebé, la jerarquía de su relación siempre había sido la misma. Evie estaba al mando. Evie cuidaba de ellas. Evie siempre estaba presente.
Sin embargo, esa ilusión se había desvanecido. Y esto era lo que quedaba.
—Lyssa, quería decirte que…
—Me las he arreglado bastante bien sin ti. — La interrumpió con una sonrisa escueta—. No tienes por qué preocuparte.
—Me alegro — respondió Evie con sinceridad, porque así era. Quería suplicar el perdón de su hermana, hacer lo que fuera necesario para recuperar el equilibrio, porque la verdad era que se le acababa el tiempo.
Lyssa se estaba haciendo mayor.
Era maravilloso.
Y deprimente.
—¿Te lo pasaste bien? — preguntó Lyssa.
Evie esperaba que la pregunta estuviera cargada de resentimiento, pero más bien era cautelosa. Incluso temerosa.
—No diría que me lo pasé bien…, pero creo que, en el estado en el que me encontraba…, era necesario.
Su hermana pequeña le dedicó una leve sonrisa mientras cogía su taza de té.
—Me alegro. Te mereces un poco de tiempo para ti misma.
—¡Lyssa, lo siento! — Las palabras brotaron de Evie en un arrebato de histeria mientras se ponía de pie de un salto—. Sé que estás enfadada conmigo, y tienes todo el derecho del mundo, pero, por favor, prefiero que me grites a esta cortesía incómoda.
Lyssa se levantó despacio, parpadeando mientras asimilaba las palabras.
—¿Enfadada contigo? No estoy enfadada contigo.
—¡No me has dirigido la palabra desde que volví! Cada vez que me acerco a la puerta, me dices que estás ocupada. Cuando me acuesto por la noche, ya estás dormida. Te despiertas y te vas antes de que yo abra los ojos. ¿Qué otra cosa se supone que debo pensar?
—¡Intentaba demostrarte que podía cuidar de mí misma! — Lyssa se dejó caer al suelo de forma dramática, extendiendo las extremidades como una estrella de mar. Se quedó mirando al techo y Evie mirándola a ella. Después se acercó y se tumbó con cuidado al lado de su hermana, imitando su postura.
—Eso ya lo sé — dijo, admirando la intrincada arquitectura del techo abovedado—. Lyssa, por favor, dime la verdad. ¿Qué significa todo esto?
Cuando Lyssa giró la cabeza, unos cuantos mechones sedosos de su pelo castaño quedaron junto a ella, rozando los rizos de Evie.
—Siempre tratas de facilitar las cosas a los demás. Solo quería intentar facilitarte las cosas a ti. Pensé que, si fingía que tu marcha no me había molestado, me sentiría menos como una carga.
—Lyssa Dorthea Sage. — Evie se puso de rodillas y ayudó a su hermana a levantarse con las manos—. Nunca has sido una carga para mí. Ni un solo segundo de tu existencia.
—Pero hay un montón de cosas que no has podido hacer por mi culpa.
— La voz de Lyssa era débil y su lenguaje corporal iba a la par mientras se acurrucaba con las piernas contra el pecho—.
Te has perdido cosas que yo sí he podido hacer.
No es justo. — Lyssa enfatizó esas últimas palabras y Evie le acarició el dorso de la mano con un dedo.
Era cierto. Había muchas cosas que Evie nunca podría hacer. Se había perdido otras tantas. Y, aun así, no echaba nada de menos.
—Tienes razón, hay muchas cosas que tú puedes hacer y yo no. — A Evie se le llenaron los ojos de lágrimas—. Pero yo pude hacer algo que nadie más podrá jamás.
Lyssa bajó la cabeza.
—¿Qué?
Evie posó el dedo debajo de su barbilla, levantándole la cara hasta que sus miradas se cruzaron.
—He tenido el honor de criarte. Y te prometo que es lo mejor que he hecho nunca.
Lyssa la abrazó y lloró sobre el hombro de Evie.
—He odiado fingir que no te necesitaba. Porque resulta que te necesito bastante a menudo.
Evie le pasó una mano por el pelo y dijo:
—Mejor así. Yo también te necesito mucho. Te eché de menos a todas horas los días que estuve fuera. — Al parecer, su magia también la había echado en falta, ya que brotaba de sus dedos en volutas de humo que se enroscaban alrededor de sus manos.
Era el momento perfecto para que Trystan apareciera con azúcar recién molido. Al ver la escena, se detuvo.
—Veo lágrimas. ¿Debería irme? — preguntó con voz seria.
—¡No, son lágrimas de felicidad! — Lyssa soltó una risita, poniéndose en pie y tirando de Trystan para que volviera a sentarse en la silla.
—¿Os habéis reconciliado entonces? — inquirió, cogiendo su tacita con el meñique levantado.
—Sí — confirmó Evie con una sonrisa, sentándose a su lado.
—Gracias a las tierras muertas. Han sido unos días de lo más estresantes — refunfuñó Trystan—. Ahora pasemos a asuntos más importantes.
Lyssa aplaudió.
