CAPÍTULO 48
reymundo
C uando Alexander Reymundo Kingsley era pequeño, solía jugar a un juego con sus amigos. Un juego en el que les decía dos verdades y una mentira.
Se preguntaba si esos mismos amigos sabían que nunca había dejado de jugar. Que toda la vida del príncipe Alexander se sustentaba sobre verdades selectivas y mentiras aún más selectivas, y que así sería siempre. Estaba tan resignado a ese modo de existir que ya casi no distinguía la diferencia.
Para su beneficio, supuso. Una mentira era más convincente cuando las personas de su entorno se la creían.
Nadie cuestionaba jamás a la rana. Al pobre hombre atrapado en algo que no era. Era fácil compadecerse de un príncipe y desear que fuera lo suficientemente bueno como para ignorar las señales evidentes y la verdad que te miraba con insolencia a la cara.
Alexander, sin embargo, era un excelente juez a la hora de detectar si alguien mentía.
Y esa anciana que estaba entrando en la oficina de El Villano del brazo de Keeley, afirmando ser una simple bibliotecaria…, no era lo que parecía.
—Mo, aquí es donde trabajo. Con nosotros estarás a salvo. — Keeley la ayudó a pasar y la sentó en una silla—. Han atacado la biblioteca pública — explicó con frustración—. Me he visto obligada a traerla aquí.
Gideon hizo un gesto con la mano hacia Tatianna, Clare y Reymundo.
—Ha sido idea mía. Si necesitas echarle la culpa a alguien delante de Trystan, ya sabes.
—Todo este alboroto es innecesario, Keeley. Estoy perfectamente bien y hay mucho que limpiar en la biblioteca. — Mo intentó levantarse, pero puso una mueca de dolor y volvió a dejarse caer en la silla.
Tatianna entró en acción.
—Déjame echarte un vistazo. — Sus manos brillaron con un cálido resplandor amarillo, escaneando a la mujer en busca de lesiones.
A Alexander le supo mal haber sospechado de ella. Tantos años interiorizando las mentiras le habían pasado factura; se sentía inquieto y nervioso.
—¿Un poco de agua, mi señora? — le preguntó a la mujer, sacando a relucir sus modales de sangre real.
Los ojos de Mo brillaron.
—Gracias, querido. Tienes madera de príncipe.
La sala se quedó en silencio, pero todos se recuperaron al darse cuenta de que Mo solo había utilizado esa expresión de forma inocente. Era un cumplido, no una acusación.
Alexander fue hacia el aparador con la jarra y llenó el vaso con las manos temblorosas. Se lo entregó a la anciana con un sentimiento de orgullo por haber completado una tarea, por sencilla que fuera. Supuso que habría sido más impresionante si lo hubiera hecho con las patas palmeadas.
Aunque así atraía muchas menos miradas.
—Solo noto algunas contusiones — explicó Tatianna—. Si quieres, puedo aliviar el dolor mientras se curan.
Mo asintió.
—Eso sería fantástico, querida.
Tatianna se puso manos a la obra y Gideon sacó un libro de su bolsa.
—Hemos encontrado Mi amor, mi sol, Blade. Es este, ¿verdad? — El libro, encuadernado en cuero, era de colores vivos y, a juzgar por los dibujos grabados en la cubierta, estaba claramente destinado a un público infantil.
—Sí, es este — respondió Blade, y se perdió en un recuerdo entrañable mientras le daba la vuelta—.
¿Una primera edición? Aquí pone « Propiedad de Moira ».
— Blade arqueó las cejas y le dedicó a Mo una sonrisa amistosa—.
La biblioteca de Rennedawn está sin duda bien surtida.
¿Cuántos de los libros que contiene los ha aportado usted?
Mo hizo una mueca de dolor cuando Tatianna le tocó una zona sensible.
—Muchos.
Keeley se tensó al percibir los signos de dolor de la anciana.
—¿Traigo una bolsa de hielo de la cocina?
Mo sonrió.
—Y un poco de té para los nervios, si no es mucha molestia.
Keeley ya se había marchado, con Gideon siguiéndola.
—Espera. Yo te ayudo.
—Qué bien…
Eso fue lo último que Alexander escuchó antes de volver a centrar su atención en la mujer que tenían delante.
—¿Por qué la han atacado? — preguntó Alexander, incapaz de contenerse. Era la primera vez que hablaba sin un propósito claro. Excepto con la aprendiz de hechicera.
Un error, a juzgar por las miradas incómodas.
Mo, sin embargo, se rio por lo bajo. Se le cayeron las gafas de la cara y quedaron colgando de la cadena de cuentas que llevaba alrededor del cuello.
