Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

clare

C uando Clare despertó, estaba rodeada de niebla. Ya no se encontraba en la Mansión Masacre, sino en otro lugar. Un lugar que conocía a la perfección.

Era la casa donde se había criado, aunque tenía un aspecto distinto. Menos deteriorada, menos fría. Parecía… habitada. Un chirrido procedente de la puerta la sobresaltó y retrocedió. Era Trystan. Pero no. Era el Trystan del pasado, tendría unos seis años. El niño salía corriendo al jardín.

—¡Atención, atención! Como rey de nuestro club, decreto que a partir de hoy nadie podrá robar peonías del jardín de la señora Lalula. Sí, esto va por ti, Tatianna.

Tatianna había seguido a Trystan al exterior y tenía los bracitos cruzados en señal de indignación. Con esa carita y esos mofletes parecía una muñeca, sobre todo si los combinabas con la monstruosidad rosa y pomposa que llevaba como vestido.

—¿Hola? — Clare saludó con la mano, tratando de hacerse notar sin asustarlos.

¿Acaso Mo la había enviado atrás en el tiempo al abrir ese libro?

Tatianna se volvió y sonrió. Salió corriendo en dirección a Clare y la atravesó sin vacilar.

El torso de Clare desapareció en una nube de humo por un instante antes de recomponerse.

Si hubiera tenido estómago en ese momento, se le habría revuelto.

—¡Clare! — gritó Tatianna, y ella giró la cabeza rápidamente al oír su nombre.

No estaba preparada para verse a sí misma. A su yo más pequeño. Tendría unos cuatro años. Los días de su infancia solían mezclarse en su memoria. Solo recordaba algunos que la habían marcado por algún acontecimiento, más que por una fecha concreta.

Esta cicatriz en el labio superior me la hice cuando intentaba rescatar a un gato de un árbol. ¿Y ese agujero en el lateral de la casa? Apareció un día que intentábamos preparar magdalenas con azúcar de seis colores diferentes.

Sin embargo, el día que estaba viendo no parecía tener nada destacable.

Estaba Trystan. También Alexander. Malcolm correteaba detrás de ellos, y Clare…

La pequeña Clare y la pequeña Tatianna iban al frente, guiándolos hacia un lugar secreto para jugar a algún juego.

Quizá uno de interpretar una historia u otro nuevo que se habían inventado.

Dioses, cómo echaba de menos esto.

No obstante, ya había quedado atrás. Esos tiempos no volverían. Era hora de aceptarlo.

—Esta vida era fantástica, pero ya no es la mía — susurró Clare. Y, con esas palabras, su cuerpo se sacudió. La casa, que ahora se hallaba a cierta distancia, se deformó hasta plantarse frente a ella con la puerta abierta, y una fuerza invisible la arrastró adentro.

—Estoy convencido de que ya está mostrando signos, Amara.

¿No te resulta emocionante? — Ahí estaba, el rostro joven de su padre.

Vivo. Expresivo. Lleno de alegría. Lo echaba tanto de menos que no pudo evitar correr hacia él, pero, una vez más, la atravesó.

A Clare no se le permitía formar parte de este recuerdo igual que no había podido formar parte del otro.

Aunque… ella no había presenciado esa conversación de pequeña, ¿no? ¿O sí?

Aquello no era un recuerdo.

—Le he escrito a Benedict. Tiene que saberlo.

— Amara parecía taciturna, menos perspicaz de lo que Clare estaba acostumbrada a verla.

Llevaba la melena oscura recogida en un moño apretado que le enfatizaba los rasgos.

Sus ojos negros se parecían a los de Clare y Trystan, salvo que los de ella no eran amables—.

No creo que sea motivo de celebración, Arthur.

El padre de Clare frunció el ceño, frotándose su larga barba pelirroja.

—¿Por qué no? Que Trystan posea magia es una bendición. Toda magia es una bendición.

Amara se dio la vuelta con los brazos cruzados y un semblante sombrío.

Su madre tenía un aspecto más joven, sí, pero incluso en ese momento notaba en ella una falta de juventud, una falta de alegría que a Clare a menudo le generaba preguntas.

¿La había perdido a causa de alguna gran tragedia?

¿O es que su madre había nacido sin ella?

—Ya, claro. No todos compartimos tu optimismo.

Arthur se mostró indulgente y manejó el temperamento de Amara con una habilidad que solo da la práctica.

—Amara, querida. Si estoy en lo cierto, Trystan será venerado. ¿No es eso lo que quieres para él? Yo sé que sí.

—Sigo sin entender por qué te preocupa tanto su futuro. No eres su padre.

Clare dio un respingo al mismo tiempo que su padre. Dioses, ¿esta mujer siempre había sido así de cruel? De hecho, sí. No la recordaba siendo de otra manera.

Arthur encajó el reproche tan bien como había gestionado todo lo demás.

—No, no lo soy, pero eso no cambia el cariño que le tengo.

