CAPÍTULO 56
trystan
A lo largo de los años, Trystan había oído muchas razones por las que la gente quería invadir su mansión.
A instancias del rey Benedict, para proteger a los inocentes del mal, por venganza…
Sin embargo, «Destino me ha obligado a hacerlo» era la primera vez que la oía.
—¿Qué le ha pasado a tu camisa, jefe? — Blade hizo hincapié en la palabra, porque al parecer quería que Trystan lo matara.
Había olvidado que llevaba la prenda hecha jirones. Al pensar que la mansión estaba en peligro, habían acudido corriendo. Sage se fue a buscar a Lyssa a las cocinas y él se dirigió a la oficina principal.
Y se arrepintió.
Profundamente.
Se había encontrado a Blade, Rebecka y Tatianna examinando con gran atención el libro abierto sobre su escritorio. Apenas se dieron cuenta cuando entró en el despacho.
—He tenido un altercado y se ha rasgado.
Tatianna entrecerró los ojos con recelo.
—¿Un altercado llamado Evie?
—¡Fuera! — ladró Trystan, señalando hacia la puerta.
—¡Espera! — protestó Tatianna, entregándole el libro infantil—. Esto es Mi amor, mi sol . Hemos encontrado el pasaje y el dibujo que lo acompaña, pero no se parece a nada que hayamos visto antes.
—¿Me estás diciendo que Keeley se fue en busca de un libro infantil… y regresó con uno de los seres más poderosos que existen? — preguntó Trystan, aún recuperando la compostura tras subir corriendo las escaleras por miedo a que alguien hubiera muerto.
—¡Pensaba que era una bibliotecaria! — se defendió esta con un gesto de la mano.
A lo que Clare respondió:
—Es lo mismo.
Un croar de Alexander lo confirmó. Había vuelto a su forma de rana, y Trystan habría jurado que su amigo parecía distinto de la última vez que se había convertido en anfibio.
Probablemente porque le faltaba la corona.
Se sacó el tocado dorado del bolsillo y se lo colocó con delicadeza sobre la cabeza. La rana lo miró y luego escribió algo en un cartel.
Ladrón.
Trystan soltó una risa sombría.
—La encontré en el bolsillo del pantalón de un preso fugado. Debió de llevársela de mis aposentos. Ya lo siento, aunque, siendo justos, la mitad de las veces te quedaría demasiado pequeña para ponértela en la cabeza.
Reymundo croó y saltó sobre el escritorio para estar más a la altura de los ojos del resto. Después apoyó una de sus patas palmeadas encima del libro infantil y, cuando Trystan lo miró más de cerca… se quedó boquiabierto.
—Yo he visto esto antes. — Caminó hacia la ventana abierta que daba a sus vistas preferidas, extendió una mano y rozó el marco con los dedos—. Estaba… estaba aquí. En esta ventana. Cuando encontré la mansión.
Reymundo escribió dos palabras en dos carteles diferentes.
¿Estás
seguro?
—Lo recuerdo porque la odiaba. Había algo que me inquietaba. — Había soportado vivir ahí con esa ventana acechando durante una semana. Luego tomó la decisión de no volver a verla nunca más.
Hasta ahora.
—Donde la luz del sol brilla con mayor pureza — murmuró Clare—. Si reconstruimos la ventana y, a la luz del sol, unimos el veneno de gubre, la luz estelar de Lyssa, tu magia y la de Evie, se cumplirá la profecía.
—Probablemente — añadió Blade con cautela—. No hay forma de saberlo con certeza.
—No — dijo Trystan con voz áspera—. Yo sí que estoy seguro.
Reymundo escribió algo a toda prisa.
Cómo
—Donde la luz del sol brilla sin impedimentos. La más pura. Esa vidriera cubría la ventana, iluminando mi despacho cada día… justo donde se sentaba Evangelina.
No miró a nadie mientras inclinaba la silla hacia donde incidía la luz.
—Me enamoré de ella bajo esa luz.
Nadie dijo nada. Hasta que Tatianna intervino, con una mirada algo vidriosa.
—¿Dónde pusiste esa ventana?
