Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

reymundo

A lexander Reymundo Kingsley fue arrastrado a través de la luz y el sonido hasta que aterrizó en los muelles del pueblo natal de los Maverine.

El cielo estaba nublado. Una mujer vestida de negro dobló la esquina y Alexander dio un salto hacia atrás.

—Amara. — La voz ronca de Alexander quedó sin respuesta, como si ella no lo hubiera oído. Le pareció extraño… hasta que lo atravesó.

Y tú que pensabas que ser una rana era raro…

—¡Winnifred! — La voz aguda de Amara era fría como el hielo.

¿Winnifred?

Y allí estaba ella, la pequeña hechicera con tendencia a atacarlo con boas de plumas. Vio que tenía ojeras cuando se acercó a Amara Maverine, con los hombros encogidos por los nervios.

—¿Sí, señora Maverine? ¿Puedo ayudarla en algo? — Era un milagro que Amara pudiera siquiera oírla de lo bajito que hablaba.

—¿Qué es esto? — preguntó Amara mostrando un trozo de papel.

Winnifred se inclinó para echarle un vistazo.

—Es el plano de distribución de los asientos que me pidió, señora. Para la cena previa al funeral. ¿Acaso… he puesto a alguien en el asiento equivocado?

— Tú constas en este plano de distribución. — Amara entrecerró los ojos y frunció el ceño con severidad—. ¿Por qué?

Winnifred abrió los ojos con miedo y sorpresa.

—Pues… pensé que quizá me permitiría ir, señora Maverine. Sé que técnicamente no formo parte de la familia…

—Ni técnica ni figuradamente, Winnifred — espetó Amara con crueldad—. Eres la criada.

La hechicera no pareció captar la advertencia en el tono de Amara y siguió hablando.

—Soy consciente de ello, y no me atrevería a… — Su voz se suavizó, ligera como una brisa—. Pero, si no voy yo, ¿quién la va a acompañar, señora?

Alexander supo, por la inocencia de sus ojos, que era una pregunta genuina; no había intención de zaherirla por mucho que se lo mereciera.

Amara se rio, y el sonido de su risa auguraba peligro. Sin embargo, Winnifred no se dio cuenta hasta que ya era demasiado tarde.

Amara la agarró del brazo con tanta fuerza que la joven soltó un grito:

—¡Ay!

Por un momento, Alexander se olvidó de que en realidad no estaba allí. Perdió los estribos y se acercó para apartar la mano de Amara con la misma delicadeza con la que ella estaba tratando a Winnifred. No obstante, sus dedos se toparon con el vacío.

—Escúchame bien, mocosa — masculló Amara—. Te he acogido. Te he alimentado. Te he vestido. Pero te juro por los dioses que, si vuelves a hablarme así, te convertiré en piedra igual que a tu madre. ¿Entendido?

Winnifred retrocedió sobresaltada y sus ojos vidriosos se tornaron de un color verde asombroso.

—Sí, señora.

Amara la soltó y Winnifred cayó de espaldas. Permaneció allí sentada mientras su señora se alejaba con paso firme. Sin llorar. Sin decir nada. Solo mirándola. Reymundo estaba bastante seguro de que nunca había visto a nadie tan triste.

Al final, se dio cuenta de que la hechicera se había quedado paralizada.

—Puede cambiar esta situación — anunció una voz incorpórea desde arriba—.

La suya es solo una de las muchas vidas alteradas para siempre por su transformación.

Puede revertirlo: sálvela a ella y sálvese a usted mismo.

Elija no haberse convertido nunca en rana.

Esos diez años le serán devueltos. Todo será como debe ser.

Tantos años. Tantos cartelitos. Tantas, tantísimas moscas.

Podía revertirlo…

—No, no puedo — negó Alexander con la voz áspera.

—Sí que puede. Solo tiene que tomar la decisión.

—No. — Alexander estaba listo para que aquella pesadilla terminara.

—¿Está seguro? No volverá a tener otra oportunidad.

—Sabes perfectamente por qué no voy a decir que sí. — Le dio la espalda a Winnifred y se dirigió al otro extremo del muelle, buscando alguna grieta en esa falsa realidad. Aquello era un truco, no era real.

—¿De verdad? — se rio la voz ancestral—. Recuérdemelo.

—Porque aquel día que entré en la casa de los Maverine, ya sabía que me iban a convertir en rana — admitió. Las palabras le quemaban la lengua.

—¿De veras? ¿Cómo es eso?

—Porque fui yo quien lo organizó — gruñó.

Esa era la verdad.

Nunca la había pronunciado en voz alta. Ni siquiera se había permitido pensar esas palabras. Había preferido que Clare asumiera la culpa; él no podía permitírselo. No podía consentir que los demás supieran por qué.

Como se suele decir: la verdad te hará libre, pensó Alexander.

Y entonces Reymundo, el hombre, fue arrojado de nuevo al mundo real después de haber dicho su secreto en alto.

Por primera vez.

Aunque no sería la última.