Amara puso los ojos en blanco y se sirvió una copa de vino tinto hasta el borde.

—Ya, lo sé. Eres la viva imagen de la virtud, dando amor a niños que ni siquiera has engendrado.

¿Cómo puede alguien competir con tanta bondad?

— La puerta se abrió con un chirrido y Clare se sorprendió al ver a un joven Alexander entrando con paso vacilante.

Tenía la actitud de alguien que se siente cómodo en una casa, pero no del todo—.

Príncipe Alexander, ¿puedo ayudarle en algo? — se ofreció Amara con frialdad.

—N-no, gracias — tartamudeó este con la mirada fija en la cocina—. Bueno, en realidad…, ¿puedo tomar un vaso de agua?

La sonrisa de Amara no era nada amistosa, pero Alexander la siguió de todos modos. Clare se quedó allí, observando el rostro de su padre con un dolor tan agudo que tuvo que cruzar los brazos, agarrándose los hombros, como para evitar que todo su ser se desbordara.

La situación empeoró cuando él se dirigió con paso firme al otro lado de la habitación y sacó un gran libro del cajón del escritorio. Un libro que Clare conocía.

Ahogó un grito y siguió a su padre, asomándose por encima de su hombro.

Se sorprendió al darse cuenta de que podía oler el aroma a hierbas que emanaba de su piel, causa directa de que dedicara los días a buscar medicinas para los enfermos y soluciones para el dolor.

Su padre era quien había inspirado a Clare a trabajar con plantas mágicas, aunque con los años le había quedado claro que no compartía su don para aliviar el sufrimiento.

Parecía dársele mejor provocarlo. Su padre pasó una página, luego otra, y otra más, todas en blanco salvo una, y esta la dejó abierta.

—Ay, Trystan… — murmuró. Y cuando Clare vio lo que hacía su padre, lo entendió.

El dibujo de aquella página parecía el bosque de Hickory, pero no lo era. Había hileras interminables de tocones de árboles: un suelo forestal ralo, flores marchitas y muertas, con un texto en cursiva al lado que Arthur leyó en voz alta.

—«Todo debe ser destruido antes de ser revertido. Terminar es comenzar, perder es ganar. Rennedawn cambiará para siempre».

La voz que Arthur utilizó para leer el pasaje era la misma que usaba siempre cuando Clare se iba a la cama y él le contaba algo serio o le daba consejos.

Tenía un deje de autoridad que la tranquilizaba, el de un padre que sabías que velaba por tu bienestar; que no solo te quería, sino que también te apreciaba.

Clare extendió la mano hacia él, pero esta lo atravesó a la altura del hombro; se le encogió el corazón cuando su padre giró la cabeza, se tocó justo esa parte y sonrió levemente.

De pronto se escuchó un estruendo proveniente del exterior.

Arthur dejó el libro abierto sobre la mesa, cerró los ojos y salió de la estancia a toda prisa.

Clare se dispuso a seguirlo, pero las páginas del libro revoloteaban tan rápido que temió que echara a volar, como las alas de un colibrí.

Al final se detuvo en una página: la contraportada.

Allí había grabada una frase que captó su interés y lo paralizó todo.

Incluida a su madre, que había vuelto a entrar a la sala y ahora estaba rodeando el sofá para ir a mirar la misma página que había llamado la atención de Clare.

A mi querida amiga, Destino. Que nuestros años juntas sean tan fructíferos como las historias que hemos creado. Y que terminen exactamente como queramos.

Y debajo de eso…

A mi querida amiga, Porvenir. Que todos nuestros años juntas estén llenos de finales felices y momentos alegres. Allá donde el color se asome para salvar a quienes atraviesan las noches más grises. Y que terminen exactamente como deben terminar.

Eso no fue lo que sorprendió a Clare. Fueron las marcas de arañazos sobre el nombre de Destino. Mostraban enfado. Había rabia.

El Destino y el Porvenir en su día habían sido buenas amigas. Sin embargo, algo había cambiado, algo había salido mal.

Amara interrumpió la lectura, se dirigió hacia la puerta y, cuando la abrió de un tirón, Clare ahogó un grito y se cayó de espaldas, atravesando varios muebles.

La madre de Evie estaba en la puerta. Su padre también. Al entrar, apareció una tercera figura: Benedict. Nura llevaba en brazos a un bebé con una mata de pelo oscuro y rizado.

Evie.

—¿Estás seguro de esto, Griffin? — titubeó Nura. Era unos veinte años más joven, una mezcla perfecta entre Evie y Lyssa. Se parecían tanto que Clare tuvo que parpadear y frotarse los ojos para asegurarse de que lo que veía era real.

—¿Qué otra opción tenemos? — razonó Griffin, quitándole el bebé de sus manos temblorosas y cruzando la habitación hacia Arthur, que ya estaba de pie, saludándolos con expresión adusta—. Hola, Arthur. Te agradezco lo que vas a hacer por mi familia.