—¡Ay, sí! Evie… — Se volvió hacia su hermana con una solemnidad que la hizo reír—. Lo hemos estado debatiendo y hemos acordado que te invitaremos a nuestras meriendas para que puedas unirte a las clases de villanos.
—¿Ah, sí? — Enarcó una ceja mirando a Trystan—. ¿Y eso?
—Aún estás aprendiendo magia, pero necesitas tener la actitud adecuada — respondió Lyssa—. Eres demasiado alegre.
—¡Oye! — protestó Evie mientras Trystan apartaba la vista riéndose—. ¿Esto ha sido idea tuya, Risitas?
—Ojalá. — Él sonrió, y ella le aguantó la mirada durante unos segundos más de lo imprescindible. Se inclinó muy ligeramente hacia él, pero al parecer la silla infantil no pudo soportar tanto movimiento. Se oyó un crujido y, acto seguido, cayó al suelo de culo.
—Se ha roto la silla — dijo, paralizada por la sorpresa.
—Ya estaba rota — respondió Lyssa con indiferencia—. Lord Trystan se cayó de ella el día que le pregunté si se iba a casar contigo.
Menos mal que Evie ya estaba en el suelo, porque si no es muy posible que aquellas palabras la hubieran hecho caerse de espaldas.
—Vaya, vaya — dijo ella con tono burlón—. ¿Y cuál fue su respuesta?
—No respondió. Simplemente se cayó — susurró Lyssa tapándose la boca con la mano.
—No respondí porque dudo que tu hermana quiera pensar en esas cosas ahora mismo. — Trystan se había sonrojado y tenía el pelo revuelto de haberse pasado los dedos. Parecía más joven, inseguro.
Evie sabía que sus vidas y su futuro seguían siendo inciertos, pero también estaba aprendiendo que era mejor disfrutar de los momentos de paz del presente en vez de estar en una guerra constante con un futuro impredecible.
—Sí que pienso en esas cosas — murmuró.
Él giró la cabeza hacia ella tan rápido que Evie retrocedió unos centímetros.
—¿Piensas… en esas cosas? — Su tono desinteresado y la inexpresividad de su rostro se veían contradichos por la mirada salvaje de sus ojos.
—Todo el rato, de hecho. — Sonrió tímidamente, sintiéndose un poco como cuando se enamoró por primera vez. Ilusionada pero cohibida. Tan nerviosa que cada palabra que salía de su boca parecía una cerilla encendida junto a la dinamita.
—Sí — asintió Lyssa—. Ya ha pensado nombres para vuestros hijos, tiene la lista en su diario.
—¡Lyssa! — exclamó Evie, agitando los brazos—. Estupendo. Ahora va a pensar que estoy loca.
Él esbozó una sonrisa burlona, como si se tratara de un reto.
—La verdad es que tengo predilección por las locas, así que no hay problema.
Lyssa los contempló a ambos con expresión desconcertada antes de fijar la vista en Evie.
—Un día lo sorprendí oliendo tu almohada.
—¡No es verdad! — protestó Trystan enfadado—. Estaba usándola para amortiguar un grito, siguiendo tus instrucciones, por cierto.
Evie se quedó mirándolo sin comprender, porque ahora estaba convencida de que esa mañana no se había despertado y seguía soñando.
—También se quedó con tu bufanda el día que os conocisteis — señaló Lyssa.
—Pero ¡¿esto qué es?! — Trystan se llevó una mano a la cabeza, como si necesitara sujetársela para no perderla.
—Es decir… — Evie notó esa calidez en el pecho, la que se siente cuando dejas atrás tus preocupaciones; un tipo de sensación que solo tenía cuando se metía con Trystan Maverine—, que llevas un tiempo obsesionado conmigo, ¿no?
—¿Obsesionado? — Trystan arqueó una ceja.
—Suspirando por mí. Anhelándome. — Evie exhaló un suspiro dramático, abrazándose a sí misma, fingiendo acicalarse—. Con un altar dedicado a mí en tu armario.
—¡Solo me quedé con una bufanda! — replicó Trystan, frotándose las sienes—. Eso no puede llegar a considerarse un altar.
Ella le dio un golpecito en la nariz y él retrocedió como si le hubiera dado un puñetazo.
—Dime la verdad. También la has olido, ¿me equivoco?
Él soltó un bufido, mirando de un lado a otro.
—Eso sería ridículo.
Un relámpago iluminó las ventanas, luego retumbó un trueno y, de repente, el sol había desaparecido.
—Qué raro. No he visto que hoy hubiera nubes de tormenta.
Se escuchó otro trueno a través del cristal, pasos en el pasillo y… gritos.
—¿Qué sucede? — preguntó Lyssa nerviosa.
Unos golpes en la puerta los hicieron levantarse a todos de un salto.
—¿Qué? — espetó Trystan.
Reymundo abrió la puerta. El Reymundo humano, claro está.
—Tenemos invitados.
Su voz ronca sonaba tranquila, pero no encajaba con la ropa arrugada y el aspecto desaliñado.
—Dos, para ser exactos. Y de gran tamaño.
Lyssa chilló y dio saltitos de alegría.
—¡Los gubres!