CAPÍTULO 47
trystan
T rystan Maverine solía considerarse un hombre paciente.
Antes. Sin embargo, en ese momento, mientras trataba de abrir los ojos a la fuerza por décima vez en lo que parecían minutos interminables, se sentía más impaciente que nunca.
Lo intentó de nuevo. Nada. Será posible…
Hasta hace nada dirigía un negocio entero sin que nadie se atreviera a llevarle la contraria, y ahora ni siquiera su maldito cuerpo lo obedecía.
Probablemente porque un edificio se le había caído encima.
O más bien a su alrededor, cediendo ante el calor y las llamas justo cuando conseguía llegar a la puerta con ella en brazos. Perdió el conocimiento con el sonido de la tos de Sage de fondo y se despertó con alguien tocándole el hombro.
Oyó que algo se removía a su lado. Un leve sollozo.
Abrió los ojos de golpe y localizó el origen. Por supuesto que era así de fácil.
—¿Sage? — dijo, esbozando una mueca al darse cuenta de lo desgastada que sonaba su voz.
Ella dio un respingo y se alejó de la cama.
Tenía el pelo lleno de ceniza y un poco de hollín en la punta de la nariz, en una de las mejillas y en ambos hombros—.
No me he muerto. ¿Por qué lloras? — Frunció el ceño—.
A menos que llores porque no me he muerto.
Lo cual sería un poco de mal gusto, teniendo en cuenta que te he salvado la vida.
Otra vez — añadió con ironía. Ella no dijo nada.
Sus ojos claros estaban tan apagados, tan doloridos que Trystan enseguida cambió su actitud despreocupada—.
Ese comentario ha estado fuera de lugar, te pido perdón…
Y entonces Evie se abalanzó sobre él y se echó a llorar contra su cuello. Después inclinó la cabeza y le dio un largo beso en la mejilla. Trystan sintió que se le formaba un nudo en la garganta y las lágrimas le quemaban los ojos.
—Al ver que no te despertabas, pensaba que te había perdido.
Hui para no hacerte daño y al final te lo he hecho de todos modos…
— Se llevó una mano a la boca para contener un sollozo y luego la retiró—.
Salí corriendo a la primera de cambio. Soy una hipócrita.
Soy una cobarde. Soy… — Empezó a alejarse de él.
Trystan la agarró para volver a acercarla y le tomó el rostro entre las manos con delicadeza. Ella se aferró a sus muñecas y apoyó la frente contra la suya.
—Puedes huir siempre que lo necesites, mi amor — le susurró con suavidad al oído—, y yo siempre iré a buscarte. En un abrir y cerrar de ojos me tendrás allí.
Ella se apartó con una ceja arqueada.
—He abierto y cerrado los ojos más de mil veces esta semana. Y ni rastro de ti.
—Pensé que necesitabas… — hizo una mueca al ver cómo ella abría los ojos, expectante— un poco de espacio. Te merecías algo de intimidad. No quería…
—Te apuñalé — lo interrumpió, soltando las palabras como si le pesaran dentro de la boca.
Observó con una adorable confusión la cicatriz curada de su hombro. La volvió a tocar y él la dejó, puesto que disfrutaba de notar el contacto con su piel.
—Además, te apuñalé con una daga mágica. Me he…, dioses, llevo todos estos días fustigándome por ello. Sé que las habilidades curativas de Tatianna son excepcionales, pero esto es algo completamente distinto.
—Tatianna no me curó — murmuró Trystan, analizando cada pequeño movimiento de su rostro—. La herida se curó sola. O, mejor dicho…, yo me curé a mí mismo.
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—¿Te curaste a ti mismo? ¿Cómo?
—Antes de contarte lo que estoy a punto de contarte — se incorporó un poco más con un gruñido, ignorando el chichón de la cabeza causado por el impacto de algún escombro—, necesito que entiendas algo.
La manera en que Evie tragó saliva delataba su inquietud. Y la forma en que apartó las manos para dejar de tocarlo fue una absoluta tragedia.
—¿Sí?
Él le agarró una de esas manos y la atrajo hacia su pecho.
—Lo que pasó no fue culpa tuya, y, aunque lo hubiera sido, eso no habría impedido que estuviera aquí contigo ahora.
A ella le empezó a temblar la barbilla y soltó un suspiro de alivio.
—Entendería si…
—No. Fue. Culpa. Tuya. — Acentuó las palabras con la frente apoyada contra la de ella.
Dioses, había echado tanto de menos abrazarla…
El aroma de su cabello estaba velado por el humo, pero lo inhaló igualmente mientras le besaba la sien—.
