CAPÍTULO 49
EVIE
–¿ C ómo es posible que mi daga siga teniendo poderes si te los devolví al clavártela?
— preguntó Evie con escepticismo mientras caminaba con Trystan por el bosque de Hickory.
Se habían despedido de Helena. Marv y Roland habían acordado volver y quedarse unos días más en la Fortaleza Fortis para probar más remedios contra el veneno de Marv.
—Creo que es porque aún hay un pedazo de mi magia viviendo dentro de ti. Ahora te pertenece.
Evie era una egoísta. Porque quería más que una parte; lo quería todo. La daga vibró a su lado. La llamada de la cicatriz era ahora un poco más débil, pero cálida y reconfortante, al igual que el hombre a su lado.
Iban tranquilamente de camino a la mansión. Sin prisa. Disfrutando de la presencia del otro tras tanto tiempo separados.
Siete días.
Tan dolorosos que les habían parecido siete años.
No quería pensar en ello.
—¿Por qué Benedict hizo que Otto Warsen la imbuyera en una daga? ¿Por qué no en la flor de la memoria, como las otras veces que robaba magia?
—Supongo que la magia de un curandero de la esencia era demasiado potente para la flor de la memoria, así que se le ocurrió esconderla dentro de una daga que Otto Warsen estaba forjando para guardarla a buen recaudo.
—Y fue con la que me atacó.
Trystan se tensó a su lado, apretando el puño a la altura de la cintura.
—Sí, es la que usó para agredirte.
—Te recuerdo que ya está muerto — le dijo ella dándole un codazo en el costado. Acto seguido se aferró a él al notar que la levantaba sin previo aviso. Era para evitar que pisara un charco. Una vez superado el obstáculo, volvió a dejarla en el suelo con cuidado.
—Lo cual me alegra mucho — respondió Trystan—. Por el bien de mis instrumentos de tortura.
Evie intentó no derretirse.
—Conque eres un curandero de la esencia, ¿eh? — Sonrió con aire burlón, mirándolo de arriba abajo—. ¿Vas a dejarte crecer una larga barba y recorrer el continente organizando celebraciones espirituales?
—Es un tanto contradictorio, ¿verdad? — reflexionó él—. Que mi tipo de magia sea curativa.
Evie pensó en los últimos meses, en lo mucho que Trystan se había esforzado en proteger a sus seres queridos.
—No — contestó con naturalidad—. No me parece nada contradictorio.
Él se puso rojo y respondió con brusquedad:
—Vale. Suficientes piropos por hoy.
—Ni hablar. ¡Aún no he elogiado lo guapo y galante que eres! — Ella se rio y él se giró de golpe para capturar el sonido de su risa con los labios. La sonrisa fue sustituida por una sensación de calor.
—Ya me lo dirás más tarde — le susurró al oído, y luego se enderezó, transformando la expresión de picardía por una seca indiferencia.
Ella sonrió mientras se volvían a poner en marcha.
—Pobre Helena — dijo, pensando en que su prima se había quedado sin negocio. Era un intento por alejarse de ese terreno pantanoso cambiando de tema—. ¿Estás seguro de que es prudente dejarla sola con Raphael?
—Helena parece perfectamente capaz de valerse por sí misma.
—No, si el que me preocupa es Raphael — lo corrigió Evie entre risas.
—Marv y Roland no podían quedarse, y he dado por hecho que no querrías que Helena se encargara sola de los restos del incendio.
Marv aún poseía información valiosa y no podían sacarle nada sin que el veneno acabara primero con él.
—Así es. Ha sido una buena idea. — Tropezó con una rama y la miró con mala cara—. No me parece justo que, además de ser una villana, también tenga que ser torpe.
—Yo creo que precisamente de ahí nace tu historia como villana — añadió Trystan en tono distendido—. Evie Sage: buscada por chocar contra una mesita auxiliar.
Ella puso los ojos en blanco… y luego volvió a tropezar, esta vez con una mata de musgo.
Él la sujetó y el calor entre ellos se intensificó.
La oscura niebla que había estado reprimida durante la estancia de Evie en Villa Corazón los rodeó.
