CAPÍTULO 51
blade
B lade se preguntaba por qué la gente temía tanto a los fantasmas del pasado cuando podía temer con la misma facilidad a los del presente.
Estaba claro que se encontraba en una visión, en un sueño.
Su padre lo había regañado tanto a lo largo de la vida por su falta de atención que Blade se había entrenado para fijarse en cada palabra, cada detalle, por si acaso le pedían que repitiera algo.
Cualquier cosa con tal de evitar la vergüenza de equivocarse.
Por eso en esta ocasión lo tenía claro: Moira no era una simple bibliotecaria.
Aquello era un juego mental, así que Blade se recordó que debía permanecer alerta mientras observaba a su padre, en una versión más canosa que la última vez que lo había visto, entrar en el despacho del rey Benedict blandiendo unos papeles y gritando fervientemente:
—¡Estás acabado!
Nunca lo había visto tan furioso. Su rostro severo estaba enrojecido por la ira, tenía los puños cerrados y la cara tensa. Y se tensó aún más cuando Benedict sonrió.
—Vamos, vamos, Iven… No nos precipitemos. Ven, tómate una copa.
—Ha atacado la Mansión Masacre. Dos veces. ¡Mi hijo podría haber salido herido en el fuego cruzado, bastardo egoísta!
La acusación de su padre y el miedo en su voz al pronunciarla hicieron que Blade retrocediera un paso, con la boca entreabierta y el corazón acelerándose por la sorpresa.
Se preguntó si lo decía solo para quedar bien delante de él…
hasta que Benedict fue a abrir una ventana y prácticamente le atravesó el cuerpo.
En ese momento se dio cuenta de que el rey no lo veía.
Lo que significaba que su padre tampoco.
Entonces, ese miedo, esa actitud protectora… ¿eran reales?
—Ten por seguro que tenía mis razones para atacar. — Benedict cruzó los brazos, con la vista fija en el paisaje.
—Ya no me importa. Cuando empezamos esta farsa, me juró que no llegaría tan lejos.
Benedict se giró bruscamente y agarró a Iven por el cuello. Blade soltó un grito y corrió hacia ellos, extendió la mano y… nada. Solo podía mirar.
Horrorizado, comenzó a bramar:
—¡No es real! ¡Sé que no es real!
Una voz le susurró desde arriba:
—Yo no hago más que revelar.
Su padre intentó arañar los ojos de Benedict, pero el rey lo mantuvo inmovilizado.
—Es exasperante que se te despierte la conciencia tan tarde, Iven. — Luego soltó al hombre como si solo le hubiera dado una palmadita en la espalda, imperturbable—. No sea que haga que tu hijo lo recuerde por ti.
El pecho de Blade se agitó.
Iven levantó los papeles que llevaba apretados en el puño.
—No meta a mi hijo en esto o mañana los panfletos de noticias tendrán esta exclusiva en portada.
Cuando Benedict extendió la mano hacia los papeles, Iven enderezó los hombros, luciendo más orgulloso que un momento antes.
—Ya he hecho copias. Y, si nos pasa algo a mí o a mi hijo, se hará público.
El rostro de Benedict se transformó… en una expresión de diversión.
—Muy bien. Haz lo que quieras.
¿Qué?
¿Acaso su padre estaba chantajeándolo con la información más inútil de la historia? ¡Sométete a mi voluntad, Benedict! ¡O el mundo sabrá la verdad sobre tu fetiche con los calcetines!
—¿No le importa que el reino se entere de que está invirtiendo sus impuestos en una maldición?
Blade tragó saliva. Lo siento, papá. Gran chantaje.
En ese momento entraron varios Guardias Valerosos, pero Benedict les indicó que se quedaran en la puerta.
—Pronto ya dará igual lo que piensen. ¿Por qué debería seguir fingiendo que me importa?
Blade pensó que una cosa era sospechar que alguien poderoso era malvado y otra muy distinta era verlo y oírlo admitiéndolo con descaro. Tener la certeza de que el daño ya estaba hecho.
Qué gracia. Esta ocasión parecía ser la primera vez que Blade y su padre estaban de acuerdo en algo.
Justo cuando Iven se giraba para salir furioso de la sala, todos se quedaron inmóviles y Blade oyó una voz que lo llamaba.
—Desee el amor y el respeto de su padre y serán suyos.
—¿Qué? — Miró a su alrededor en busca del origen del sonido, pero no había nada, solo la escena congelada ante él.
—Si su padre le quisiera de verdad, estaría apoyando su causa. Sería un aliado en lugar de un enemigo. Si lo desea, puede descubrir lo que es que un padre te acepte tal y como eres.
Joder.
—¿Era necesario meter el dedo en la llaga? — espetó Blade señalando con un dedo acusador.
La voz se detuvo un instante.
—Tiene razón. Eso ha sido cruel.
Blade chasqueó los dedos, satisfecho de que le hubiera dado la razón.
—¡Y tanto que lo ha sido!
—Me temo que, aun así, debe decidir, señor Gushiken.
—No. — Blade hizo una pausa—. Ya no espero eso de mi padre.
—¿No quiere experimentarlo?
Blade se frotó la cara con una mano.
—Pues claro que quiero. ¿Cómo puedo esperar que mi corazón funcione bien si una pequeña parte de él siempre va a echar en falta el amor de un padre?
Pero ya soy mayorcito. Tengo a mi gente.
No quiero desear el amor de nadie que no quiera dármelo por voluntad propia.
— Sonrió para sí mismo, murmurando—: Rebecka.
—Estupendo, entonces — dijo aquella voz con tono animado—. Bien hecho.
Con otra ráfaga de aire, Blade salió disparado hacia delante de entre un dosel de enredaderas y se dio de bruces con el suelo de la oficina.
—¿Rebecka? — Se levantó de un salto y empezó a buscarla—. ¿Tatianna? ¿Clare? ¿Reymundo?
—¡Blade!
—¡Clare! — gritó Blade al oírla. Se dio cuenta de que los otros tres seguían atrapados por las mismas enredaderas que lo habían inmovilizado a él, con los ojos cerrados y el rostro contraído, como si cada uno estuviera luchando su propia batalla interna.
Clare lo miró como si tuviera el aspecto de alguien que regresa a casa tras una guerra, con una expresión de espanto.
—Estoy bien. He superado la prueba. — Blade le puso una mano en el brazo.
Ellos dos nunca habían tenido oportunidad ni motivación para interactuar en profundidad, pero había pasado el tiempo suficiente con ella como para reconocer la inquietud en sus ojos oscuros.
Eso despertó en él un instinto protector fraternal, supliendo la ausencia de Trystan.
—Lo sé. — Clare estaba angustiada, le costaba hablar y no paraba de mirar a los demás.
Blade no sabía por qué de repente le estaba entrando el pánico, pero no podía evitarlo.
—¿Te lo ha dicho Moira?
Rebecka, con los ojos aún cerrados, se estremeció entre las enredaderas. Blade estiró el brazo hacia ella, pero una rama espinosa le dio un latigazo.
—¡Ay!
—Lo sé porque Moira me ha contado la verdad — explicó Clare, tratando de hablar entre respiraciones entrecortadas—. Si no pasas, no…
Se detuvo y le dedicó una mirada tan adusta que podría matar la esperanza más rápido que un cuchillo.
—No vuelves a vivir.