—Una biblioteca es un refugio. Un lugar donde uno puede ser cualquiera. Donde el conocimiento y la empatía convergen. — Le lanzó una mirada significativa a Alexander—. Para un hombre como Benedict, esas cosas suponen más una amenaza que cualquier arma.
Cierto.
—Era este pasaje el que nos mostró La historia de Rennedawn . — Blade abrió el libro y señaló una página.
Rebecka se acercó a él para leer el texto.
—¿Qué demuestra esto? Aparte de que ha habido un plagio evidente.
Alexander extendió la mano.
—¿Puedo verlo? — preguntó con amable cortesía, y Blade se lo entregó sin dudar. Cuando Alexander vio la página, la ilustración que la acompañaba le puso la piel de gallina.
Era una representación de fragmentos de vidrieras de colores.
Había un hombre y una mujer, ambos sin rostro, tendiéndose la mano en un campo de flores, con los cuerpos colocados como si estuvieran corriendo mientras la luz los rodeaba.
Alexander se quedó hipnotizado por sus dedos, a punto de tocarse, pero sin llegar a hacerlo.
La tristeza que lo invadió fue instantánea y abrumadora, como si ese momento le estuviera sucediendo a él. Era el asombroso poder de los libros. ¿Cómo era posible que se le rompiera el corazón por alguien a quien nunca había conocido?
Y aun así…
—¿Es posible que sea una de las vidrieras de la mansión? Eran distintas antes de que el jefe las modificara para recrear imágenes sanguinarias — sugirió Becky.
—Alexander es el que lleva más tiempo viviendo aquí — dijo Tatianna, señalando la página y mirando a Reymundo—. ¿Te recuerda a alguna de las ventanas de la mansión?
Alexander volvió a examinar el grabado detenidamente, fijándose en cada detalle con atención. Al final levantó la vista y respondió tenso pero con sinceridad:
—No es de la mansión. — Hizo una mueca de dolor.
Y, sin motivo ni aviso previo, su cuerpo se transformó. Se le encogieron las extremidades con rapidez y sintió una profunda incomodidad mientras su visión del mundo se reducía considerablemente y todo a su alrededor duplicaba y luego triplicaba su tamaño.
Volvía a ser una rana.
Se apresuró a escribir una palabra en un cartelito.
Uf.
—Lo siento. — Clare hizo un gesto de pena, lo cogió, lo apartó de la ropa que se había quedado tirada por el suelo y lo dejó en una silla—. Piensa como un humano. Piensa como un humano — repetía como si fuera un cántico.
—Quizá si empieza a pensar como una rana cuando es humano… — Mo ofreció el vago consejo con una risa ronca, y luego volvió a centrar la atención en el libro infantil—. Si es un pasaje de La historia de Rennedawn y de verdad poseéis un ejemplar, deberíais compararlos.
—¡Lo tengo! — exclamó Lyssa entrando en la habitación con el libro en las manos, y Reymundo croó como si se le escapara una carcajada que tuvo que detener tapándose la boca. ¿Había estado todo este rato ahí detrás esperando su momento?
Admiraba que tuviera tanta paciencia.
—¿Cómo lo has sacado de la caja fuerte? — preguntó Blade.
Lyssa parpadeó.
—Le he robado las llaves a Trystan.
A Rebecka no le hizo ninguna gracia.
—Vamos a tener que controlar esas manos largas, ladronzuela.
—Fueron órdenes de Florencio. — Lyssa levantó el caracol muy seria.
Blade estaba a su lado, haciéndole un sutil gesto de aprobación con el pulgar.
—Yo la creo. Este caracol no es de fiar.
Lyssa sonrió, abrió el libro y se lo acercó a Mo, pero se quedó paralizada.
—¿Moira? — susurró Lyssa.
Mo le dedicó una sonrisa inquisitiva.
—Ese es mi nombre completo, sí.
Lyssa parecía asustada. Dio un paso atrás. Y luego otro.
Alexander se aproximó al instante, poniéndose delante de la niña, dispuesto a protegerla en caso de ser necesario a pesar de su diminuto tamaño. Algo en el brillo de los ojos de Mo le daba mala espina. Furioso, garabateó una palabra.
No.
—¿Quién eres? — quiso saber Lyssa.
—Moira. — La bibliotecaria se mantuvo imperturbable mientras el libro que Lyssa tenía en las manos comenzaba a temblar hasta que se le escapó de los dedos y cayó en los de Mo—. Te he echado de menos — susurró, pasando los dedos por las primeras páginas—. Y os pido perdón a todos.
—¿Por qué? — preguntó Gideon, a punto de entrar en pánico por el cambio de tono que se había producido en la sala.
—Por esto.
El libro se abrió y, uno a uno…, los engulló a todos.