Arthur mantenía la mirada baja y Clare agitó una mano delante de él antes de echar un vistazo al bebé que llevaba en brazos. Tenía solo unos días de vida y había una neblina oscura jugando entre los ricitos que le enmarcaban el rostro.

No. Ay, no. Era ahí. Ese era el momento en que habían cambiado el destino, en que lo habían modificado todo.

Justo entonces llegó Renna Fortis con una planta. La de la memoria. Iban a quitarle la magia a Evie y…

El pequeño Trystan entró corriendo. Se sobresaltó al encontrarse tantos adultos en la sala.

Arthur se mostraba avergonzado, no paraba de pasarse la mano por la cara y la barba.

Su cálido hogar ya no parecía tan cálido, y se volvió aún más gélido cuando Amara cruzó los brazos y saludó con la cabeza a los recién llegados.

O bien los estaba esperando, o bien se le daba genial fingir serenidad ante la presencia de varias caras nuevas, incluido el dirigente del reino.

—¿Empezamos, entonces? — preguntó Amara con un tono demasiado alegre para el acto que estaba a punto de cometer—. Trystan, ven aquí.

Trystan no se movió. Miró a Nura Sage, que se había acurrucado en un rincón, conteniendo las lágrimas. Se acercó a ella y, con una sonrisa, le tendió un pañuelo amarillo que llevaba en el bolsillo.

—Para usted, mi señora.

Nura lo aceptó como quien toma el ala de una mariposa, incapaz de mirar al niño cuya vida estaba a punto de cambiar para siempre.

—Es encantador, Griffin. ¿Cómo vamos a…?

—Es él o Evie, Nura — espetó Griffin. Al hombre ya no le quedaba ni un ápice de paciencia.

—Mantenga la calma y no se preocupe, señora Sage — dijo Benedict con una sonrisa ensayada para tranquilizar a su gente—. La magia del curandero de la esencia con la que ha nacido Trystan acabará destruyendo la oscuridad de su hija. Simplemente vamos a sacarla a ella primero de la ecuación.

El pequeño Trystan se aproximó a Arthur y le tiró de la mano. Arthur se negaba a mirarlo y Clare tenía ganas de chillar. El bebé se puso a llorar cuando Renna le acercó la flor, y la niebla que ahora desprendía su cuerpecito emitió un sonido espantoso.

—¡Para! ¡Le estáis haciendo daño! — gritó Trystan, y corrió hacia Benedict. No entendía nada, pero sabía que la niña estaba sufriendo.

Arthur lo agarró por la cintura.

—No pasa nada, hijo mío. Te lo prometo. Todo irá bien.

La escena se congeló y una voz llamó desde algún lugar a la derecha de Clare. Era como un susurro, como cuando se te cuelan dudas en la mente.

—Puede detener lo que está ocurriendo, ¿lo sabía? — dijo la voz.

—¿Qué? — musitó Clare a su vez—. ¿Detenerlo? ¿Cómo?

—Desee que nunca haya sucedido. Que sus destinos nunca se hubieran intercambiado, que sus caminos jamás se hubieran cruzado. Deséelo y se cumplirá.

Clare entreabrió los labios y jadeó. ¿Que deseara revertirlo todo? ¿Que Trystan nunca se hubiera convertido en El Villano? ¿Que su familia no se hubiera desintegrado? ¿Que ella jamás hubiera cometido los errores que la habían llevado hasta allí?

Qué diferentes serían todas sus vidas.

Era tentador. Muy pero que muy tentador.

Así que Clare fue la primera sorprendida cuando respondió con firmeza:

—No.

—¿No? — preguntó la voz.

—Quiero a mi hermano — susurró Clare—. Por mucho que desee que nunca hubiera sufrido este dolor…, el caso es que lo sufrió. Borrarlo, revertirlo…, por los dioses, eso me convertiría en una hipócrita. Otra vez.

—¿Está segura? — insistió la voz.

Que los dioses la ampararan.

—Mi amor no depende de sus buenas o malas decisiones. Acepto a mi hermano tal y como es ahora. No me gustaría cambiar nada de él.

Clare no veía a qué o quién pertenecía esa voz, pero habría jurado que notó como si sonriera.

—Enhorabuena, señorita Maverine. Ha pasado la prueba.

Y, cuando Clare se despertó sobresaltada, con un sudor frío en la nuca, se sintió más ligera de lo que se había sentido en años. Miró a Moira, que sonreía radiante, esperando a que Clare atara cabos.

—Usted no es bibliotecaria — dijo tapándose la boca.

Moira asintió y luego señaló a los demás, que estaban envueltos en hojas y enredaderas que brotaban del libro, con los ojos cerrados. Clare dio por hecho que cada uno tenía su propia prueba, de la que solo ellos tenían el poder de salir.

—¿Quién soy, Clare Maverine?

Ella suspiró.

—El Destino.