Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

becky

P ara ser sincera, la sensación de morir no era muy similar a la idea de morir.

Más bien se parecía a vivir. Mucho ruido.

Demasiado, ahora que se paraba a pensarlo.

Se oían varias voces a la vez. ¿Estaba en las tierras muertas?

¿Las voces pertenecían a los entes que habían venido a acompañarla para cruzar al más allá?

—¡DEVUÉLVANOSLA AHORA MISMO O FLUFFY LA REDUCIRÁ A CENIZAS EN UN SEGUNDO!

Una amenaza muy elocuente.

Era Bladen. Así que… no estaba muerta.

En su mente, se encontraba en una habitación diminuta.

Era su habitación, de hecho. La de la casita que había convertido en su hogar tras separarse de su familia y antes de conocer a El Villano.

Era modesta, con un solo dormitorio, pero tenía una chimenea y un sillón amplio y mullido para leer.

Los lujos de la vida eran más dulces cuando se los ganaba ella misma.

—No ha pasado la prueba — dijo otra voz. ¿Moira? La bibliotecaria. ¿Quién no había pasado una prueba? Desde luego, no se estaría refiriendo a ella—. Pero puedo conceder un gran favor a quienes sí la hayan superado. Cualquier favor.

—¿Podría… salvar a Rennedawn? — preguntó Clare con cautela.

—Por supuesto — respondió Moira.

—A ella — instó la voz de Blade—. Sálvela a ella y yo salvaré al reino. Pero solo si ella sigue viva.

Nadie se lo discutió.

Deseo cumplido.

Y, con ese pensamiento, fue succionada por la ventana de su casita. Al abrir los ojos, vio que estaba en la oficina, con la puesta de sol de fondo.

—Mi querida Rebecka… — Blade le había puesto la mano en la mejilla y había acercado la cara. Estaba tensa. Se le veía aterrado.

—No estoy muerta — dijo aturdida—. ¿Pensabas que te habías librado del papeleo? Pues no. Ni de mí tampoco. — Levantó las manos y le tiró de las comisuras para obligarlo a sonreír. No entendía por qué a él le resultaba tan extraño.

—¿Estás bien? — preguntó Blade, ayudándola a incorporarse, sin apartar la mano de su espalda.

Becky asintió.

—Sí, solo un poco… mareada. Espera — dijo, intentando ponerse en pie, con el pánico invadiendo cada rincón de su cuerpo—. Espera, ¿he…?

—¿Muerto? — sugirió el príncipe Alexander alzando un dedo.

—¡No! Por los dioses, a quién le importa eso — replicó Becky—. ¿He suspendido una prueba? Nunca he suspendido nada en mi vida.

Moira observaba desde lejos.

—Me temo que sí, querida, pero no se preocupe; sus amigos han utilizado su favor con prudencia y he podido traerla de vuelta del abismo.

—¡No!

—¡Rebecka! — protestó Blade.

—¡No! — repitió ella—. No, y una mierda de unicornio. Quiero volver a pasar la prueba. Yo no suspendo nada. El examen debe de tener algún error.

Moira se quedó desconcertada.

—Querida, no puedo hacerle otra prueba. No se puede regresar de entre los muertos dos veces. Solo una. — Moira hizo una pausa y luego añadió con seriedad—: Salvo que seas un gato. Entonces son unas ocho o nueve, más o menos.

—¡No puede hacerme esto!

—¿Qué te pasa? — preguntó Clare, impactada por aquella reacción.

—¡Shh! — Tatianna le dio un manotazo—. ¡Déjala! Nunca la había visto perder los estribos así. Quiero ver qué sucede.

Becky avanzó con paso firme hasta situarse justo delante de la mujer que jugaba a ser titiritera con sus emociones.

—Soy Rebecka Eriania Fortis, heredera de la fortaleza de la familia Fortis y jefa del Departamento de Recursos para Humanos y Criaturas Mágicas de la oficina de El Villano.

Dio una patada al suelo y oyó que Lyssa soltaba una risita.

—Yo. No. Suspendo.

Las plantas de la oficina se pusieron firmes ante sus palabras, pero ella las ignoró.

Su conexión con la flora que crecía en Rennedawn seguía siendo más fuerte dentro de los confines de las propiedades de su familia, aunque parecía que su poder estaba empezando a extenderse a otros lugares, justo a tiempo para que fuera absorbido por culpa de una profecía.

Moira sonrió radiante.

—Muy bien. Ha pasado la prueba.

Becky perdió fuelle y sus palabras salieron entrecortadas.

—Que he… Espere… ¿De verdad?

Moira le guiñó un ojo.

—Su mente era demasiado práctica para trabajar con un recuerdo. Supuse que una prueba en vivo sería más eficaz… y entretenida, además.

—Será… — Pero antes de que Becky pudiera demostrarle a Moira lo «entretenido» que podía resultar un puño en su cara, Blade la agarró por la cintura y la apartó—.

No pensaba pegarle — refunfuñó, quitándose al adiestrador de dragones de encima.

Se esforzó en evitar que la media sonrisa del hombre le acelerara el corazón. Fracasó—. ¿Qué miras?

La mirada de Blade se suavizó.

—A ti, mi bella Rebecka. Siempre te estoy mirando a ti.

—Es verdad — confirmó Alexander con esa voz ronca de la que parecía incapaz de deshacerse.

De pronto, se oyeron unos gruñiditos y las crías de los gubres entraron en la oficina, corriendo a toda velocidad hacia Moira.

—Hola, tesoros. — Cogió a cada uno con una mano y los acunó en su regazo.

—Las criaturas del destino — murmuró Rebecka—. Usted las creó.

Moira los miró con cariño antes de volver a dejarlos en el suelo. Entonces corrieron hacia las faldas de Rebecka.

—Antes solo existían en mi cabeza y ahora… ahí están.

—Gracias a los dioses que a mis pensamientos no les pasa eso. — Blade se estremeció—. La cosa se pondría muy fea muy rápido.

Rebecka soltó una risa ahogada y el domador de dragones posó una mano en su cadera para atraerla hacia él.

—Qué mal rato he pasado — dijo Blade sin soltarla.

—¡Yo también! — añadió Lyssa, saliendo de su escondite debajo de uno de los escritorios—. ¿Por qué a mí no me ha hecho vivir una de esas historias para ponerme a prueba? — le preguntó a la bibliotecaria frunciendo el ceño.

Moira sonrió con cariño a la niña.

—Porque, querida, tú eres la historia.