Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

EVIE

E vie estaba segura de que había mucha gente en el mundo a la que le habría encantado poder elegir cómo morir.

Mientras las llamas se alzaban a su alrededor, tenía clara una cosa.

Esta no era su primera opción.

Se quedó paralizada, observando cómo el fuego se propagaba por el espacio a gran velocidad.

Sabía que, para ciertas personas despiadadas, su muerte iba a ser celebrada.

Para ellas, lo ideal sería que las llamas consumieran el edificio y este se le derrumbara encima, tal y como lo había hecho su vida, aplastándola bajo los sueños frustrados de un ser querido.

Habría sido más fácil para el reino. Poético, incluso. Evie se quedó mirando el sutil subir y bajar del pecho de Fritz. La crueldad plasmada en sus heridas.

Y entonces se encontró a sí misma de nuevo a través del humo. Su voz interior.

Evie Sage murió como una mártir.

Y, en el proceso, permitió que muriera también un hombre inocente.

No. Ni hablar.

Con un poderoso impulso, se puso de pie y, haciendo uso de todas sus fuerzas, levantó a Fritz hasta conseguir apoyárselo sobre un hombro.

Fue abriéndose paso como pudo entre las llamas hasta la entrada principal del teatro.

Golpeó con el puño la puerta de acero, ignorando el escozor de la piel contra el metal.

La temperatura ahí dentro empezaba a ser insoportable.

—¡Helena! — chilló Evie—. ¿Hay alguien ahí? ¡Raphael! ¡Marv! ¡Roland!

No hubo respuesta.

Por el rabillo del ojo, vio algo moviéndose.

—¡Eh! — gritó, y dejó a Fritz en el suelo con cuidado para colocarse delante de él como una centinela. Sospechaba que esa silueta borrosa era la persona que le había hecho daño.

Lo que significaba que era alguien peligroso.

Aun así, echó a correr tras él.

Los pulmones le empezaban a arder y le lloraban los ojos. Al menos esta vez no eran lágrimas de tristeza.

Va bien variar de vez en cuando.

—¡Ven aquí, cobarde!

Y de pronto apareció Douglas con su pequeña libreta.

—¿Sorprendida? — se burló el hombre rubio.

—No mucho — respondió ella poniendo los ojos en blanco—. La última vez que estuve aquí, te pasaste el poco rato que coincidimos en la misma sala mirándome con malicia. Tampoco me sorprendo cuando de una nube oscura empieza a caer agua.

A Douglas le cambió la cara.

—Vaya, lo siento — dijo ella llevándose una mano al pecho de forma teatral. Tosió varias veces antes de poder terminar de hablar—: ¿Te he ofendido?

Una viga envuelta en fuego cayó justo a su lado y una enorme astilla salió disparada hacia ella. Se le clavó en el brazo, quemándola y enfureciéndola aún más. La magia oscura se retorcía en su interior, ansiando emerger. Ella también estaba atrapada.

Se le nubló la visión. A la vez que empezaba a ver manchas negras, notó que se le ralentizaban los latidos del corazón.

No alcanzaba a ver lo que tenía a su alrededor, así que se desplomó contra una pared, dándose primero en el hombro y cayendo después al suelo.

El calor era tan sofocante que comenzaba a ahogarse.

Le costaba respirar. Aire. Se estaba quedando sin aire.

—Ayuda — dijo con la voz ronca, apenas un susurro en comparación con el rugido del fuego destruyendo el edificio pieza a pieza.

Le ardía la garganta. Le escocían tanto los ojos que tuvo que cerrarlos. Su corazón y los demás órganos se estaban rindiendo.

Se estaba muriendo.

No. No pienso morir.

—Puedo acabar con tu sufrimiento ahora mismo, si así lo deseas. — Douglas se erguía frente a ella, ajeno al fuego y al humo, con el cuerpo envuelto en una especie de tejido brillante que parecía inmune a las llamas.

Tosiendo y luchando por respirar, Evie se esforzó por no cerrar los ojos, por no rendirse a la inconsciencia, aferrándose al mundo real para no acabar en el de los sueños.

—¿Por qué? — jadeó, encogiéndose sobre sí misma cuando él se acercó.

—El antiguo propietario prometió dejarme el teatro a mí.

— Douglas le dio un empujón con el pie y ella intentó rodar para alejarse, pero se encontró demasiado débil para moverse—.

Al final, se lo dio a Helena. ¿Cómo crees que me sentó perder mi teatro por culpa de esa arpía y verme obligado a trabajar para ella? La odio. Y a ti también.

Evie había estado a punto de morir de muchas formas diferentes desde que comenzó a trabajar para El Villano. Estrangulada, envenenada, ahogada, espachurrada… La lista era interminable. Podía aceptar morir en un incendio si era necesario.

¿Pero hacerlo a manos de un hombre débil por la fragilidad de su ego?

Ni de coña.

Douglas dio otro paso hacia ella. Evie agarró una tabla de madera afilada que había encontrado tanteando el suelo justo después de caerse y se la clavó en el pie. Este gritó y trastabilló hacia atrás, hacia la neblina de humo y fuego.

—Deberías usar tu libretita para gestionar la frustración. Provocar incendios es demasiado engorroso. — Se puso en pie a trompicones, mientras la madera y el hormigón se desmoronaban a su alrededor y el teatro era consumido por las llamas.

—Te niegas a morir — espetó Douglas.

—Es una mala costumbre que tengo. — Tosió contra su brazo, buscando una salida. Cualquier salida.

Douglas no parecía estar por la labor.

—Será un placer quitártela.

Sin más dilación, se abalanzó hacia ella. Evie tropezó y cayó al suelo, aullando de dolor cuando el hombre se cernió sobre ella.

Se escuchó otro crujido sobre ellos, este más fuerte, más siniestro que el resto.

—¡No! — gritó Evie cuando notó que le caía otra viga encima. Entre morir quemada viva, asfixiada o aplastada, llegó a la conclusión de que esta última era probablemente la peor. Casi echaba de menos la sensación de estar a punto de ahogarse.

Corre. Levántate.

Pero ya era demasiado tarde.

Y de pronto sintió un cosquilleo en el meñique izquierdo.

BUM.

Evie no veía ni oía nada; pero alcanzó a vislumbrar otra silueta borrosa delante. Esta no la empujó. No; esta corrió hacia ella, atravesando el fuego y esquivando los cascotes que caían entre las llamas. Nada la frenaba.

Nada. Nada hasta que llegó a ella. Y entonces unas manos seguras la apretaron contra un pecho que reconoció al instante. Evie se aferró a él con fuerza cuando notó que la levantaba, sujetándola con un solo brazo mientras con el otro apartaba los escombros a golpes de espada.

—Has venido a por mí.

—No existe ningún mundo — le susurró Trystan al oído conforme los alejaba del escenario en llamas— en el que no vaya a venir a por ti.

Evie alzó la vista y deseó no haberlo hecho.

Otro crujido.

Y el Teatro de las Tierras Muertas se derrumbó.