La daga estaba impregnada de magia. La misma que reside en tu hombro desde que Otto Warsen te apuñaló.
Le dio un momento para asimilarlo antes de terminar:
—La magia que me robaron a mí igual que te la robaron a ti… era la que había en tu daga.
Ella entreabrió los labios y desvió la mirada para analizar lo que le acababa de decir.
—Así que la magia de la daga, la que me ha estado protegiendo…, ¿era tuya?
Trystan le sujetó con cuidado el brazo por si sus siguientes palabras la hacían caer de espaldas.
—Sí. Y es la magia de un curandero de la esencia. Soy un… soy un curandero de la esencia.
Vaya, creo que le he roto los engranajes, porque ahora mismo no veo nada girando detrás de sus ojos.
Evie se había quedado en blanco. Estaba conmocionada. Tanto que se atragantó y se echó a reír, de una forma entrañable y preocupante a la vez.
—¿Tu propósito en esta tierra, según La historia de Rennedawn … — empezó a llorar de la risa y tuvo que secarse debajo de los ojos con el dorso de la mano— es librar al mundo de mí? ¿Y esa misma magia es la que me ha protegido todo este tiempo?
Su risa pasó a ser histérica.
Trystan se preguntó si debía entrar en pánico. Sentía que era lo más lógico.
—¿Estás bien? ¿Necesitas algo? — le preguntó en voz baja.
—Una línea temporal que no intente matarme, por ejemplo. — Apoyó la cabeza en el pecho de Trystan mientras seguía moviendo los hombros, sin parar de reírse.
Daba miedo.
—Lo que quiero decir es que la magia del puñal me estaba buscando y que por eso no pudiste controlarla. No fue culpa tuya, y, aunque lo fuera… — Esperó a que ella lo mirara para terminar—. No pienso irme a ningún lado. Jamás te dejaré sola. ¿Queda claro?
Ella se limitó a asentir con un rubor en las mejillas.
—Bien. — Trystan sonrió—. Me parece que con repetírtelo unas cien veces más conseguiré que me creas.
Sage sonrió tanto que entrecerró los ojos.
Después se desplomó en la cama junto a él.
Trystan aprovechó para echar un vistazo a su alrededor.
Estaban en una cabaña. ¿O tal vez era un cobertizo?
Yacían sobre una cama arrinconada y había un lavabo algo destartalado y varios muebles esparcidos por el espacio, con un cojín por aquí y una mesita por allá.
—Ya sabía yo que ese caballero mojigato seguía ahí dentro en alguna parte, esperando para reprenderme. — Sage se incorporó y acercó un cuenco lleno de agua con movimientos torpes. Le pasó un trapo para que se limpiara el hollín de las manos y los brazos. Ella cogió otro para lavarse la cara.
Él se concentró en quitarse una mancha del brazo mientras respondía:
—La forma en que deseo reprenderte no tiene nada de caballerosa. Eso te lo aseguro.
Era cierto. Así que no entendió por qué ella se quedó mirándolo boquiabierta, como si le acabara de soltar una bomba.
—Lo estás haciendo a propósito. Te estás vengando de todas las veces que te hice atragantarte con la comida con mis ocurrencias, ¿verdad?
—Sinceramente… — Trystan arqueó una ceja—, solo estoy haciendo lo que me pediste. ¿Prefieres que mienta?
—Sí — espetó—. Miente.
Trystan se encogió de hombros.
Muy bien.
—Estaba soñando contigo justo antes de despertarme. Ha sido un sueño muy inocente. Nadie estaba desnudo. — Sonrió con aire burlón y se agachó cuando ella le lanzó un cojín del sofá.
—Miente mejor — resopló ella, poniendo los ojos en blanco.
—Te odio — dijo él, contemplando su precioso rostro con una mirada rebosante de ternura.
—¿Necesitáis un calcetín para la puerta? — preguntó Helena, la prima de Evangelina, al tiempo que entraba con una bandeja de comida—. Creo que sería de mal gusto, teniendo en cuenta que mi negocio ha quedado reducido a cenizas hace un rato, pero no quisiera ser una anfitriona mediocre.
Trystan se sorprendió.
—¿Esta es… tu casa?
Helena reaccionó a la pregunta como si Trystan le hubiera preguntado si el cadáver de un animal era su bolso.