Clare ahogó un grito y luego suspiró, como si hubiera atado cabos.
—No me lo digas, Trystan.
—¿Que no te diga qué? — Blade cruzó los brazos.
—¿Sabes lo de la caja? — preguntó Trystan.
Tatianna levantó una de sus uñas rosas y pulidas.
—¿Podéis explicarnos al resto lo de la caja?
—Cuando desmonté la ventana, la envié por correo.
Reymundo alzó otro cartelito.
¿Quién?
—A Arthur — contestó Clare, pronunciando el nombre de su padre con un desapego que él sabía que necesitaba—. Trystan la envió después de escapar de Benedict y convertirse en El Villano, junto con una nota que decía: «Esto es lo único que tendrás: los pedazos rotos».
Un aroma a caramelo de vainilla lo envolvió cuando Sage irrumpió en la habitación con una sonrisa.
—Muy dramático, pero adorable.
—¡Evie! — Todos se agolparon a su alrededor, aunque la primera en abrazarla fue Clare, para gran disgusto de Blade y Tatianna.
—Ay, hola — dijo Sage al grupo, y luego miró a Trystan de soslayo por encima del hombro de Clare, con los ojos muy abiertos y una expresión cómica—. Yo también os he echado de menos.
—Lo siento mucho — exclamó Clare, tomando las manos de Sage con una sinceridad que Trystan rara vez había visto en su hermana. Últimamente estaba distinta. Se comportaba como alguien que no temía mostrar su lado humano—. Fui cruel. Sabía que estabas asustada, reaccioné muy mal y tú…
—¡Eh! — Sage la agarró por los brazos y le dio un suave apretón—. Me iba a ir igualmente. Lo necesitaba. No tienes por qué disculparte.
Clare la abrazó de nuevo y Tatianna parecía complacida con la escena.
Cuando al fin la soltó, Tatianna y Blade se acercaron para intercambiar palabras amables y abrazos.
—Me encanta este vestido — la elogió Tatianna, examinándolo—. Aunque no llega a ocultarte las marcas de mordiscos del cuello.
Sage se llevó una mano a esa zona y Trystan se tapó los ojos con la suya.
—¿Dónde puso Arthur la caja, Clare? — preguntó Tatianna, mirando a Trystan con una sonrisa de satisfacción.
Clare permaneció en silencio, por lo que él supo que, fuera cual fuese la respuesta, no iba a ser de su agrado.
Y, sin embargo, la verdad fue peor.
—Cuando madre le dijo al pueblo que habías… muerto — se estremeció—, plantaron un árbol en tu honor y celebraron un entierro debajo de él.
—Teniendo en cuenta que yo estoy aquí y no bajo tierra, creo que puedo adivinar qué fue lo que enterraron en mi lugar.
—¡Arthur pensó que solo eran trozos de cristal al azar! — Clare defendió a su padre, pero no hacía falta. Trystan no estaba enfadado; de hecho, estaba encantado.
—¿Dónde está plantado el árbol, Clare? — preguntó Sage.
—En los Jardines de Rennedawn.
Trystan arqueó las cejas.
—¿Perdón? ¿Cómo coño consiguieron enterrarlo ahí?
—¿Por qué te sorprende? — Sage ladeó la cabeza—. ¿Hay lista de espera para enterrar cadáveres?
—Es un lugar sagrado — explicó Tatianna—. La gente de nuestro pueblo solía ir allí a rezar a los dioses mágicos. Ni siquiera está permitido entrar a menos que sea para un entierro.
Trystan no podía creer lo que estaba a punto de sugerir. Su hermana iba a matarlo. Aun así, era la mejor forma de acceder a esos jardines.
—El funeral de papá es dentro de una semana, Clare. En vez de hacerle un entierro en el mar, ¿qué te parece si nosotros, como hijos, insistimos en que se haga en otro lugar?
Pensaba que su hermana odiaría la propuesta, que se sentiría disgustada y se marcharía enfadada. Sin embargo, sus ojos brillaron con respeto.
—Creo que… — comenzó a decir. Él se mentalizó para lo que podía venir a continuación—… tenemos algunas averiguaciones que hacer.