CAPÍTULO 55
lissa
M oira sonrió y le tendió la mano a Lyssa. La niña dio un paso adelante para cogerla.
—El libro pone a prueba la dignidad de quienes lo leen contándoles una historia. Sin embargo, no necesitaba ponerte a prueba a ti, Lyssa Sage, porque ya has demostrado que eres digna; una narradora por derecho propio.
Lyssa la miró con asombro.
—Yo escribí sobre usted.
Destino le guiñó un ojo.
—Y yo escribí sobre ti antes de que Rennedawn fuera como lo conoces.
Dado que ninguno de ellos dijo nada, Destino se sentó para contar una historia. Una que Lyssa ya se sabía antes de que las palabras salieran de su boca.
—Érase una vez dos de las mejores amigas que jamás han existido: Destino y Porvenir.
Ambas solían soñar con el mundo que los dioses mágicos habían pintado y dejado atrás, y con las historias que en él se desarrollaban.
A Destino le encantaba la idea de un mundo donde sus historias cobraran vida propia, mientras que Porvenir deseaba el control por encima de todo.
Al final, acabaron enfrentándose por las profecías que habían nacido de su imaginación.
—La profecía de La historia de Rennedawn — susurró Becky.
—Y otras. Para la creación del continente mágico, escribimos una historia.
Una nueva para cada reino. Pensé que era algo inofensivo; al fin y al cabo, ¿qué mal hay en jugar con unas pocas vidas humanas?
Pero, tras observar a la humanidad, me di cuenta del daño que causaban tales historias.
Le dije a Porvenir que ya no quería seguir, que era hora de dejar de lado nuestras narraciones y permitir que el mundo hallara su propio final.
—Pero la magia se está extinguiendo. La profecía no puede simplemente no cumplirse — argumentó Clare.
El sol se estaba poniendo, la luz de la oficina se atenuaba. Destino prosiguió:
—La profecía se cumplirá. Debe hacerlo para que Rennedawn siga poseyendo magia, y Porvenir querrá asegurarse de que ocurra tal y como ella desea, tal y como lo planeó.
Pero sabed que quiénes sois y qué hacéis con vuestra vida son elecciones que os pertenecen.
No pueden arrebatároslas, por mucho que lo deseen los poderes fácticos.
Eso hizo sonreír a Lyssa y a la señorita Erring.
Sonrisas de verdad. Porque era cierto: la vida no había transcurrido en absoluto como Rebecka había planeado.
Creció como la hija mayor de una familia a la que se desvivía por complacer y acabó teniendo un trabajo de oficina, enamorándose de un entrenador de dragones y haciéndose la mejor amiga de una niña pequeña y de su hermana mayor, ambas igual de desquiciadas.
No, la vida no había transcurrido como la señorita Erring quería. Había acontencido como debía y, como bien sabía Lyssa, eso era mucho mejor.
—¿Así que usted lo sabe todo sobre la profecía?
Destino suspiró, sonriendo para sus adentros.
—Por supuesto. Yo ayudé a crearla.
—Entonces, ¿qué necesidad había de hacernos escuchar toda esa…? ¡Ay! — Blade se frotó el abdomen, donde la señorita Erring acababa de darle un codazo.
—Porvenir y yo escribimos todas las historias de Rennedawn en el lugar donde la magia entró en contacto por primera vez con el reino, uno que construimos juntas.
Tatianna resopló con impaciencia.
—¿Dónde?
Destino pasó junto a ellos hasta detenerse ante las puertas del despacho de El Villano. Las abrió y señaló hacia dentro.
—Un lugar que había estado abandonado durante muchos muchos años. Un lugar en el que solo una persona logró ver el potencial de lo que estaba destinado a ser: un hogar.
—¿El despacho del jefe? — exclamó Blade, y Becky le tapó la boca con la mano.
El libro de Rennedawn se cerró y quedó suspendido en el aire antes de posarse sobre el elegante escritorio negro, bajo el último rayo de sol.
Cuando Lyssa fue a hacerle otra pregunta a Destino, el ser legendario ya había desaparecido.