Las manos de Trystan también empezaron a brillar con una luz opalina iridiscente que se mezclaba con la oscuridad.
Cuando ambas se encontraron, fue como si cada parte de sus cuerpos se tocara.
Ella ahogó un grito y él también. Los dos se quedaron mirándose durante cinco largos segundos.
Y entonces la tregua terminó.
Con un jadeo, Trystan la atrajo hacia sí y la magia los envolvió en una ola de poder.
—Te deseo — dijo, posando las manos en las mejillas de Evie y formulando una pregunta con los ojos.
—Sí — susurró ella, soltando un sonido de placer cuando la levantó en brazos.
Dio un par de vueltas hasta encontrar una raíz de árbol lo bastante grande como para crear cierta intimidad en medio de aquel bosque desierto. Mientras la llevaba, ella le rasgó la camisa desde el cuello hasta partirla por la mitad para poder tocarle la piel.
Él gruñó contra su cuello, mordisqueándole la piel de una forma tan descontrolada que Evie se volvió febril de deseo. Se tumbaron sobre la hierba que había al lado de la raíz y Trystan la hizo rodar hasta que quedaron escondidos debajo.
—Si viene alguien, nos tocará salir corriendo — murmuró deshaciéndole la trenza. Después le pasó los dedos por el cabello, peinándole los rizos.
—Hablando de correr… — dijo ella con una expresión pícara.
Trystan se sonrojó aún más.
Evie se rio ante su actitud pudorosa. Le deslizó un dedo por el pecho y sintió un poder embriagador cuando llegó a los pantalones y le metió la mano por dentro. Los ojos oscuros de Trystan centellearon.
—La verdad es que no me preocupa correrme — añadió ella—. No hay necesidad cuando estoy contigo.
—Y procuraré que así sea siempre.
Él soltó un gruñido, apenas capaz de articular palabras, tirando del vestido de seda azul que Helena le había prestado para dejar al descubierto sus pechos y meterse uno en la boca mientras jugueteaba con la lengua.
Ella gimió, agarrándolo del pelo. Notaba un hormigueo por todo el cuerpo.
Comenzó a mover las caderas contra él y sintió que el calor del vientre se iba extendiendo.
Jadeó al ver que se separaba para bajarse los pantalones y quitarle el vestido.
Después se tumbó, con ella encima a horcajadas.
Evie soltó un gemido al descender y enseguida empezó a moverse.
Él la acercaba para darle besos posesivos en los labios, en las mejillas, en todas partes.
Todas sus caricias eran perfectas. Con cada respiración compartían vida y certificaban lo mucho que su amor se había convertido en parte de su esencia.
Él no se iba a ir.
La amaba. Y no iba a dejarla sola.
—Eres mía. — Le dio un beso en el cuello—. Y yo seré tuyo siempre.
Evie se aferró a Trystan hasta que ambos alcanzaron el clímax entre gritos de placer. Después se derrumbó sobre él.
No tardaron en vestirse entre sonrisas tímidas y besos dulces. Mientras ella se daba la vuelta para que Trystan le abrochara el vestido, él le reprochó en tono jocoso:
—Mi camisa se ha ido al traste. — Trató de juntar ambos lados de la parte encorsetada y ella se tapó la boca para no reírse.
—Tendrás que decir que te ha atacado un animal salvaje.
—Es que eso es justo lo que ha pasado. — Trystan se rio cuando ella le dio un golpecito en el brazo—. Podemos decir que ha sido el mismo animal que te ha dejado esos moretones en el cuello.
Ella abrió la boca sorprendida y se llevó la mano al cuello, justo donde sentía que él debía de haberle dejado esas marcas de amor.
—Oh-oh…
Sin embargo, la alegría y el tono juguetón se esfumaron cuando, de repente, un destello de luz salió disparado hacia el cielo desde algún punto entre los árboles que no alcanzaban a ver.
—¿Qué es eso? — susurró Evie, y palideció al darse cuenta de la dirección de la que provenía.
Trystan confirmó sus sospechas al responder horrorizado:
—La Mansión Masacre.