—¿Estás loco? ¿Te parezco el tipo de mujer que duerme en un cobertizo? Necesito una almohada de plumas y conductos de ventilación centralizados para que los duendecillos echen aire frío o caliente según la época. Además, esto ni siquiera es una casa, es más bien un armario de atrezo. O lo era…
—Siento mucho la pérdida de tu teatro — dijo Trystan, y le dio un apretón cariñoso en la mano a Sage cuando vio la tristeza en su cara.
Helena hizo un gesto con la mano, aunque le temblaban los dedos.
—Tranquilo, odiaba lo antigua que era la arquitectura de ese edificio, y ahí había demasiados fantasmas. Además, lo que salvaste al usar tu magia para proteger a Evie y Fritz…
Sí. Recordó el resplandor iridiscente cuando las vigas comenzaron a caer y la forma en que la luz los había envuelto. Recordaba también a Fritz levantándose a duras penas para ayudar tanto a Trystan como a Evie a alejarse de ese edificio.
Y justo en ese momento entró el susodicho. Tenía un aspecto un poco maltrecho y un parche sobre el ojo que le faltaba.
—No dejes que te engañe. Vi cómo se le escapaba una lágrima cuando tu magia me curó. — Fritz sonrió, dando un codazo a Helena, y Trystan hizo caso omiso de la forma en que ella lo empujaba con una mirada de cariño.
Trystan había… había salvado a alguien.
La reacción alérgica era inminente.
—¿Qué le ha pasado a Douglas? — preguntó frotándose la cabeza.
—Ya estamos buscando a los hombres que orquestaron todo esto por órdenes de Benedict — dijo Raphael Fortis al entrar en el cobertizo con un zapato de Helena en una mano, algo que Trystan no logró entender—.
Douglas ha huido gracias a la ayuda de uno de los aldeanos.
Alguien leal a la corona, sin duda. Tengo autoridad para detenerlos en nombre de la familia Fortis. Encontraremos a ese cobarde.
—¿Qué hay de los demás miembros de la compañía? — preguntó Marv con cautela. Parecía tan perdido como Trystan.
—Escaparon por la salida trasera cuando comenzaron las llamas — intervino Helena con la mirada triste y el ceño fruncido, apartándose de la puerta para que Roland y Marv se unieran a ellos.
—Se han podido salvar muchas de las reliquias — le informó Roland a Helena, y ella respondió sorbiéndose los mocos.
—De todos modos, ya me estaba empezando a cansar del mundo del espectáculo. Lo reconstruiremos… para emprender una nueva aventura. — No parecía conmocionada, pero sus dedos temblaban al recolocarse la falda.
—Tenemos un excelente maestro constructor en la Fortaleza Fortis que podría ayudaros — dijo Raphael con tono huraño, sin dignarse a mirar a Helena.
—Maravilloso, pero antes de entrar en el asunto de la carpintería… — intervino Trystan, cansado de observar, aunque se detuvo un momento antes de seguir hablando—. ¿Alguien me puede explicar qué coño hacen aquí los hermanos Fortis?
—Hacer lo correcto por Rennedawn, a diferencia de los jodidos políticos que alimentan esta pesadilla a base de codicia — gruñó Raphael.
Sage juntó las manos y clavó la vista en ellas con actitud recatada y las pestañas revoloteando.
—En realidad, ha venido a confesarme su amor.
—¡Oye! — ladró Raphael.
—¿Qué? — espetó Trystan.
Pero los ojos azules de Sage centellearon cuando cruzó la mirada con él.
—Solo intentaba relajar el ambiente.
Trystan entrecerró los ojos.
—¿Haciéndome enfadar?
Ella respondió sin mostrar ningún remordimiento.
—Sí.
Raphael dio media vuelta.
—Será mejor que os dejemos solos — dijo saliendo del cobertizo. Lo siguió Helena poniendo los ojos en blanco. Marv se despidió con la mano cuando Roland lo instó a salir también.
—No me atrevería, señorita Villana — la desafió Trystan con una voz suave en cuanto se quedaron solos.
—Me he ganado ese título. — Sage hizo una mueca, avergonzada, mientras jugueteaba con sus rizos.
Trystan sintió como si ella le hubiera metido la mano en el pecho y hubiera empezado a golpearle el corazón con un martillo.
—Evie, no era mi intención…
—No — lo interrumpió—. No pasa nada. No importa. Me asusté, pero… creo que necesitaba asustarme así para recordar.
—¿Recordar qué? — preguntó él.
Ella hizo un sonido como si estuviera pensando.
—Lo valiente que soy. Y, bueno, que me gusta bastante ser malvada. Siempre me ha gustado. — Le acarició la mejilla—. La Villana y el curandero de la esencia.
Juntos.
Pero condenados.